Crítica La Coral Ainur, en el 36º Festival de Música
El 'Requiem' de la paz y la resurrección
Primera aportación cien por cien canaria al programa
G. García-Alcalde
Primera aportación cien por cien canaria al programa del 36º Festival. El inefable Requiem de Fauré ha sonado en toda su belleza, con la delicada elevación que corresponde a un canto de paz y esperanza. El reposo eterno es invocado junto a la resurrección, sin un solo acento de tinieblas, y hasta el Dies irae cambia la amargura por la luz eterna.
Admirablemente dirigido por Mariola Rodríguez, el Coro de Cámara Ainur encontró en su espacio de radical transparencia la tersura, la densidad polifónica, el tono, el color y los volúmenes imaginados por Fauré para esta obra luminosa y tierna, la única música fúnebre que logra serlo consoladoramente, sin apelación al drama. Este profundo lirismo ha de sonar así porque en él explaya el autor sus melodías y desde su dulzura proyecta la emoción de asomarse al misterio de la muerte.
Con el coro brilló la hermosa voz y la sensibilidad de la soprano grancanaria Tania Lorenzo en el breve Pie Jesu, una página pensada para voz infantil; y, junto a ella, el barítono tinerfeño Fernando Campero, algo vacilante y vibrado en el Ofertorio, seguro y dominante en el Libera me, pero en ambos con una voz musical, de bello timbre y generoso poder.
El conjunto de intérpretes, acompañados por un ensemble de la Orquesta Sinfónica de Las Palmas para la versión elegida, tuvo a José Brito como inspirado y sabio director, con una visión muy clara de los acentos instrumentales y de la especial polifonía.
Comenzó el programa con el Coro Ainur a capella en siete motetes de asunto mariano cuyos autores van del siglo XVI al XX. Formidable material, de un refinamiento extremo, que diferencia en carácter, más que en armonía, la evolución histórica del canto coral religioso. Y magistral dominio de los estilos por parte de Mariola Rodríguez y sus cantores, tan conocedores y refinados que casi es posible identificar las voces de todos y cada uno sin perjuicio del empaste.
El público presente en la parroquia de San Francisco de Asís pudo haber llenado la catedral o un teatro. Las normas de seguridad imponían dejar libre el pasillo central y la primera fila de bancos, con lo que quedaron masificados los laterales de personas en pie. Pero nadie se fue, porque la belleza del concierto enganchó la escucha y animó un calurosísimo aplauso final.
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