Día de Todos los Santos

Cuando la muerte gana la partida

Cuatro sanitarios del Área de Salud de Ibiza y Formentera explican cómo se enfrentan, en su día a día, al fallecimiento de sus pacientes

Rodolfo Moreno, jefe de Ginecología y Obstetricia.

Rodolfo Moreno, jefe de Ginecología y Obstetricia. / Marcelo Sastre

Marta Torres Molina

La muerte ronda a los sanitarios. Es una más en los hospitales. Siente predilección por algunos rincones. Urgencias, la UCI, los quirófanos... Pero ningún rincón, ni siquiera aquel en el que nace la vida, consigue librarse de ella. La muerte es la compañera más indeseada de los profesionales sanitarios. La espantan. Tratan de alejarla. Hacen lo imposible para que no se acomode demasiado. Pero no siempre lo consiguen. La muerte, a veces, gana la partida. Y a médicos y enfermeras no les queda otra que tragar saliva y lidiar no sólo con su dolor, porque perder a un paciente duele, y mucho, sino también ayudar a los familiares a asimilar el mazazo que supone la pérdida de un ser querido. A veces, pasado ese primer momento en el que no pueden derrumbarse porque los que están sufriendo de verdad son los allegados, salen al pasillo, lloran, respiran hondo y vuelven a su tarea. Ésa en la que la muerte, como siempre, les ronda.

Fran Ramírez, enfermero de la UCI: "Cuando se muere un paciente sientes dolor"

La primera muerte a la que tuvo que enfrentarse Fran Ramírez, enfermero de la UCI del Hospital Can Misses, en Ibiza, y enfermero gestor de casos, no fue la de un paciente. Fue la de su madre. "Yo tenía 24 años y ella murió de un cáncer", recuerda el sanitario. Esa primera vez que le vio la cara a la muerte ha marcado su forma de entenderla. En lo personal y en su trabajo, donde esos encuentros son bastante habituales. "Acompañar, cuidar y despedir", resume Ramírez, que lamenta que la muerte sea un tema aún tabú en la sociedad española. Perder a un paciente duele. Duele mucho. Y no cuentan con muchos recursos para ayudar a pasar y digerir ese mal trago, afirma. Aguantar. Contenerse frente a la familia. Salir fuera de la UCI. Desplomarse. Abrazarse a un compañero, si hay suerte. Y volver al trabajo. Así lo vive él, que lleva 22 años teniendo que digerir el fallecimiento de enfermos que están a su cargo. Algunos, fruto de un proceso largo de enfermedad. Otros, jóvenes, de forma repentina.

En un servicio como la unidad de intensivos la muerte anda siempre rondando. "Está muy presente", afirma. "Lidiamos con ella en el día a día", continúa el enfermero, quien hubiera agradecido más formación sobre estas situaciones durante la carrera. "Falta", afirma. Lo mismo que un espacio en el hospital donde los profesionales puedan hablar sobre ello. "Lo gestionamos de forma individual, en función de nuestras experiencias personales y nuestras creencias, como podemos", indica el enfermero. Él, por ejemplo, desde el budismo. Ramírez, que trabajó una temporada en paliativos en Reino Unido, señala que allí había psicólogos, incluso, si los necesitaban. El choque, cuando regresó a España, fue tremendo. "No pedimos grandes cosas, sólo un espacio en el que poder hablar sobre ello con calma", indica.

Consciente de la dureza y el dolor que se siente, Ramírez está muy pendiente de cuando sus compañeros más jóvenes tienen que enfrentarse a la muerte de sus primeros pacientes: "Si estoy delante intento hablar con ellos, ver cómo se sienten". Lo mismo con los familiares. Ellos son los que van a tener que convivir mucho tiempo con el dolor de perder a un ser querido. Depués de las dos décadas que lleva viéndole la cara a la parca tiene claro que, a la larga, poderse despedir de esa persona, que muera acompañada y sintiendo en calor de los suyos, es mucho mejor. No siempre ocurre. Ramírez guarda en la memoria a no pocos enfermos que fallecieron solos en un box de la UCI. "Hay familias que no quieren entrar, te dicen que no quieren recordarle así, intubado, conectado a una máquina…", explica. Alguna vez, en esos casos, intenta que la familia dé el paso y acompañe a su familiar en los últimos instantes de su vida. No siempre lo consigue. "Hay que entenderlo", comenta con tristeza mientras le vienen a la cabeza las personas de 90 años que ha visto morir sin nadie a su lado.

Nada que ver, esa muerte en soledad, con otra de la fue testigo recientemente. "Una paciente con una enfermedad degenerativa decidió que ya no quería hacer nada más. Su familia la acompañó en ese momento", relata. El enfermero les felicitó por la decisión de estar con ella: "Es duro, es muy difícil, pero también es importante que estuvieran todos allí, agarrados de la mano". A veces se espera a la muerte. Se sabe que es cuestión de tiempo. Otras, llega de imprevisto. Una amarga sorpresa. Jóvenes que llegan a la UCI por situaciones repentinas, principalmente accidentes o problemas con sustancias. Madres, padres y parejas que llegan destrozados. Sin entender qué ha pasado. Sin creerse que la muerte ha entrado en sus vidas. Llorando. Gritando. Y los sanitarios, como Ramírez, como la única esponja con la que amortiguar ese momento.

Protegerse del dolor de perder a un paciente al que llevan tiempo cuidando es complicado. Pero también una obligación. Para poder atender a la familia. Y para poder seguir cuidando a los demás pacientes. No siempre ha podido contener la emoción. "He llorado", confiesa. Se le han escapado las lágrimas mientras abrazaba a alguno de los familiares. Pasado ese momento ha tenido que salir de la UCI, dar una vuelta por los pasillos del hospital, llorar -"algún compañero, si te ve, te da un abrazo"- y volver de nuevo a la unidad tratando de que no se le note mucho.

La muerte de algunos pacientes le ha dejado cicatrices en la memoria. "En la UCI tienes la oportunidad de estar con el mismo paciente durante un tiempo y a veces, con algunos, se genera un vínculo", indica. Uno de esos fallecimientos que se le ha quedado dentro fue el de un joven de apenas 31 años, afectado por VIH. "Se saltó una revisión y... Era muy vital, viajaba por todo el mundo...", recuerda Ramírez. También tiene marcada a fuego la de otra paciente que, consciente de que le quedaba poco tiempo, comenzó a tomar decisiones de cara al final de su vida.

La muerte da miedo. El enfermero no duda al respecto. Incluso aquellos que, sintiendo ya su frío, la asumen con templanza, tienen miedo. Ramírez lo sabe. Lo ve. Lo siente. Trabaja muy cerca de ella. Hablar de la muerte, sentir que no es una gran desconocida, le hace apreciar más la vida.

Rodolfo Moreno, jefe de Ginecología y Obstetricia : "No puedes derrumbarte, eres el apoyo de unas personas que han perdido lo que más querían"

Ni siquiera Maternidad se libra de la presencia de la muerte. El rincón del Hospital Can Misses en el que nace la vida tiene que lidiar tambien con ella. Menos, mucho menos que otros servicios, pero no se escapa. Entre cuatro y seis fallecimientos registra anualmente, explica el jefe de Ginecología y Obstetricia, Rodolfo Moreno. "Sabemos que los vamos a tener, pero afortunadamente es algo muy poco frecuente", indica el especialista. En los trece años que lleva en Can Misses tampoco ha tenido que vivir la muerte de una de las madres durante el alumbramiento. Vistas las cifras, casi parece que la muerte, que pasea a sus anchas por el hospital, respeta el reino de las matronas. "Pero no deja de ser una realidad", insiste Moreno, que destaca que "desgraciadamente" la sociedad actual pretende ignorar la existencia de la muerte. "Vivimos de espaldas a ella", insiste.

Lidiar con ella se hace especialmente complicado en este servicio. Y carecen de formación más allá de la que cada profesional, al finalizar sus estudios reglados, se haya buscado. Todo se basa en "autoformación" y el "sentido común". Y no es fácil. No es nada fácil gestionar el duelo donde todo el mundo espera felicitaciones y enhorabuenas. La sociedad occidental del siglo XXI vive los embarazos y los partos como una fiesta olvidando que, aunque muy pocas veces, también se producen desenlaces fatales. "Las generaciones antiguas lo tenían más presente", apunta el especialista, que reconoce que, cuando fallece un bebé durante el alumbramiento los primeros días es habitual darle vueltas a si ha fallado algo. El sentimiento de culpabilidad les sobrevuela.

Lo primero, siempre, es atender a los padres. "Agradecen la transparencia", indica el jefe del servicio, que hace hincapié en que la "empatía" es básica en esos momentos. La familia está destrozada, muchas veces no entienden qué ha pasado, pueden quedarse en shock, pero también pueden gritar, insultar e, incluso, echar culpas sobre especialistas, matronas y personal de enfermería. "Tienes que entender que no es una acusación directa hacia ti", insiste.

El dolor arrasa con todo. Y tiene infinitas formas. "En ese momento tienes que contener las propias emociones. A veces tú mismo tienes que llamarte al orden. Eres el apoyo principal de unas personas que han perdido lo que más querían y no puedes derrumbarte", apunta. Lo mismo cuando es la mujer la que fallece en el parto: "Es devastador para la pareja y la familia. Si haces tuyos esos sentimientos dejas de ser su punto de seguridad", añade. En ocasiones, reconoce, no es posible. Alguna vez él mismo, al ver que esa contención se hacía imposible, le ha pedido a un compañero que le relevara y se ocupara de la situación mientras él tomaba aire. "Te lo llevas a casa", contesta cuando se le pregunta si esas muertes se quedan atrás cuando sale del hospital. Si cuando el turno es complicado dentro de la normalidad llega agotado a casa, cuando, además, ha fallecido un paciente, la sensación es de desfondamiento absoluto.

A veces, la muerte llega antes que el nacimiento. O son las propias madres, en solitario o con sus parejas, quienes tienen que decidir sobre ella. Hay que comunicar a una mujer que el bebé que está gestando no está vivo -el temido "no hay latido"- y explicarle cómo es posible que el día antes todo estuviera bien y, de repente, la muerte acaba con todo. "Muchas veces es difícil de comprender", indica. Y la respuesta a todos los "por qué" de las familias son otras tres palabras: "No lo sé".

Hay pocas muerte en el servicio de la vida de Can Misses, pero ésta muestra su versión más cruda. Los duelos se multiplican. No sólo los hay por los bebés o las mujeres que fallecen en un parto. Los hay por los que no culminan su gestación, por aquellos que presentan malformaciones incompatibles con la vida, por las histerectomías (y, en consecuencia, los hijos que no llegarán) que hay que practicar de urgencia, por los abortos e, incluso, por las interrupciones voluntarias de un embarazo. "Todos los duelos son intensos", indica el médico, que hace hincapié en la dureza de cuando son las propias familias las que, en vista de las malformaciones con las que se está desarrollando su bebé, deben tomar la decisión de seguir adelante o abortar. O cuando tienen que pasar por un parto sabiendo que el niño o la niña que esperaban con tantísima ilusión ha fallecido.

Separar la vida exultante, con sus risas, sus nanas y sus primeros llantos, de la muerte, con su silencio y su dolor, es tan difícil como imprescindible en el servicio, reconoce el jefe de Ginecología, que recuerda, por ejemplo, que las habitaciones en las que se ingresa a las mujeres que han perdido a sus bebés, están señalizadas para que el personal se comporte con esa familia con toda la empatía del mundo. Se están enfrentando a uno de los momentos más difíciles de su vida, señala.

Cati Escandell, enfermera del centro de salud de Can Misses: "Desarrollas un ojo clínico, intuyes cuándo es la última vez que ves a un paciente"

Cuando sus pacientes, a los que atiende en su consulta del centro de salud de Can Misses, se acercan a cierta edad, Cati Escandell, enfermera, les pregunta si tienen pensado qué les gustaría cuando se acerque el final. Es una pregunta complicada. Pero importante. Les pregunta, por ejemplo, si les gustaría que ese momento sucediera en casa, rodeados de los suyos, en el hospital, en solitario... Cuando se habla de la muerte de los pacientes la mayoría de la gente piensa en el fallecimiento en un quirófano, en una UCI, en Urgencias... A nadie le vienen a la cabeza los sanitarios de los centros de salud. "Somos los que hemos atendido a los pacientes durante décadas, en muchos casos, el vínculo que se genera, no sólo con ellos, sino también con sus familias, es muy fuerte", defiende Escandell. Y suyas son, o eran, en vida, todas y cada una de las personas cuyos nombres llenan las esquelas de los diarios. Todas tenían un médico de familia. Y una enfermera de referencia. Y muchas veces, además, no pueden despedirse de ellas. "Perdemos pacientes todos los días", apunta Escandell.

"La muerte forma parte de la vida" señala Escandell, que lamenta que siga siendo un tema tabú. "Todos vamos a llegar a ella, cuanto más tarde, mejor, pero a todos nos llega", insiste la enfermera, que reconoce que la muerte da miedo "a todo el mundo". Como muchos de sus compañeros, Escandell echa de menos más formación para poder digerir los fallecimientos de sus pacientes y para poder ayudar mejor a los propios pacientes en su última etapa, pero también a sus familiares.

La gente creerá que los sanitarios de Atención Primaria no ven morir a sus pacientes. Pero no es así. A veces, cuando saben que están ingresados "muy malitos" en el hospital preguntan por ellos, siguen su evolución y hasta llegan a visitarlos. Otras veces descubren que han fallecido al sospechar que algo pasa porque no han acudido a una cita. Y otras son los propios familiares los que acuden a la consulta para comunicárselo. Otras veces, sobre todo cuando se trata de pacientes muy mayores o muy enfermos, no es raro sospechar que una consulta es, quizás, la última. "El ojo clínico", indica. Entrenado durante años de experiencia. "La mirada, la piel...", indica. Algunos pacientes preguntan. Otros no. Ahí entra en juego la "inteligencia emocional" y algo que Escandell tiene claro: "Hay que decir siempre la verdad". Algunas familias preguntan si es el final. "No lo sabes, pero si sospechas que puede pasar lo mejor es recomendar a la familia que acudan,que se despidan de él. "No sabes si será hoy, en unas horas, en dos días o en cinco, pero sabes que está próximo", comenta sobre esa última cita con ese paciente al que lleva años viendo. Escuchando. Comprendiendo. Aliviando. En esos momentos hay que tragar saliva. Y entender eso en lo que insistía al principio: la muerte es parte de la vida.

Por muy consciente que se sea de eso, perder a un paciente duele. No se puede medir ese dolor en un examen 'tipo test', pero está ahí. Un dolor que hay que dejar en un segundo plano para "ayudar a los que se quedan". Esto, indica, es más fácil cuando se han podido despedir de la persona que fallece. Y cuando se han dicho todo lo que se tenían que decir. "No hay que arrepentirse nunca de lo que no se ha dicho. No hay que dar las cosas por supuestas", señala la enfermera. Todo ese dolor por la muerte de un paciente se diluye cuando las familias le dan las gracias por la atención y el cariño que mostró con el enfermo: "Hace poco falleció un abuelito y un familiar me dio un abrazo y las gracias por el trato. Eso no tiene precio".

Paloma Martínez, psicooncóloga de Paliativos: "Trabajando en paliativos le pierdes el miedo a la muerte"

Un dolor en la garganta. Esa sensación de que la saliva ni sube ni baja. Un dolor en la garganta que es un reflejo del que trata de digerir todo el cuerpo. Es lo que siente Paloma Martínez, psicooncóloga del equipo de Cuidados Paliativos del Hospital Can Misses, cada vez que muere uno de los pacientes a los que atienden. "A nosotros se nos muere el cien por cien de ellos", recalca la especialista de este servicio que acompaña a los enfermos terminales en las últimas etapas de su vida. "Para un cirujano, que haya ido todo bien es que haya podido salvar al paciente. Para nosotras, que haya podido morir bien", indica la psicooncóloga, que reconoce que es una idea que a mucha gente le cuesta entender. "Nosotros hablamos del arte del bien morir", indica la especialista, que señala que trabajando en la unidad de paliativos, se le pierde el miedo a la muerte.

Ella y sus compañeras se acercan, conviven, incluso acogen con naturalidad, aquello de lo que el resto de las personas huyen. "Unos acompañan en la vida, nosotras acompañamos en la muerte", comenta Martínez, muy consciente de los beneficios que tiene ese morir bien. Que no es otra cosa que morir como la persona quiera. Al principio, a las familias e incluso a los propios pacientes les resulta complicado entenderlo. Pero con el tiempo, comprenden. "Recuerdo una familia que me dijo ‘menos mal que nos abriste los ojos’", indica.

Martínez tiene claro el poso que su día a día con la muerte va dejando en su vida. Ha reflexionado mucho más sobre ella que la mayoría. Tiene arreglados los seguros, el tema de la donación de órganos, el testamento vital... Algo que, siendo aún joven y sana, no es muy habitual. "Todo el tema práctico lo tengo arreglado", indica. Hedonista y disfrutona y fiel creyente del carpe diem latino. Eso, está convencida, también bebe de tener a la muerte como compañera de trabajo. Y, sí, intenta no despedirse nunca de nadie estando enfadados.

"Desgraciadamente, no tenemos una cultura de la muerte" señala Martínez, que es una firme defensora de hablar mucho más de ella. "Incluso a los niños, aunque algunos no lo entiendan", insiste la especialista, a la que más allá de ese dolor en la garganta, en el trabajo a veces se le escapa alguna lágrima cuando fallece uno de los pacientes. "Pero nunca me descompongo, porque si lo hago ya no acompaño", matiza. Cuando se le pregunta, reconoce que ese nudo en la garganta lo siente, prácticamente, todos los días de trabajo. "Todos los días me emociono", indica. "El día que deje de emocionarme o de sentir no estaré capacitada para seguir en paliativos", afirma.

Aunque guarda con cariño muchas muertes en su memoria, recuerda especialmente la primera. Era una mujer mayor, con muchos dolores. No se le pasaban con nada, explica. Antes de fallecer, cuando el médico la sedó y dejó de sentir dolor, la mujer le dio las gracias al doctor. "Al volver en el coche, me puse a llorar. De la emoción, de lo bonito que había sido. El médico, al verme así, paró el coche en mitad de la carretera pensando que estaba mal, pero no. Lloraba de la emoción de ver el bienestar de la mujer", recuerda.