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Volcán de La Palma

El volcán de La Palma que se ve y se escucha en la piel

Los vecinos palmeros con discapacidad visual o auditiva experimentan los temblores y rugidos de Cumbre Vieja con ansiedad: “aquí hay dos caminos: achicarnos o tirar pa’lante”

La lava del volcán de La Palma arrasa Todoque

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La lava del volcán de La Palma arrasa Todoque Nora Navarro

El sol de otoño en Santa Cruz de La Palma blanquea durante unas horas la desazón del invierno anticipado en Cumbre Vieja por la erupción del volcán de La Palma. Esmeralda Cruz se abre paso por el camino de adoquines de Álvarez de Abreu e irrumpe como un torbellino de alegría en la casa de la ONCE, su casa y la de todos, recorriendo sus pasillos con las yemas de los dedos. Una vez repartidos los buenos días y los abrazos, asciende a la segunda planta y señala: «Este era mi despacho, mira qué grande. Pero yo pedí que me lo cambiaran ahí abajo, porque yo necesito estar muy en contacto con la gente».

Esmeralda, de 36 años, es la directora de la ONCE en La Palma desde la cuarentena de 2020, pero asegura que la batalla de la pandemia no dolía por dentro como la tormenta del volcán. «Cuidado con el escalón este», advierte en la azotea de la tercera planta. «Aquí tienes las mejores vistas a la Playa de Santa Cruz, aunque yo no la puedo ver», señala. Y se gira a la derecha y extiende el brazo hacia el cielo: «Y ahí lo tienes. Esa gran mancha negra sí la veo».

Aunque su día a día en San Antonio, donde vive con su marido y sus hijos, transcurre en la quietud que reina en el costado opuesto de la isla, Esmeralda distingue «los colores y las formas» que emponzoñan el aire al otro lado del Túnel de la Cumbre. «Cuando lo tengo enfrente, siento que estoy ante un mechero gigante y monstruoso que, además, huele como a pedo, porque es ese tipo de olor que te persigue y que no te quitas de encima a donde quiera que vayas», ríe.

En 2009, a la edad de 24 años, Esmeralda fue diagnosticada de una enfermedad macular degenerativa, que le ocasiona estrías angioides que debe tratarse con lucentis, «que es como estar borracha todo el día pero, encima, sin beber». Pero detrás de esa sonrisa luminosa y, como dice la canción de Calamaro, esos ojos que no ven pero miran mejor, se erige una luchadora infatigable.

«El volcán me tiene harta, pero no le tengo miedo», confía Esmeralda. «Yo soy de saltar barreras y meterme donde quiero: por eso llevo ya 17 roturas de ligamentos, porque prefiero seguir mi camino, caerme y levantarme, antes que quedarme quieta». A los pocos días de la erupción, Esmeralda identificó «una necesidad muy grande en el pueblo palmero de protegerse los ojos». «Los expertos no paraban de hablar de la problemática de las cenizas sobre la salud», explica. «Así que, cuando supe que estaban cubiertas las necesidades de aseo, vestimenta y comida, puse en marcha la Operación Esmeralda para demandar más gafas protectoras».

El primer lote, procedente de Tenerife, apenas recabó unas 200 gafas, dado que se encontraban agotadas en toda la provincia, así que la Operación Esmeralda movilizó a la dirección nacional del Grupo Social ONCE y reunió finalmente un total de 11.000 pares de gafas especiales y 5.000 gorras para La Palma, que fueron trasladadas con la colaboración del Ejército del Aire y distribuidas por la Cruz Roja.

Ahora, en vísperas de la séptima semana de la erupción en Cumbre Vieja, Esmeralda defiende que «mi papel se centra en dos objetivos fundamentales: intentar sacarle una sonrisa a todo el mundo y apoyarles cada día dentro de esta desgracia; y seguir garantizándole un futuro a las personas discapacitadas, que somos especialmente vulnerables, y seguir potenciando nuestra autonomía».

Cuenta que, en el proceso de valorar la implantación de los ERTE entre algunos agentes vendedores, «todos nos manifestaban las ganas que tenían de seguir en la calle». «Yo estoy muy orgullosa de ellos», afirma. «Para mí son unos héroes, los psicólogos no reconocidos a pie de calle que, aunque también lo estén pasando mal, quieren tender su mano y apoyar a los suyos, ya sea regalando suerte o, simplemente, escuchando».

Entre sus deseos, además de que se apague el maldito volcán, manifiesta el de «poder darle una casita a Doña Nieves, la valiente, desalojada de su casa de Las Manchas, a sus 84 años». «Ojalá existiera un listado de casas disponible para personas en su situación», lamenta. «Pero veo su fortaleza y me pongo a sus pies». Y suscribe, como dice Raquel, hija de Nieves, que estas sean las palabras que emerjan cada vez que nos miremos por dentro: «Fuerza. Fuerza. Y más fuerza. Y luz».

Vanesa Rodríguez. Arturo Rodríguez

Vanesa Rodríguez, 41 años, Camino Los Palomares

En las tres últimas semanas, cada vez que Vanesa Rodríguez da 20 pasos desde su casa en el Camino Los Palomares para pasear a su perra, se encuentra con el borde de la zona de exclusión que cierra el paso a La Laguna. Solo cuando el volcán refulge y alarga sus columnas de humo a escasos cinco kilómetros, Vanesa, que sufre retinosis pigmentaria en un 58%, acierta a recortar sus formas en el aire, aunque, sobre todo, le cuesta diferenciar lo inmediato. «Y además, tampoco quiero verlo», asegura. Esta realidad se ha agravado a lo largo de estos 40 días de noches sin dormir por el estruendo redoblado del volcán en sus oídos. «Algunas noches, si sumo más de cuatro horas de sueño, ya es mucho», afirma. «La ansiedad, en mi caso, te desborda por todos lados cuando estás cerca». Pero sus clientes la reclaman, cada día, en su puesto de la ONCE, «y eso me salva», asegura. «Es que el vínculo que se crea con nosotros es muy especial. A veces, como si fuéramos familia. Y nos apoyamos mucho entre nosotros».

Pedro Rodríguez. Arturo Rodríguez

Pedro Rodríguez, 40 años, Los Sauces

Cuando Pedro Rodríguez se echó en la cama después de comer, prendió la tele y observó la erupción de Cumbre Vieja en directo a través de la pantalla, reconoce que sintió «una alegría grande». «Porque pensaba que eso quería decir que la espera ya se terminaba y que lo siguiente también acabaría pronto», declara. «Ahora, me parece que todo es una mierda». Pedro, natural de Los Sauces, también trabaja como agente vendedor y nació con el paladar hendido o «cielo abierto», por lo que sufre problemas de habla y, a veces, auditivos. «Pero a ese lo oigo bien clarito», afirma. «Pero más que el ruido, lo que escucho siempre y me pone los pelos de punta es a la gente tan triste». «Me da mucha ansiedad, porque no esto para y parece que no tiene fin. Y veo que yo no puedo hacer nada», lamenta, y hace un llamamiento a que las instituciones no den la espalda a las personas más vulnerables. «Que el Gobierno ayude a todos los que lo necesitan; que esa gente pueda hacer su vida otra vez y que haya trabajito para todos ellos».

María Nieves Leal. Arturo Rodríguez

María Nieves Leal, 84 años, Las Manchas

A sus 84 años, Mª Nieves Leal, apodada cariñosamente como Doña Nieves, la valiente, cerró la puerta de su casita en San Nicolás, en Las Manchas, bajo la amenaza de un volcán que solo escucha. «Este es mi tercero»,revela. Pero esta vez, la lava cercó su barrio, aunque «no necesito verla para saber que trae la desgracia». «Lo que pasa es que contra la naturaleza no se puede pelear», manifiesta. Estas semanas, Nieves duerme en un sillón junto a su hija, Raquel, de 44 años, también evacuada, en casa de un sobrino en Breña Baja. Raquel la cuida desde hace dos años y regresa por turnos a su casa por Fuencaliente para barrer cenizas y alimentar a los gatos. «Somos duras», afirma Raquel, «como las mujeres de La Palma». Ambas conservan intacta la esperanza de poder regresar a casa. «Y si no, nos adaptaremos», afirma Nieves. «Aquí hay dos caminos: achicarnos o tirar pa’lante»; a lo que su hija añade: «Mi madre es el pilar de esta familia», sonríe. «Y como para no luchar hasta el final: lo llevamos en la sangre».

Encarna Maíllo. Arturo Rodríguez

Encarna Maíllo, 60 años, Santa Cruz de La Palma

Aunque apenas distingue ni las detonaciones violentas ni el resplandor naranja sobre Cumbre Vieja, Encarna Maíllo sufre el volcán en todo el cuerpo. A menudo se recuesta en el sillón de su casa en El Puente, en Santa Cruz de La Palma -al otro lado del túnel donde empieza lo terrible- y, de pronto, un impacto le sacude por dentro hasta la punta de los dedos. «Los temblores son una pasada», revela. «Algunas veces he sentido que floto por encima de la cama». Encarna es una persona sordociega, con un 79% de discapacidad visual y auditiva, que trabaja como agente vendedora de la ONCE en la capital palmera. Sin embargo, en las últimas semanas, ya no vende tantos cupones, sino que «los regalo, con las manos llenas». «La gente ya no tiene pa’ comprar, así que intento regalarles un poco de suerte o, al menos, de ilusión», sonríe. Encarna relata que su discapacidad le inhibe muchos estímulos, como el miedo: «Yo no le tengo miedo a nada», asegura. «Pero la tristeza, desde el 19 de septiembre, no se me quita».

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