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La mirada del lúculo

El genio satírico jamás ironizó sobre el vino

Evelyn Waugh culminó veinte años de grandes novelas con una guía enológica por encargo de la que todavía se sigue hablando

El genio satírico jamás ironizó sobre el vino

El genio satírico jamás ironizó sobre el vino

A Evelyn Waugh, el mejor escritor satírico del segundo tercio del siglo pasado en Inglaterra, no siempre le acompañaron felizmente sus novelas. Pudiera parecer un contrasentido y sin embargo no lo es; que la obra en determinadas circunstancias no mereciese al autor tiene que ver con su difícil carácter iracundo, los estados de ánimo y la exigencia que se imponía. Pero una cosa es que no se haya sentido en algún momento satisfecho y otra, distinta, que lo que escribía no fuese tan descarado como inteligente, y tan innovador como vanguardista sin siquiera pretenderlo. Entre 1928 y 1948 transcurrieron veinte años literarios verdaderamente fructíferos en los que Waugh produjo sus primeras y mejores creaciones.

La más deslumbrante, a mi juicio, es Cuerpos viles (1930), publicada en español por Anagrama como algunos otros títulos suyos gracias a la devoción de Jorge Herralde por el mejor humor inglés. Fue un texto profundamente personal y doloroso para él, debido a la separación de su esposa, que sucedió cuando estaba a mitad de la novela. A Waugh no le gustó el libro y apenas pudo soportar la idea de revisarlo para futuras ediciones, aunque mostró interés por su adaptación teatral de 1932. Él mismo describió Bright Young Things, su resultado, también llevado al cine, como dos mitades, terminadas en un estado de ánimo muy diferente del que se inició, en las que el lector puede, quizás, notar la transición de la alegría a la amargura. La conversión del anarquista Waugh de Decadencia y caída, su primera novela, al moralista de la segunda parte de Cuerpos viles fue moldeada por sus profundos sentimientos de vergüenza y humillación y su alienación de la alta sociedad que alguna vez había amado, después de que su esposa lo dejase. Incluso el hecho de que fuera católico romano, proporcionó pocas pistas sobre su identidad, porque la versión idealmente romántica del catolicismo de Waugh, resumida en Retorno a Brideshead, estaba muy alejada de la subcultura religiosa del gueto católico, y en parte porque sus creencias religiosas no se manifestaron abiertamente en las gozosas primeras novelas que reflejaban el mundo adulto posteduardiano, glamuroso y hedonista de antes de la guerra. Entre ellas figuran Merienda de negros, ¡Noticia bomba!, su maravillosa sátira sobre el periodismo, y las divertidas crónicas de viajes, antes de llegar a ¡Izad más banderas! y su trilogía antimilitarista. La sátira, en cualquier época, es un tipo de escritura que extrae su energía de una visión esencialmente crítica y subversiva del mundo. Se nutre de las absurdas contradicciones del ser humano. Waugh desechaba esa calificación por considerar que la sátira florece en una sociedad estable y presupone normas morales homogéneas. Sin embargo, no es un envoltorio desechable en torno a un conjunto de preceptos morales positivos. Sus primeras novelas tienen una motivación esencialmente satírica. Están fundadas en una visión irónica imparcial e integral sobre las pretensiones y locuras de cada clase, profesión, raza e incluso religión. Se sustentan en la idea del declive. Su gran admirador, el también autor humorístico David Lodge, dijo una vez que el título de su primera novela, Decline and Fall, podría servir para titular todas ellas sin excepción.

Decadencia

Y precisamente, 1948, ese último año cierre de un gran ciclo, lo coronó escribiendo por encargo una influyente guía de vinos despojada de su característico humor afilado pero repleta de conocimiento y criterio. En Inglaterra jamás se dejó de hablar de ella entre los buenos aficionados. Waugh era un bebedor refinado que empezó trasegando cerveza, jerez y oporto entre horas, apasionándose por el champaña, y acabó mostrando una especial predisposición a los grandes tintos de Burdeos y Borgoña. El placer que brinda el vino era, para él, la única prueba definitiva de cualquier cosecha. El corolario, como para cualquier entendido, se sustentaba en que ese placer mejoraba notablemente gracias al conocimiento y la experiencia. Pero un conocedor y un epicúreo no tienen por qué ser necesariamente sinónimos. El primero es un erudito o un especialista, el segundo persigue el placer por sí mismo. El aprendizaje entraña a veces dolor. Hay quienes beben con la preocupación de ser pillados en un mal juicio y no disfrutan. Waugh animaba a beber copiosamente y sin complejos. En la guía encargada por la firma histórica de comerciantes Saccone & Speed Ltd, de la que era cliente asiduo, describe al champaña por su "belleza desnuda" y sostiene, como más tarde todo el mundo se encargaría de comprobar, que es una bebida aceptable a todas horas del día y de la noche y que se puede acompañar de cualquier tipo de comida. Su borrachera tiene además, sugería, consecuencias menos graves que otras. Entonces decía que si tuviera que elegir un licor fermentado como único compañero para la vida elegiría el gran espumoso francés. Sobre el jerez su juicio resulta indudable, "nada puede ser más delicioso que una copa de fino pálido, muy seco, refrigerado al mediodía, en pleno verano". Y que es un aperitivo admirable antes y al comienzo de cualquier cena y se disfruta mejor en tranquilidad. "La fiesta del jerez de reciente apogeo", decía, "es una abominación". Naturalmente no estaba en su cabeza la Feria de Abril de Sevilla. Del oporto escribió que no es una bebida para los jóvenes, los vanos y los activos. Requiere reposo y meditación. "Es el consuelo de la edad". El burdeos, como para cualquier inglés de su posición y de aquellos años, resulta bueno y adecuado para el consumo diario. Los británicos se bebieron durante años una gran parte de la cosecha del Medoc. Del Château d'Yquem, el gran sauternes de todos los tiempos, dice que es un vino licoroso para beber muy lentamente cuando la sed se apaga por completo.

El borgoña. Ah, el borgoña. Waugh adelanta en una pequeña tesis las características de un terroir en el que vinos muy distintos tienen derecho al mismo título comunal. "El Château Margaux de un año determinado" -escribe en alusión a uno de los grandes bordeleses- "es un vino definitivo e invariable; dos botellas de Chambertin auténtico del mismo año, mezcladas por diferentes comerciantes, pueden ser muy diferentes".

Cuando Waugh recibió el encargo de la guía de vinos ( Wine and Peace and War), Retorno a Brideshead había sido elegido libro del mes en Estados Unidos. Los personajes de la novela, Charles Ryder y Sebastian Flyte, en una escena embriagadora beben una botella de Château Peyraguey mientras comen fresas y fuman cigarros turcos en una loma cubierta de hierba. Juntos descubren la bodega del castillo y prueban sus reservas una noche tras otra. En la cena en París, en Paillard, con Rex Mottram, Ryder elige una botella de Montrachet de 1906 para acompañar un lenguado y Clos de Bèze, de 1904, para el pato. Retorno a Brideshead es una de las novelas más enológicas que he leído.

El acuerdo de Saccone & Speed Ltd. con el escritor consistía en que Waugh obtendría de la firma una docena de botellas de champaña por cada 1.000 palabras que escribiera. Como era capaz de escribir 2.000 por día, enseguida supo que pronto podría lavarse hasta el pelo con él. Cuando concluyó le correspondían 192 botellas. No está nada mal.

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