La poderosa tormenta solar que generó auroras boreales en Canarias en 1872

El evento Chapman-Silverman registrado el 4 de febrero tiño el cielo del Archipiélago de unas inquietantes luces rojas que causaron gran revuelo entre la población isleña 

Las auroras boreales se pudieron ver en casi todo el hemisferio norte

Verónica Pavés

Verónica Pavés

En febrero de 1872 el cielo de Canarias cambió de azul al rojo del ocaso. El mundo se acababa según los agoreros que aprovecharon el revuelo para difundir las infames consecuencias que traerían aquellas luces que resplandecían con el color del infierno sobre sus cabezas. Los canarios habían sido testigos de un fenómeno nada común en esta latitud: auroras boreales. La llegada de una fortísima tormenta solar a la Tierra generó esta llamativa iluminación mientras trastocaba las señales de telégrafo por todo el mundo.

Hasta ahora apenas se disponía de información precisa sobre este evento conocido como Chapman-Silverman, una tormenta solar que afectó a prácticamente todo el hemisferio norte de la Tierra durante el invierno de 1872. De acuerdo al registro histórico de alguna de las estaciones que midieron la tormenta, se pensaba que no había tenido demasiada entidad. Sin embargo, un reciente artículo científico, que se hará público este 10 de diciembre en la revista de la Sociedad Astronómica Americana, reevalúa toda la información sobre el fenómeno solar haciendo patente que, probablemente, tuvo una intensidad similar al mucho más famoso evento Carrington de 1859. 

El intenso fenómeno fue registrado en el Archipiélago por el cronista y en aquel entonces alcalde portuense José Agustín Álvarez Rixo en los Anales del Puerto de la Cruz. De forma breve y concisa Álvarez escribiría: "Febrero 4. A primera noche se percibió una aurora boreal hacia el norte, noroeste". Esto significa que las auroras, en lugar de contemplarse en el horizonte, se posaron sobre las cabezas de los isleños.

Las auroras se posaron sobre las cabezas de los isleños, en lugar de en el horizonte

Pese al miedo que provocaron aquellas luces que tiñeron el cielo de rojo, la población canaria fue prácticamente ajena a los impactos que aquella tormenta solar generó en la sociedad de todo el mundo. Y es que los principales perjudicados de la severa erupción solar fueron los países que en aquel momento habían implantado el telégrafo, cuyas líneas se cayeron en varios puntos del planeta al mismo tiempo. Una tecnología que, sin embargo, no llegaría a Canarias hasta 13 años más tarde. 

Tras una revisión de centenares de registros históricos, crónicas y escritos de la época, un equipo de investigación, liderado por el físico de la Universidad de Nagoya (Japón), Hisahi Hayakawa, ha podido estimar con mucha más precisión la intensidad que tuvo aquel evento histórico.

Los avisos del Sol

Entre las 9:00 y las 10:00 hora universal (TU) –mismo horario que Canarias– del 3 de febrero de 1872, se produjo una eyección de masa coronal desde un conjunto de manchas solares. El Astro Rey había dado señales semanas antes, pero aun ningún científico era capaz de descifrar lo que significaría para el planeta. Aunque los datos obtenidos durante aquellas observaciones son "rústicos", proporcionan una información vital. "Este evento ocurrió después del Carrington por lo que los investigadores de la época estaban más implicados en estudiar el Sol", recuerda Héctor Socas, físico solar del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC)

Los efectos en la Tierra empezaron a notarse a las 14:27 horas del 4 de febrero

El fenómeno se siguió de manera activa desde el Observatorio Astronómico de Roma. Allí los científicos que se dedicaban a observar la estrella empezaron a dejar constancia de las protuberancias que veían en los discos solares. Aquellas formas les llamaba la atención, pues eran mucho mayores de lo habitual.  Esas manchas solares, que además habían adquirido unas formas muy complejas, se situaron en un lugar clave: cerca del disco solar. "En concreto en 19 grados de latitud sur y 5 grados de latitud norte", asevera Socas, que insiste en el dato: "estaba apuntando directamente hacia nosotros ese día". 

Hoy en día sabemos que esos grupos complejos de manchas que se mezclan con un campo magnético muy enredado son las que son más proclives a producir erupciones y explosiones más violentas. De hecho, muestra de lo violentas que estaban siendo las eyecciones de partículas es que muchos de los diagramas científicos recuperados de esa época muestran que alguna de esas erupciones se podían contemplar prácticamente a simple vista. "Esto es muy extraño, y más aún con la instrumentación de la época, debieron ser explosiones muy muy potentes", relata Socas. 

En la imagen, una representación de como se vio en Okazaki, Japón.

En la imagen, una representación de como se vio en Okazaki, Japón. / Templo Shounji

"Los efectos en la Tierra comenzaron 29 horas más tarde", relata el físico solar. Poco después del mediodía, a las 14:27 horas del 4 de febrero, las partículas energéticas que salieron disparadas desde el Sol sacudieron el campo magnético de la Tierra. "Seguramente se dieron varias eyecciones de masa coronal, y alguna de ellas, es posible que rompiera durante un momento el campo magnético", explica el investigador. 

Las auroras son el resultado del contacto de esas partículas con el campo magnético terrestre. De forma habitual, cuando chocan contra la Tierra son capturadas y reorientadas hacia los polos, donde las partículas tienen más fácil adentrarse en la magnetosfera. Es entonces cuando en lugares como Escandinavia, Islandia, Groenlandia o Canadá se produce ese espectáculo de luces en el cielo que cada año motiva la llegada de cientos de turistas a los países nórdicos. De ahí, de hecho, adquieren su apellido, pues "boreal" también significa "del norte". 

Por tanto, para que un fenómeno natural como este impacte directamente sobre el ecuador o cerca de él, como ocurrió en el evento Chapman-Silverman, la fuerza con la que el Sol dispara esas partículas tiene que tener una fuerza ingente. Cuando ese proyectil que viene del Sol es muy energético hay veces que la magnetosfera no da abasto para absorber toda esa energía y se perturba. "La propia perturbación de la magnetosfera genera corrientes eléctricas en tierra y puede incluso llegar a abrirse la magnetosfera", revela Socas. "Esto último es lo que ocurrió en 1859 y, aunque no está claro, es posible que también ocurriera aquí", resume. 

Un futuro vulnerable

Aunque este tipo de eventos no son muy frecuentes, no es imposible que ocurran de nuevo. "La cuestión es cuándo", insiste Socas. El de Carrington y el de Chapman-Silverman son los últimos eventos fuertes registrados en la Tierra. El primero ocurrió en 1859 y el segundo en 1872, con apenas 13 años de diferencia y, sin embargo, en los siguientes 150 años no se ha producido ninguno más. 

A medida que pasa el tiempo las posibilidades se incrementan y mientras, la humanidad es más vulnerable a sus impactos y sigue sin estar preparada. En España se lleva tiempo hablando de sus consecuencias, ya que un evento como estos en la actualidad puede conllevar desde un fallo masivo de las comunicaciones hasta un apagón tecnológico sin precedentes. José Segura, diputado socialista en 2012, presentó en el Congreso una propuesta para evitar el "caos generalizado" que ocurriría ante un gran apagón. La propuesta llegó a ser aprobada por unanimidad, pero nunca más se supo de ella. Y mientras, esa gran bola ardiente sigue existiendo, evolucionando y mirando amenazante a una sociedad hiperconectada a la que de un solo plumazo podría causar un colapso sin precedentes.