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Opinión

Tú guarda

Tú guarda

Tú guarda

A ti también te pasa. No me creo que sea el único. Confiesa que tú, como todos, guardas. No importa qué y mucho menos para qué, pero sientes la irrefrenable necesidad de guardar. Si tu madre fue buena madre, te enseñó a guardar los botes de cristal o los tornillos que siempre sobran cuando terminas de montar el mueble, porque pueden hacer falta. Si tu padre ha sido buen padre, no tirarás el trozo de cable que le cortaste a la lámpara o las camisetas viejas porque es lo mejor para limpiar las ventanas del coche. Si tu hermano o hermana han sido buenos, te han enseñado que la ropa no se tira porque la moda siempre vuelve, o por si adelgazas, o por si engordas o por algo, pero guárdala. Tirar es un pecado. Tirar es de ricos. Tirar es de no tener amor a las cosas. Amor a las cosas: La gran incongruencia. Y no tiramos. Si ya no hay donde guardar, compramos un armario nuevo, ampliamos la estantería o convertimos los bajos de nuestra cama en almacén. Dichoso aquel que tenga trastero porque de él será el reino de los trastos. Benditas las cajas de cartón, o mejor las de plástico que permiten apilarlas en esas infinitas torres de babel que guardan libros leídos que nadie más leerá; souvenirs que son imposibles de ver pero fáciles de esconder; discos, compactos o cintas para los que no tenemos reproductor o sobres de fotos que nos recuerdan a amores pasados y a colágeno perdido. Pobre Diógenes, que en el 440 antes de Cristo defendió la independencia de las necesidades materiales, la estupidez del guardar, la libertad del desapego y hoy es un triste síndrome de la acumulación, del que, en mayor o menor parte, todos somos enfermos y quien esté libre de pecado que tire la primera piedra, aunque yo si fuera tú no lo haría, porque quizás te pueda hacer falta.

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