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'Years and years': Demasiado transhumano

Una escena de la serie de la BBC tiene el mérito de condensar uno de los efectos de la digitalización de la vida: reforzar el extrañamiento respecto del propio cuerpo y el mundo. ¿De dónde viene este rechazo a la sensibilidad?

Un fotograma de ‘Years and years’ . | | BBC

Un fotograma de ‘Years and years’ . | | BBC

En la serie Years and years de la BBC una adolescente deja asombrados a sus padres cuando les comunica su decisión de volverse transhumana. Está harta de «esto», dice refiriéndose a su cuerpo. Internet puede solucionar el inconveniente de no ser exclusivamente espíritu. Una empresa suiza conservará su conciencia como información en la nube de la razón universal. La madre, asustada, pregunta: «¿Es que quieres suicidarte?». En la respuesta de la joven se cifra el acertijo de la sociedad contemporánea: «No, quiero ser eterna».

La escena tiene el mérito de condensar uno de los efectos de la digitalización de la vida: reforzar el extrañamiento respecto del propio cuerpo y el mundo. ¿De dónde viene este rechazo a la sensibilidad? ¿Por qué el empeño en borrar sus huellas? Si echamos un vistazo a la historia del pensamiento, encontramos en la Antigüedad un movimiento religioso, la gnosis, caracterizado por la condena del cuerpo como cárcel del espíritu. La gnosis ha influido enormemente en Occidente porque desde el inicio fue la principal herejía que amenazó al cristianismo. Se puede afirmar que la teología cristiana se escribió desde sus comienzos en polémica contra gnósticos como Marción. Este distinguía al Dios creador del Dios salvador y negaba que la Palabra se hubiera hecho frágil ser humano. Por eso el marcionismo pretendió desligar el Antiguo Testamento del Nuevo y se convirtió en una fuente del antijudaísmo occidental.

En los años veinte del siglo pasado, el filósofo Hans Jonas hizo un gran descubrimiento cuando estudiaba los intrincados textos gnósticos. Esta corriente espiritual habría contribuido a formar los presupuestos culturales del pensamiento moderno, también de la ciencia. ¿Cómo va a ser eso si los científicos se precian de albergar un conocimiento alternativo a la religión? Para responder hace falta un rodeo. Lo que distingue a la ciencia moderna de la antigua es su orientación al dominio de la naturaleza. Su sentido no es contemplar la verdad, como pensaba Aristóteles, sino explotar al máximo los recursos naturales. En el fondo se ha vuelto indiscernible de la técnica. Esto fue posible porque asumía previamente una visión de la naturaleza como banco de recursos. Pues bien, esa degradación de la naturaleza es una herencia gnóstica: el mundo no importa porque está condenado a perecer. Solo cuenta la salvación del alma. Aunque la tecno-ciencia moderna no sepa nada de los gnósticos ni del alma o se crea antirreligiosa, su idea de la naturaleza no viene de Marte. Es producto de una herencia cultural secularizada que alcanza nuestros días. La catástrofe climática también cuenta entre sus múltiples causas la denigración filosófica de la naturaleza.

Ciertamente, la referencia a la gnosis puede darnos idea del origen lejano de las tendencias subterráneas que mueven nuestra cultura, pero hay que agudizar la mirada para comprender mejor las fantasías de eternidad digital. El sociólogo Hartmut Rosa ha hecho aportaciones perspicaces al respecto en su libro Lo indisponible (Herder, 2021). Según Rosa, las sociedades modernas están clavadas en una contradicción desgarradora. Su proyecto consiste en poner cada vez más zonas del mundo a disposición. Con ese control espera realizar todas las posibilidades de la vida. Pero a medida que aumenta el poder sobre el mundo, este más se retira y enmudece. Ahí está la paradoja. Lo que se obtiene a través del poder no es la felicidad, sino el entumecimiento de los otros, de la naturaleza y de sí mismo. Como la persona es relacional desde su núcleo, una realidad muda apaga la voz del sujeto.

Hoy, a golpe de click, el acceso programado a la realidad ha dado un salto de gigante. Todo se diría virtualmente a la mano. ¿Pero hay tiempo suficiente para devorar el menú completo? No, de ahí la aceleración de la vida cotidiana. Bien cabe considerar la Fórmula I la exaltación simbólica del orden social. El límite al que se enfrenta la velocidad es nuestro propio cuerpo. Para sortearlo, se intenta convertirlo en una máquina bien engrasada que mide obsesivamente nuestros pasos, frecuencia cardiaca, calorías y un sinnúmero de parámetros. Como entregados a un idolillo tiránico, esperamos que la optimización de sí permita abarcar más mundo. Y, sin embargo, la debilidad insiste. Aunque hemos convertido la carne y los huesos en “puntos de agresión”, algo en nuestras vísceras rehúsa adaptarse a los imperativos de la flexibilidad. ¿No son la ansiedad y la depresión al fin y al cabo signos de resistencia? Y cuando el nuevo mito del “homo resilientis” no logra borrarlos del mapa, se sueña con superar esa “cosa”, el cuerpo, y circular como alma pura en las autopistas de la información. Victoria triunfal de Marción gracias a internet, el nuevo entendimiento agente.

¿Qué tienen en común la herencia gnóstica y el proyecto de disponibilidad total? La primera aspira a volver insignificante la desaparición del cuerpo; la segunda, abarcar la totalidad de las vivencias. Identificado con el todo, el sujeto tendrá la ilusión de extinguirse como individuo, pero no como parte de la gran unidad, pues el todo no muere. La aceleración moderna es una carrera vertiginosa hacia la abolición de los límites y, con ello, una guerra sin cuartel contra el cuerpo. Su afinidad con la gnosis salta a la vista.

En la edad moderna, sin embargo, no ha estado ausente una crítica a su paradoja fundamental. Especialmente en ciertas obras de arte asistimos a la revelación de la pérdida de mundo y la esperanza de una relación no hostil con nosotros mismos y la naturaleza. La conciencia de la alienación coincide, por lo demás, con la aptitud para la verdadera experiencia, es decir, para la relación con lo indisponible. La novela El innombrable de Samuel Beckett puede ser leída desde ese punto de vista: “Hagamos como si estuviera solo en el mundo, cuando en realidad soy el único ausente”. La posibilidad de entrar en un “campo de resonancia” con los otros y el mundo, así lo llama Hartmut Rosa, requiere la toma de conciencia del carácter en última instancia indisponible de la vida. Renunciar al control sobre la totalidad conlleva redescubrir la propia finitud. Por eso la fragilidad no reprimida es una pista en el camino por recorrer para despertar. En ese trayecto quizá sirva de guía el feliz comentario que Kracauer dedicó a Chaplin: “Su debilidad es dinamita”.

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