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Sucesos históricos

Dos crímenes enredaron La Yedra

Una vecina de la Vega de San Mateo mató en 1916 a su amante. Cinco meses antes enterró el cadáver de un feto en un cercado

Una imagen campesina de un barrio de la Vega de San Mateo a comienzos del siglo XX.

Una imagen campesina de un barrio de la Vega de San Mateo a comienzos del siglo XX. FEDAC

Hace más de un siglo, a comienzos de 1916,  la tranquilidad del barrio de La Yedra se vio alterada por un sangriento suceso que, sin duda, conturbaría el ánimo de la población de San Mateo. Encarnación Rodríguez, de 40 años y con su marido ausente en Cuba, mató a puñaladas a su amante con un cuchillo canario. No fue un crimen pasional corriente. Cinco meses antes había enterrado al hijo secreto de ambos en un cercado de El Morro.

Al principio pareció un drama pasional de los tiempos caballerescos en que la mujer, celosa de su honor y reputación, mataba al sátiro que violentamente quiso abusar de ella. Pero pocos días le duró a Encarnación Rodríguez Déniz, la hembra bravía, como sería nombrada por los periódicos de la ciudad, su aureola de heroína de novela. Aquel suceso acaecido el 12 de enero de 1916 tuvo enorme resonancia en la isla y quedó tan grabado en la memoria colectiva que un viejo refranero de Gran Canaria (Trapero) recuerda hoy aquel triste acontecimiento, titulado La Mujer que en ausencia de su marido se da a la mala vida.

La homicida confesa supo presentarse ante la opinión pública como víctima puesta en el trance de matar, y a todos engañó su mentida virtud. A todos menos a sus vecinos de La Yedra, que conocían de sus andanzas sentimentales y aventuras de amores contrariados.

El trágico suceso se desarrolló en la soledad del campo, sin testigos. La primera versión que circuló del hecho sangriento disculpaba, justificaba la acción criminal de aquella pobre campesina, de 40 años de edad, con cuatro hijos y su marido ausente en Cuba, a donde había emigrado hacía un tiempo para lograr el sostén económico de la casa cuando empezaron a fallar los recursos. Gran Canaria estaba entonces contaminada por la tensión y la crisis de la primera guerra mundial.

Apenas eran las seis y media de la mañana y ya Encarnación cortaba hierba para sus animales. En ese instante, apareció Antonio Marrero Déniz, primo de su marido, de 37 años, casado con una mujer joven y hermosa, padres de cuatro hijos. Desde hacía tiempo los vecinos sabían de sus amores secretos. De hecho, días previos al crimen, la esposa de Antonio y Encarnación se enfrentaron en la tienda de la zona. Antonio defendió a su esposa, manifestando, con desaire: "¡Cállate tú, Encarnación, que tú eres la ruin, no ella, que tú bien sabes quién sos!" Cuentan que Encarnación se hizo con un revólver mientras el pueblo vivió el suspense de un fatal desenlace con toda clase de esfuerzos.

El 12 de enero fue el día de la desgracia. Tras cometer el crimen, serena y confiada, Encarnación se entregó a la Guardia Civil. Confesó que su víctima trató de abusar de ella y que con el cuchillo canario que tenía en la mano le infirió tres puñaladas.

Al ingresar en la cárcel de la ciudad le acompañó la simpatía popular. Las páginas de la prensa se llenaron con adhesiones a la campesina. El público elogiaba la entereza, el valor y la honradez demostrada por Encarnación Rodríguez.

La intuición popular, que siempre encuentra la verdad hasta donde no es posible, entendió y proclamó que aquella mujer era inocente, pues obró en defensa de su honor. Nadie, en cambio, se compadeció de él. "¡Bien muerto está!", se decía, "para escarmiento de sátiros y tenorios insolentes".

Encarnación Rodríguez recobró en cuestión de días la libertad, en medio de la satisfacción de la opinión pública, defensora de aquella mujer que mantuvo inquebrantable "la fidelidad jurada al esposo ausente y quitó la vida al malvado que trató de mancillar la honra familiar".

No la creyeron

En su pueblo, sin embargo, pocos la creyeron. Cuando la familia del difunto se enteró de su puesta en libertad decidió contarlo todo, donde fuera y como fuera. El lunes por la tarde, aprovechando el primer carruaje que bajaba a la ciudad, la madre del fallecido, Isabel Déniz Díaz, y varios vecinos de La Yedra, se presentaron en el juzgado de Vegueta. Allí aclararon que Encarnación no era tan celosa de su reputación como se decía; que ella tenía varios amantes en el barrio y que uno de ellos había sido el muerto, con quien tuvo un hijo al que ella dio muerte y enterró luego en un cercado de El Morro.

Los vecinos aseguraron también al juez que los niños que iba teniendo de sus relaciones los iba matando. El caso quedó reabierto. Dos guardias civiles, el cabo Ricardo Campos y José Roscón Rubio, se desplazaron al lugar del suceso. Y en cuanto más se acercaban a La Yedra más suspirantes y desapacibles les parecían a los agentes las intenciones secretas de la homicida.

Francisco Déniz, sobrino del fallecido, en 1986. P. Socorro

"Mi abuela aclaró el caso"

Al campesino Francisco Déniz Marrero, le faltaban siete años para nacer cuando ocurrió el crimen que marcó a su familia. En 2009, este vecino de La Yedra (San Mateo) hablaba del suceso que segó la vida de su tío. Durante años aquel caso, que él oyó desde niño, se había convertido en una pesadilla recurrente de muchas noches. “Mi abuela Isabel, que era la madre del difunto, le hizo ver a la Guardia Civil que aquella mujer había matado a mi tío y a varios niños que enterró. Lo que pasa es que la sacaron pronto de la cárcel porque se valió de un familiar suyo, el cura de Montaña Cardones, quien hizo ver en el juicio que todo fue falso”, dice. Solo fue condenada por infanticidio.

Los restos de un feto bajo el cercado de naranjeros

Por confidencias vecinales, los agentes supieron cómo en el mes de agosto de 1915 Encarnación estaba encinta, sin que se supiera dónde había ido a parar el fruto de aquel embarazo. La campesina había urdido una treta. La prensa comenzó a lanzar estas preguntas: ¿porqué mató Encarnación a su amante? ¿Lo asesinó porque Antonio Marrero había pregonado su deshonra?¿Dio muerte a éste para que se llevara el secreto a la tumba ante el temor de que su marido regresara de Cuba?

En el nuevo interrogatorio policial, la campesina acabó rindiéndose a la verdad. Confesó que el día que Antonio Marrero la deshonró “por la fuerza, amenazándola con un cuchillo” quedó embarazada. Agregó que el 24 de agosto de 1915, día de San Bartolomé, se recogió en su casa. No salió durante varios días. Allí se provocó un aborto y enterró al feto, de cinco meses, en un cercado próximo a su vivienda. Ella misma hizo varias excavaciones con un sacho que cogió del alpendre. A medio metro de profundidad, envuelto en un trozo de saco, se hallaron un cráneo troceado y los restos del cuerpo de la criatura en completa descomposición. Los restos óseos se llevaron en una cereta de mimbre hasta el cementerio de La Vega. El examen forense concluyó que con una horquilla lo mató.

Infanticidio

Aquel martes, Encarnación Rodríguez fue trasladada en carruaje a Las Palmas, acompañada de una pareja de guardias civiles. El juez de Vegueta, el señor Alonso, ordenó su ingreso en prisión, acusada ahora de un delito de infanticidio. Contra ella se volvieron el público, la prensa y los folios, cargados de tinta, de un proceso que estuvo rodeado de una inusitada expectación. Los periódicos de la época recogieron en sus columnas extensa información sobre el desarrollo de tan insólito suceso. El Diario de Las Palmas abría su portada del 21 de enero de 1916 con una prolija crónica firmada por Jordé , el seudónimo del ilustre periodista y escritor galdense José Suárez Falcón(18901957).Tan macabro suceso no iba a olvidarse en el barrio con nombre de planta trepadora.

Barrio de La Yedra, en San Mateo, Gran Canaria. P. Socorro

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