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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Seriados

Seriados

Que nadie vea ironía ni ataque, sino desconocimiento y duda. Ante el culto de la nueva era de ver series, necesito saber a qué grupo pertenezco: si a los adoradores, también llamados seriéfilos, o aquellos detractores que los consideran frikis y con mucho tiempo libre. Necesito ayuda, sin acritud. Lo primero es saber si el amor a las series tiene carácter retroactivo: si es así, confieso que en el pleistoceno de mi vida televisiva no me perdí un capítulo de Vacaciones en el mar, Corrupción en Miami y Se ha escrito un crimen (ignoro si Angela Lansbury puede ser actriz de culto seriefílico). La segunda cuestión es si en este amor desmedido entran las de producción nacional, y no me refiero a La que se avecina o El Ministerio del Tiempo porque por insulsas o por hastío no las sigo. Me refiero a Verano azul, Farmacia de guardia (Mercero, tú sí que eres un Dios) o, volviendo a mi prehistoria, Anillos de oro (Diosdado for ever): a las tres fui fiel. He percibido que cuanto más minoritaria sea la serie, el seguidor tiene más valor: si es así, yo soy de Brothers & Sisters, era de los de Doctor en Alaska y antes fui de Mascarada, una producción que vimos la madre del director y yo. Lanzo una pregunta arriesgándome a morir apedreado por mandos a distancia: ¿valen como series los culebrones? Porque desde Falcon Crest o Santa Bárbara (digan lo que digan, eran culebrones) al fenómeno Cristal y todas las piedras semipreciosas: Rubí, Topacio y Esmeralda, no hubo sobremesa en mi vida sin una madre buscando a su hija perdida. Y esperando encontrar algún día mi lugar, les pregunto si las series animadas cuentan porque yo fui de Dragones y mazmorras, Candy y aún no he superado que David se convirtiera en árbol.

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