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Exposiciones cuatro visiones de la obra de paco cruz

De la esencia a la presencia

Paco Cruz emerge como de la nada por la persistencia de su invisibilidad, pues hasta ese punto ha llegado su voluntad de pasar de incógnito

Paco Cruz junto a una de sus obras en el Cicca.

Paco Cruz junto a una de sus obras en el Cicca. LA PROVINCIA / DLP

Cada artista tiene un itinerario personal que se hace reconocible como diacronía progresiva de su obra cuando se le organiza una muestra antológica. Es el caso de Paco Cruz (Las Palmas de Gran Canaria, 1945), profesor de la Escuela de Arte y Superior de Diseño hasta su jubilación en 2007, y artista multidisciplinar. Una vez superada la setentena, este hombre emerge como de la nada, por la persistencia de su invisibilidad, pues hasta ese punto ha llegado su voluntad de pasar de incógnito por el escalafón de los artistas que por aquí cuentan como figuras o figurones en el panorama estético no sólo de Canarias, sino de lo que siempre hemos llamado Tierra Firme. Trabajar incansablemente ha sido su destino, crear sin remedio una pasión dominante, y figurar le ha importado un carajo: él a lo suyo, si bien su obra nos alcanza a todos, claro está, porque trabaja para sí mismo y también para compartir con el ancho mundo su productividad.

"En la obra de arte, la ley de la forma desempeña el papel central" -escribió Walter Benjamin en Einbahnstrasse, Aphorismen, pg. 50 (Suhrkamp Verlag, 1955)- y es esta "ley de la forma" el aspecto donde vamos a internarnos, profundizando en todo lo que hemos mirado (más que visto) detenida y admirativamente en la Cronológica 1975-2015 que exhibe actualmente la sala de exposiciones del Cicca, comisariada por Javier Cabrera. Pero, dado que forma y contenido son un todo: la esencia (Gehalt) -como amplía el mismo Benjamin- cabría mejor ocuparnos de cuál sería la esencia que rige la obra de Cruz y le confiere su singularidad.

En principio, si atendemos al dato de que su trazado formativo pasa por la Escuela de Arte Luján Pérez, no es difícil percibir un débito formal -siquiera alusivo, aunque no inclusivo- a las matrices de la llamada escuela indigenista, tan sólo fuese porque con ejemplos o maestros como Cárdenes, Monzón, Fleitas, Jaén, Gregorio o Márquez se decide prontamente por la talla en madera, en una manifiesta disolución de lo orgánico reconocible como tal en masas globulares morosamente trabajadas con paciencia de enano sobre la noble caoba. Una expresión que tenderá a combinar con limpios planos rectangulares que se despegan de lo aprendido y buscan su propia espacialidad minimalista contemporánea, con dominio del oficio fabril.

Entre el formón y la veta donde cada árbol marca su edad se establece un diálogo de esencias: la herramienta modifica a la Naturaleza. Lo hará incorporando progresiva-mente a su familia metálica, clavos, cerraduras, bisagras, todo lo trouvé, que se dice en ortodoxia duchampiana. Pasan los años y los elementos que capturan la madera se diversifican. Lienzo, cordelaje, colores, aldabas (esa espléndida pieza de la serie Hermético, que alza su vuelo en curvatura espacial), una Gran Cabeza que es expresionismo carnal hasta el punto de que las grietas naturales de la madera adquieran sentido dentro de la "ley de la forma" que es particular en este artista. Cruz se va soltando ya sin freno alguno, envolviendo huesos con resina, encajonando subproductos industriales del procedimiento empleado, creando un repertorio culinario insólito. Pues sucede que es ya un poseso del sentido adscrito a la libertad absoluta. Se atreverá a simultanear síntesis con acumulación de efectos encontrados, a repertoriar una serie de máscaras con anclaje vagamente africano, oceánico o de cualquier otra latitud étnica, si bien personalizados y con esquemático grafismo, siempre dentro del "toque Cruz" que es su marca identitaria, su formalización legisladora en el terreno estético.

Mas, ¿para qué seguir con un discurso cronológico-descriptivo que el visitante tiene a la vista? Hay que ver para creer, y se hace difícil creer que un trabajador altamente capacitado, persistente y escondido, fuera a dar tanto y tan bueno. Estamos pues ante un artista prodigioso, desplegando una belleza polifacética: expresionista, póvera, totémica, meditativa, animista, de desinhibido reciclaje, con garra y técnica de salvaje o meditada improvisación, creador de una iconografía volumétrica en retroalimenta-ción dual, entre el vitalismo utópico y la derrota contemporánea. Porque frustración más que derrota es lo que nos viene en mente, vista la ultraperificidad que sufrimos con respecto a los centros nacionales de arte, donde ya debía estar presente más de un Cruz. Esa dichosa, maldecida lejanía que ha impedido su extroversión fuera de las Islas, como sucede a tantos otros y a otras artistas. Seguimos pues en lo de siempre: "Quien no tiene padrino muere pagano". Un tipo como Cruz debería estar ya en colecciones y museos nacionales, tener una más que merecida monografía editada, pasear esta Antológica por otra Islas, etc.

Creemos encontrarnos ante un artista mayúsculo, concentrado, dominador de técnicas de ensamblaje matérico; que se construye y reconstituye a sí mismo, aunque con una inmerecida precariedad de literatura crítica, presencia gremial e imagen pública que lamentamos quienes lo hemos seguido durante casi cuarenta años. Quienes, sólo con ver desplegado lo que Javier Cabrera ha juzgado más representativo de su itinerario, estamos seguros de lo que decimos al repetir una y otra vez que su obra es una potentísima presencia cualitativa en el ajuar de nuestros bienes estéticos contemporáneos. Así pues, pasen y vean: empápense de la esencia de Paco Cruz, un caso irrepetible de modestia artesanal que encerraba un regalo estético reconfortante, compensador de tanta espera. Empeño de motilidad artística declinada en diversas etapas, y de precariedad de expansión centrífuga más allá de su geografía nativa, que son la verdadera imagen de este artista inclasificable. Eso sí: con mucha clase. Hemos terminado por comprender que la esencia de Paco Cruz es su entrega significante.

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