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Lo terrorífico y lo mágico

El escritor Alexis Ravelo presenta en la librería Sinopsis 'La otra vida de Ned Blackbird', que se desmarca del género negro y se embarca en lo fantástico

Lo terrorífico y lo mágico

Lo terrorífico y lo mágico

Una vez se escribió en estas páginas sobre los mapas literarios de Alexis Ravelo. Corría entonces el año 2013 y la geografía de sus novelas transitaba por las grietas sociales que sólo alumbra el más negro de los géneros. Sin embargo, entre Morir despacio (Mercurio, 2012), cúspide de la saga criminal de Eladio Monroy, y La estrategia del pequinés (Alrevés, 2013), que aupó al autor al podio del Hammett, el escritor grancanario trazaba en silencio las coordenadas de otro universo narrativo.

Cinco años después, y con otras tres novelas situadas en primera línea del panorama noir nacional, ve la luz La otra vida de Ned Blackbird (Siruela, 2016), una joya literaria que revive el legado de los primeros cuentos de Ravelo en las latitudes del terror psicológico, lo mágico, las atmósferas expresionistas y la metaliteratura. Esta nueva entrega se desvía de los entramados criminales en las aristas de Gran Canaria para internarse en un microcosmos fantasmal y claustrofóbico, protagonizado por Carlos Ascanio, un profesor de Filosofía con heridas sin cerrar, que se instala en la ciudad ficticia de Los Álamos. Y en la vivienda que alquila en las proximidades de su facultad, con la esperanza de trazar otro rumbo lejos de capítulos del pasado, le aguardan los fantasmas de los que huye.

El filósofo Kierkegaard manifestó que la vida sólo puede entenderse mirando hacia atrás, pero que ha de vivirse mirando hacia delante. Nuestro protagonista, Carlos Ascanio, se mirará en una mujer. Celia Andrade, la inquilina anterior fallecida en el piso de Los Álamos, comenzará a dar forma a sus temores con el sonido de una máquina de escribir que cada noche "rasga la penumbra y lo despierta". Estos ecos, que parecen manifestarse desde el fondo del abismo, arrastrarán a Ascanio hacia los misterios del "enigma Andrade", que comienza a desentrañar en los baúles de cartas y diarios de "una mujer que se lee como una novela de intriga". Y en cuyo reflejo comenzará también a leerse a sí mismo.

Cuando uno huye de las sombras que cruzan los espejos, estas se manifiestan de repente en cualquier esquina "y no existe ya posibilidad alguna de elegir otro camino o volver atrás". "Tantas cosas que comienzan como un juego, una casualidad, una cadena de pequeñas, casi insignificantes elecciones motivadas por hechos contingentes", escribe Ravelo en un pasaje de este libro filosófico que, como muchas de sus novelas negras, encierra una honda impronta sartreriana, porque, una vez más, sus personajes asumirán el coste que conlleva la libertad de elegir.

Y Ascanio elegirá el abismo, por el que se irá precipitando poco a poco, sin saberlo, atrapado en el asombroso legado de Celia Andrade. Y con él, los lectores; a merced de un diabólico tempo narrativo que el autor marca con la precisión de un reloj. Además, en un guiño a El Golem, de Meyrink o El quimérico inquilino, de Topor, lo fantástico y lo mágico también se va abriendo hueco entre las paredes de este piso de Los Álamos, anudándose alrededor de nuestra garganta para luego deshojarse en lecturas más profundas.

Y es que esta novela breve, abisal pero de lectura ágil, parece resultado de un cuidadísimo proceso de construcción literaria, que huye del recurso fácil del circunloquio y se aproxima más a la arquitectura borgeana de El laberinto de senderos que se bifurcan. Y los resortes que mueve el "enigma Andrade" en el interior de Carlos Ascanio se irán ramificando en distintas líneas argumentales, como un amor prohibido, la naturaleza de los escritores clandestinos, el miedo a no ser quiénes nos contamos que somos y el poder único de las palabras para hacer eterno lo contingente.

Precisamente, cuenta Ravelo que fue una escritora, María Dolores de la Fe, quien activó los resortes de La otra vida de Ned Blackbird, que a través del personaje de Andrade rinde homenaje a las novelas no escritas, a las que se escribieron bajo una identidad falsa y a las que pasaron por encima de convenciones, muros y etiquetas para hablarle al mundo exterior. Junto a Dolores de la Fe, Ravelo se dirige a los binomios literarios de Francisco González Ledesma y Silver Kane; Otto Feige y B. Traven; Boris Vian y Vernon Sullivan; y, por qué no, a sí mismo y M. A. West; seudónimo que utilizó el propio escritor para prestarse a ese juego de identidades en El viento y la sangre, donde emula el estilo noir norteamericano de los años 50, acaso para demostrar que la literatura es la literatura más allá del nombre. Además, este ejercicio metaliterario vuelve a encerrar guiños a los referentes del autor, como Camus o Vázquez Montalbán, que ponen de manifiesto, una vez más, cómo la literatura remite siempre a la literatura.

Cabe decir que La vida de Ned Blackbird descubre a un Ravelo en estado puro, menos Ravelo y más Ravelo que nunca, que quiebra la linealidad de un estilo único para explorar otros territorios donde convergen lo terrorífico y lo poético y que, para júbilo de sus lectores, trufa de referencias comunes a su universo creativo: desigualdad social, barras de bar, mujeres independientes, personajes entrañables, ajustes de cuentas a un pasado que siempre narran los mismos y la palabra como refugio contra el olvido.

Por eso, una de las más hermosas ramificaciones de La otra vida de Ned Blackbird es la intensa relación epistolar que atesoran los cajones de este piso de Los Álamos. "Todas las historias de amor son historias de fantasmas", escribió Foster Wallace. En su prólogo, Ravelo evoca a Kafka: "Escribir cartas significa desnudarse ante los fantasmas". "Pero ya no guardamos cartas. (?) Esa caja que todos teníamos, en la que conservábamos las cartas de nuestros amigos, de nuestra familia, de nuestros amantes, ahora es un baúl de aire que flota por ahí. Cuando mueras, no habrá nada más que la nada. Estamos aprendiendo a olvidarnos de recordar. Y eso es grave, porque, ¿qué es la identidad sino memoria?", escribe Ravelo, quien se sirve de esta correspondencia secreta para interrogar al lector sobre cuestiones que encubrimos bajo las prisas y la rutina cotidiana. ¿Existimos en el espejo del otro? ¿Nos olvidamos a veces de existir? ¿Quién tiene la palabra última en el relato de nosotros mismos? ¿Es la palabra el material de que están hechos nuestros sueños?

La última de las muñecas rusas que despliega La otra vida de Ned Blackbird nos devuelve un espejo, que nos mira a los ojos y nos revela que tal vez la única geografía posible sea la de las preguntas. Y que, a veces, una metáfora puede justificar toda una existencia; que el ser humano, como decía Gil de Biedma, puede ser poema y que, en algunas ocasiones, logramos sobrevivirnos en las palabras.

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