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Telde.

Los placeres de la vida corriente

Laura García y Olga Naranjo recuperan la electricidad y el agua en su vivienda de Jinámar | Vivieron durante más de cinco años sin estos servicios básicos

Los placeres de la vida corriente | ANDRÉS CRUZ

Hace apenas unos meses, la débil melodía de una pequeña radio era la única vía de escape de Laura García. Esta vecina del Valle de Jinámar vivió casi una década sin los servicios más básicos en su vivienda; la electricidad y la luz. Con una discapacidad mental y física y sin recursos económicos que le ayudasen a mejorar su calidad de vida, su rutina apenas consistía en efectuar las tareas diarias de la casa con los pocos recursos que tenía y a oscuras.

Los placeres de la vida corriente | ANDRÉS CRUZ

Sobre las seis de la tarde ya era común que las sombras comenzasen a engullir poco a poco, pero sin pausa, cada una de las estancias de su hogar. Una pequeña linterna y la música que emana de una de las emisoras que capta el pequeño aparato de pilas componían su única compañía durante las largas noches, además de su madre, Olga Naranjo. La quincena de garrafas que guardaba en su solana, las herramientas de su supervivencia. Con ellas conseguía efectuar todas las tareas importantes; limpiar, cocinar y lavarse. El agua, la que la comunidad usa para el riego de los jardines.

Los placeres de la vida corriente

Un nuevo comienzo

Este fue el escenario de esta vecina durante mucho tiempo. Cuando relata esta increíble historia, abre los ojos y levanta las cejas sorprendiéndose incluso ella misma de que fuese capaz de aguantar una situación así. «Me pasaba la mayor parte de los días durmiendo, porque no podía hacer otra cosa», asegura mientras se prepara un café, uno de los placeres que ahora puede darse. Casi que aún no se lo cree.

Los placeres de la vida corriente

Su madre recuerda las lloreras que les entró cuando vieron que su situación había dado semejante vuelco. «No paramos de llorar; yo tengo mi casa en Las Remudas, pero he estado todo este tiempo acompañando a Laura porque ella me necesitaba aquí y ha sido muy duro tener que vivir así y pensar que nada iba a cambiar», agrega.

Los placeres de la vida corriente

«La primera noche que tuve electricidad no pude evitar encender todas las luces», expresa emocionada. «Fue una sensación indescriptible el poder ver toda la casa iluminada», añade.

Los placeres de la vida corriente

Pero quizá incluso lo fue más el momento en que al abrir los grifos vio salir las primeras gotas de agua. «Fue la Nochevieja cuando nos enteramos que por fin se había solucionado; obviamente fue el mejor regalo que tuvimos, así como el nacimiento de mi nieta», asegura sonriente. Es ahora cuando reflexiona y se pregunta cómo pudo estar durante tanto tiempo viviendo de aquella manera.

Laura tenía que rellenar más de diez garrafas al día con agua de regadío para poder limpiar, cocinar o lavarse. «No me duchaba todos los días para poder ahorrar, porque era mucho trabajo tener que bajar tres pisos para después ir subiendo los recipientes; pesaba mucho y yo no tengo mucha movilidad», explica la vecina, que recuerda que hace diez años se tiró por la ventana de su cada en un episodio depresivo. «No morí, pero me quedé destrozada», subraya.

De hecho ese fue el comienzo de todos sus males posteriores. El tiempo que estuvo en el hospital recuperándose y después en la casa de su madre para ser atendida con propiedad supuso el abandono involuntario de su vivienda. «Dejé de pagar los servicios básicos porque ya no estaba residiendo ahí, pero lo peor fue que se metieron a vivir en mi casa unos okupas», relata.

Cuando volvió, lo que se encontró fue un verdadero escándalo. «Para empezar habían cambiado la cerradura, así que me costó entrar; pero cuando por fin lo hice no pude más que sorprenderme», agrega. El apartamento había sido desvalijado por completo. Apenas quedaban muebles y los que aún persistían estaban rotos; no contaba con electrodomésticos y le habían destrozado los baños y robado todo el cableado. «Incluso me encontré un perro muerto encima de un colchón y tuve que tirar mucha ropa que estaba manchada con sangre», asegura echándose las manos a la cabeza.

Su situación cambió totalmente de dirección cuando decidió denunciar esta situación por los medios de comunicación. «Estuve mucho tiempo intentando conseguir alguna ayuda a través del Ayuntamiento, pero no había manera», destaca Laura. En ese momento todo cambió. Carlos Carreño, un vecino del municipio, se solidarizó con su situación y tomó la decisión de pagar los trámites necesarios para instalar el contador de agua, con lo que le restaurarían el servicio.

Pocos días después, tras la publicación en LA PROVINCIA del artículo en el que explicaba su situación, Rosi Mujica (procedente de Ingenio) contactó también con madre e hija para aportar su grano de arena. En este caso, se hizo responsable del pago de toda la instalación eléctrica, que supuso un gasto de 3.000 euros aproximadamente. «Sentí que tenía que hacer algo, me parece increíble que a estas alturas todavía haya gente que tenga que soportar situaciones así», afirmó la ciudadana sobre este asunto.

Con su aparición, la suerte de Laura y de su madre comenzó a cambiar, pero todavía les quedaba una última sorpresa. «Un día llegamos al piso y nos encontramos con un montón de electrodomésticos», añaden las vecinas entre risas de alegría. Un televisor completamente nuevo, una lavadora, horno y la nevera, que ahora abren con orgullo para señalar su interior, en donde se aprecian botes de leche, yogur, verduras y otros alimentos. «Antes tenía que comprar para el día, porque no tenía nada donde mantener la comida», expresa emocionada.

La visión del piso casi un año después es completamente diferente. Laura ha recibido la ayuda también de sus hermanas para ir poco a poco mejorando el aspecto de su vivienda. «El baño me lo han arreglado entero, tengo una ducha completamente nueva», expresa emocionada, mientras recuerda que antes precisaba la ayuda de madre para bañarse con una palangana. «La mayoría de veces con agua fría, porque no podíamos calentarla», cuenta Olga, que afirma que «mi hija todavía no es consciente de lo que le ha pasado, la emoción es demasiado grande».

Actividades como ver la televisión, calentarse una pizza en el horno o preparar café por la mañana se sienten como cotidianas para la mayoría, propias de la vida corriente. Sin embargo, eran placeres impensables para Laura hace apenas unos meses. Ahora por fin ha alcanzado la ansiedad normalidad y no puede más que alegrarse. «Estoy bastante segura de que no volveré a estar en una situación similar porque no tengo deudas; cada vez que me ingresan la pensión en el banco -unos 400 euros- guardo la cantidad aproximada para que se cobren el agua y la luz todos los meses», añade orgullosa.

En la imagen principal, Laura García (a la derecha) y su madre, Olga Naranjo (a la izquierda) ven la televisión, una actividad que hasta hace unos meses no podían realizar por la falta de electricidad. Abajo a la izquierda, Laura disfruta de su baño reformado. A la derecha, Olga limpia la losa con el agua directa del grifo. Antes debía utilizar garrafas rellenas con el agua de riego. |

Las imágenes de este bloque muestran la vida de Laura García y su madre Olga Naranjo en marzo de 2021. En la principal, ambas frente a la cocina de su vivienda, sin electrodomésticos ni lámparas. Abajo a la izquierda, Laura enseña el espacio que corresponde al termo, que fue robado por unos okupas. A la derecha, Olga coge una de las garrafas rellenas con agua de riego. |

Abandonadas por los Servicios Sociales

Hace apenas unos meses que Laura García recuperó los servicios básicos, la electricidad y el agua, en su vivienda del Valle de Jinámar. Sin embargo, todavía le cuesta creer que pueda ejecutar acciones tan cotidianas como ver la televisión o simplemente ducharse. Los casi diez años que tuvo sin estos recursos aún le pesan en su mente, y es que le parece incomprensible que durante este tiempo no consiguiese ningún tipo de ayuda municipal o de otras instituciones públicas que le impulsasen para restaurarlos. «Estuve mucho tiempo explicando mi situación a los Servicios Sociales del Ayuntamiento de Telde, pero jamás recibí ayudas», explica aún sorprendida. Lo peor es que no precisaba, ni precisa, de ningún tipo de ingresos mensuales para pagar estos recursos. «No tengo deudas y mi pensión me da perfectamente para pagar las facturas, pero yo necesitaba un impulso para poder costear la reinstalación de la red eléctrica y el contador de agua», asevera. Estas infraestructuras necesitaban una inversión más elevada que acabó siendo sufragada de forma totalmente desinteresada por dos vecinos de Telde e Ingenio. La solidaridad fue al final lo que sacó a Laura de una vida a oscuras. | J. P.

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