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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Incendios forestales

Regreso a la ‘zona cero’ del incendio del Moncayo: "Era imposible detenerlo"

Viajamos al origen del incendio de Añón con la primera cuadrilla que se presentó en el lugar, cuando el fuego apenas se extendía por cien metros cuadrados | Los miembros del retén 70 y los agentes forestales dicen que la catástrofe era inevitable

Alberto Bona e Íñigo Palacios, miembros de la cuadrilla del retén de Añón, e Ismael González, agente forestal del Ayuntamiento de Tarazona, fueron tres de los siete primeros en llegar al primer foco del incendio de Añón. / M. CALVO

Cuentan los agentes y bomberos forestales que el sábado en el que el Moncayo comenzó a arder todos los factores convergían en una tormenta perfecta. El calor extremo del verano, la escasez de lluvias y el viento huracanado que soplaba propiciaron el desastre, originado, según apuntan las investigaciones más fehacientes, por un chispazo en un poste de luz en Añón. "El fuego nos pilló. Éramos siete y tuvimos que correr. Era un incendio que en un día normal hubiéramos apagado sin problema, pero se dio todo a favor para que terminara en catástrofe".

Ismael González, el jefe de la unidad de agentes forestales del Ayuntamiento de Tarazona y miembro del operativo antiincendios del Gobierno de Aragón, el aviso le llegó mientras conducía una autobomba, un camión que almacena hasta 3.000 litros de agua. Se dirigía hacia Malón, donde se había alertado de un pequeño conato que adquiría un peligroso matiz por el viento. "Me llamaron los bomberos y me dijeron que me volviese, que no era necesario actuar", relata. Y nada más dar la vuelta a la altura del cruce de Vera de Moncayo con Bulbuente, recibió la alerta de un foco en Añón.

"Tardé nueve minutos en llegar. Allí me encontré con la cuadrilla del retén 70 y David, el APN, que acababan de aparcar", explica González. "No vi el humo hasta que tuve el fuego delante. No tendría ni 100 metros cuadrados…", revela el agente, una estimación con la que coinciden los dos jóvenes bomberos del Sarga que, junto al resto de la cuadrilla y el agente de protección de la naturaleza (APN) del Gobierno de Aragón que les comanda, recuerdan para este diario los tensos momentos iniciales del incendio originado en Anón de Moncayo que terminó por calcinar más de 6.000 hectáreas.

"Es nuestro oficio. Te tienes que olvidar de hacia dónde vas, dónde te estás metiendo, y centrarte en que puede haber personas en peligro. Somos funcionarios y esto es un servicio público", dice un agente de la naturaleza.

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Fueron los primeros profesionales en situarse en la zona cero. Tenían el foco justo delante. Se apearon y conectaron las mangueras a la autobomba que González había traído. Al darse la vuelta, las lenguas de fuego les rodeaban y amenazaban con engullirles. El fagüeño, un viento poco habitual en las faldas del Moncayo, lanzó contra sus cuerpos el fuego con rachas que superaban los 80 kilómetros por hora. Eran siete hombres cara a cara contra un incendio que corrió "como un caballo desbocado".

Varios miembros del retén de Añón aún trabajaban sobre el terreno. / FOTOS: M. CALVO

No lo dicen abiertamente, pero saben que quizás se adentraron en la boca del lobo con tal de contener el incendio. "Cualquier otro día, ese fuego lo extinguimos entre los que estábamos. Y sin problema alguno. Pero fue la tormenta perfecta, entre el calor, lo seco que está todo y ese viento que se nos llevaba por delante", dice Íñigo Palacios, miembro del retén de Añón con apenas 24 años. Uno por uno, van reconstruyendo la historia. Dicen que lo sucedido después fue cuestión de segundos.

"Les dije a todos que corrieran. Había que irse. En un fuego nadie se quema, todos se cuidan de eso. Lo que de verdad es peligroso es la bofetada del calor abrasador que te deja seco e inmóvil y te desorienta. Si te coge, estás perdido", cuenta Ismael González. Y así, advertidos por uno de los veteranos de aquel día, tiraron las mangueras y corrieron. Unos lo hicieron hacia el camino por el que habían llegado a la parcela, pero el humo les cegaba y no sabían en realidad hacia dónde se dirigían.

El azud donde se quedó encallado el todoterreno y que tuvo que ser abandonado ante el peligroso avance de las llamas. / M. C. L.

De repente, el todoterreno de David, el APN, se quedó encallado en una piedra que separa la linde del camino. Tras un momento de pánico, lo empujaron por detrás con un golpe seco del camión. Los miembros de la cuadrilla, cercados por las llamas, se subieron a la parte trasera del vehículo. Pero de poco sirvió.

El humo les cegaba y el vehículo volvió a quedarse atascado en el pequeño azud que cruza el río. Y allí, en mitad del río, se quedó a su suerte. "Saltamos todos como ratones y nos colgamos de los retrovisores. Nos prohíben hacer algo así, por supuesto, pero era una emergencia", recuerdan Alberto Bona e Íñigo Palacios, que con 22 y 24 años son los más jóvenes de la cuadrilla. De la enorme tensión, Bona recuerda los sonidos: "Todo cruje de una forma singular. Te estremece".

A tientas, y porque de tanto recorrer los mismos caminos uno termina por conocerlos hasta en sueños, el camión que conducía Ismael González logró abrirse paso entre las llamas. "Como lo de ese día no he visto nunca una cosa igual. Y los llevo tratando desde el año 94", cuenta.

Por el camino avisó al alcalde de Tarazona de que iba a ser preciso desalojar las localidades cercanas. Cuando los siete estuvieron a salvo, tomaron aire, se organizaron y comenzaron a crear un cortafuegos a la altura de Alcalá. Habían pasado tan solo diez minutos desde que llegaron a la zona cero.

En ese lapso las cuadrillas de todo el territorio aragonés comenzaron a recibir avisos. El día estaba movido y muchos ya estaban equipados y preparados. Fue el caso de la brigada helitransportada de Ejea, que se situó en el perímetro de Añón treinta minutos después, justo tras la llegada de la brigada de Brea. En el Mike 1, su helicóptero, viajaban dos pilotos, nueve bomberos forestales y el APN al mando del operativo, José María Sagaste, quien además es el coordinador del área medioambiental del Campo de Borja.

"Desde el aire vimos como el fuego se había extendido siete kilómetros en apenas media hora», relata Sagaste. "Vimos como el fuego se acercaba a las casas de Alcalá y decidimos atacar las llamas desde el flanco izquierdo. Lo primero era asegurar a las personas, por si todavía quedaba alguien allí", apunta el agente.

Sin embargo, el viento empujaba sin freno las llamaradas y zarandeaba las faldas del Moncayo. Los helicópteros iban de lado, atinando con las cubas de forma sorprendente. La tarea de los pilotos se volvió una quimera. "Nuestro piloto, Joel, tiene una enorme experiencia y está muy reconocido entre los equipos de extinción. Aquel día me dijo que se estaba rayando el límite de lo posible. Si no hubiera habido casas en riesgo, los helicópteros no habrían salido por seguridad", revela Sagaste, quien insiste una y otra vez en que asegurar las vidas y los cascos urbanos fue la primera preocupación de todos los equipos.

"Es nuestro oficio. Te tienes que olvidar de hacia dónde vas, dónde te estás metiendo, y centrarte en que puede haber personas en peligro. Somos funcionarios y esto es un servicio público", afirma el agente.

No ha sido un verano sencillo para su brigada. Quizás se recuerde el de 2022 como el estío del fuego. A Sagaste le tocó trabajar en tareas de extinción en los incendios de Nonaspe, Ateca, Fanlo, Alagón y una larga lista que recita con cansancio. "He vivido miles de fuegos y como el de Moncayo solo recuerde el de Luna", asegura Sagaste. Y al fin, tras semanas de trabajo, el incendio de Añón está extinguido.

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