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Festival El Contemporáneo

El Cuarteto Arditti, en la gloria del siglo XX

El Cuarteto Arditti La Provincia

Finalizó esta primera edición del festival con un programa de tres grandes autores del siglo XX en las cuerdas del mítico Cuarteto Arditti, que reúne a los mejores cameristas mundiales de la primera contemporaneidad europea. Un lujazo indiscutible y una velada para recordar

El viola afincado en Las Palmas, Ricardo Ducatenzeiler, abrió la sesión con un competente comentario de las obras del programa, los cuartetos de Berg, Ligeti y Rihm que representan genialmente tres momentos estéticamente distanciados. El primero, de Alban Berg, recibió una exposición casi tardorromántica por su elocuencia expresiva en la crisis de la transición del siglo XIX al XX. En ese momento andaba el propio Schönberg, después inventor y líder del dodecafonismo, buscando su propio lenguajeen la hipertrofia romántica, con obras como Gurrelieder o Noche transfigurada en las que sin duda encontró Berg la voz apasionada de su único Cuarteto, el op.3: poco que añadir en armonía pero con grandeza y sensibilidad arrolladoras.

Curiosamente, el más joven del programa, Wolfgang Rihm (nacido en 1952), de cuya técnica libérrima, informal, desafiante del serialismo integral de su juventud tuvimos noticia directa en la obra encargada y estrenada hace años por el Festival de Canarias; curiosamente, digo, de los seis movimientos apodícticos de su tercer cuarteto Im innersten, los tres de número par citan a Mahler. Pequeñas atmósferas mixturadas de inmediato en paneles sonoros deslumbrantes por tantas ideas aisladas o sobrepuestas, con dificultades de ejecución aterradoras, desembocan significativamente en el océamo sentimental mahleriano; recurso advertidor de que la emoción es otra, pero sigue muy viva en la libertaria modernidad. Los Arditti, comenzando por su fundador y permanente líder, fueron insuperables

Volvió atrás el programa para proyectar el poliedro mental de otro genio del XX, el húngaro Gyorgy Ligeti, cuyo segundo cuarteto, obra maestra del informalismo, visita todos los extremos de la velocidad, la dinámica y las distorsiones inarmónicas. El creía que la música está en todo y que todo puede ser música, incluidos los latidos del silencio. Los intérpretes, nada jóvenes por cierto, desplegaron una energía paralela a las exigencias extremistas del autor. En el volcán ardiente del húngaro, los ataques desaforados y los pianísimos en largos armónicos, tan tenues como expresivos, dieron fin al programa, entusiásticamente aplaudido, y al propio Festival, cuya calidad y oportunidad también merecen todo el aplauso.

Gracias sean dadas a su director, Jorge Perdigón, y al viceconsejero de Cultura del gobierno de Canarias, Juan Márquez. Nunca faltó la música actual en las 36 anteriores ediciones del Festival Inrernacional de Música de Canarias, pero un programa específico de esta exigencia es lo único que quedaba pendiente. El problema a resolver para que no desaparezca, es la asistencia de un público mucho más numeroso. La juventud informada nunca será indiferente a una música que narra su tiempo histórico en sonidos de arte.

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