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Televisión

Imágenes contra el olvido

Movistar + muestra su músculo mediático con 'El día de mañana', una de las teleseries nacionales más potentes y aclamadas en los últimos años, inspirada en la novela homónima Ignacio Martínez de Pisón

Una escena de la miniserie 'El día de mañana'.

Una escena de la miniserie 'El día de mañana'. LA PROVINCIA/DLP

La televisión, ya lo decía el maestro Rossellini, es un medio con capacidades infinitas para abordar los intersticios de la realidad histórica con el reposo, el rigor y la equidistancia necesarios al tiempo que representa una herramienta didáctica de primer orden para exponer, sin límite de tiempo, todas las premisas y supuestas conclusiones que estimemos oportunas en nuestro esfuerzo por acercarnos lo más fielmente posible al meollo de la verdad, muy lejos por tanto de las estrategias narrativas que conforman el modelo tradicional del relato audiovisual que tanto arraigo disfrutó en el ámbito de la cultura popular durante el siglo XX pero que, desde hace algunas décadas, y tras los nuevos planteamientos visuales impuestos por el medio televisivo, empezó a mostrar serios signos de agotamiento.

Temas tan políticamente controvertidos como el caso Chernobly, por ejemplo, convertido por obra y gracia de la prestigiosa HBO en una brillante miniserie de enorme calado popular; las continuas intrigas que han salpicado la historia de la monarquía inglesa, magistralmente retratadas en la teleserie de Netflix The Crown; Narcos, también de Netflix, que aporta mucha más luz sobre la tupida trama delictiva del narcotráfico internacional que muchas de las innumerables megaproducciones cinematográficas que han afrontado hasta ahora el tema, o House of Cards mostrándonos el cainismo político que campa por los enmoquetados despachos de la Casa Blanca, han encontrado en el lenguaje de la TV el marco óptimo para despachar a discreción asuntos que, como los que cito, requieren de horas y más horas para lograr una pormenorizada exposición del relato que se nos intenta contar, sin hurtarnos, claro está, ni la complejidad ni la verdadera dimensión social que este nos demanda. Ahí justamente es donde reside la auténtica grandeza de este medio, como se infiere del entusiasmo que están despertando numerosas series entre espectadores de toda laya.

Y el fenómeno ha vuelto a repetirse con los seis formidables capítulos que integran la adaptación para la pequeña pantalla de la exitosa novela de Ignacio Martínez de Pisón El día de mañana, dirigida por el veterano cineasta catalán Mariano Barroso, presidente de la Academia de Cine, a la sazón, e interpretada, entre otros, por Alex Monner, Antonio de la Torre, Anna Castillo, Enric Auquer y Asier Gómez, estrenada hace unas semanas por la plataforma Movistar +, cuya enjundia política sigue generando verdaderos ríos de tinta entre quienes abogan por el esclarecimiento, con luz y taquígrafos, de los capítulos más sombríos de nuestra historia más reciente y los que siguen alentando la estrategia de la omertá ante lo que representó para nuestro país la larga cuarentena franquista y el subsiguiente estallido de la violencia terrorista con atentados que han dejado una huella indeleble en la memoria colectiva de millones de españoles.

El día de mañana es, en primer lugar, un trabajo televisivo escrupulosamente neutral y objetivo -aunque este último adjetivo no parece gozar en la actualidad de muy buena prensa- que expone, a través de datos históricos absolutamente contrastados, los orígenes de la organización terrorista ETA durante la década de los años sesenta, observados tanto desde la perspectiva de sus fundadores como desde la óptica de los celosos y ásperos guardianes de la dictadura, fielmente encarnados en la figura grimosa y despótica de Melitón Manzanas, jefe de la Brigada Político Social de Guipúzcoa en aquellos duros tiempos tras cuyo asesinato a manos de un comando de ETA comenzaría en nuestro país un reguero incesante de atentados mortales que no concluiría hasta el 20 de octubre de 2011, fecha en la que se produjo el cese definitivo de la lucha armada.

La aparición del conocido torturador bajo los inconfundibles rasgos de ese prodigioso mago de la actuación llamado Antonio de la Torre merece capítulo aparte pues solo él, con su inconmensurable talento dramático y su habilidad transformativa es capaz de convertirse, malgré lui, en el epicentro de esta sombría inmersión en los años de plomo, años de los que hoy guardamos perfecta memoria muchos de los que en este país ya peinamos canas.

La serie constituye asimismo -y esto es mérito exclusivo de Barroso y de su coguionista Alejandro Hernández- un saludable ejercicio de recuperación histórica que contribuye, sin duda, a reconstruir el emborronado recuerdo de uno de los episodios políticos que más influyeron en la larga y cruenta confrontación del Estado franquista con ETA, una de las organizaciones armadas españolas con mayor número de víctimas mortales a sus espaldas.

Y Barroso nos lo muestra, a lo largo de más de 300 minutos de metraje (seis episodios), sin enfatizar lo más mínimo la tónica del relato, ahondando en las constantes contradicciones de un puñado de personajes atravesados por una irrefrenable pulsión revolucionaria que, con el paso del tiempo, se convertiría en un peligroso juego dialéctico dominado por el dogmatismo y por la intransigencia ante cualquier posicionamiento político que no admitiera el uso de las armas como única alternativa contra el absolutismo de un régimen que, por otra parte, ya comenzaba a mostrar notables fisuras.

Así pues, y como antídoto contra la irritante pandemia a la que nos hallamos sometidos desde hace ya demasiado tiempo, sumergirnos en la gratificante propuesta de Barroso de explorar uno de los capítulos más críticos de la España tardofranquista, podría incluso servirnos de bálsamo ante el escenario de mentiras y de miseria moral y política que hoy se extiende a lo largo y lo ancho de nuestro desdichado país.

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