La lectura lenta 


La tecnología nos ha puesto a todos a correr en pro de un alud de información permanente que nos agobia y nos angustia al no poderla procesar con la velocidad en que se genera  

¿Puede un alumno o alumna acabar su grado en Filología Española sin haber leído el Quijote y Cien años de soledad? ¿Sin haber leído las obras más notables de los autores más traducidos de la lengua española según el Mapa de la Traducción Mundial del Instituto Cervantes entre los periodos 1950-2021 y 2000-2021?

Los actuales planes docentes no permiten introducir en los rígidos horarios establecidos lo que supone la lectura lenta, sosegada, digerida. La tecnología nos ha puesto a todos a correr en pro de un alud de información permanente que nos agobia y nos angustia al no poderla procesar con la velocidad que se genera.

Según nos plantea Irene Vallejo en Manifiesto por la lectura (Siruela 2020): «Presos de la prisa, hemos arrinconado la educación de la paciencia. A esta falta de serenidad cognitiva podemos denominarla crisis de distracción. Guy Debord afirmó que nuestro tiempo nos empuja a ser más espectadores que lectores; es decir, a diluir la tensión del lector en la entrega del espectador. Leer no es tan pasivo como oír o ver; es recreación y efervescencia mental».

Se trataría de convertir tanto al Quijote como a Cien años de soledad en dos asignaturas diferenciadas donde el docente lea con sus estudiantes con el debido detenimiento los textos de esas obras y comente con ellos las aportaciones que ambas creaciones de literatura y de lenguaje añaden al patrimonio general del español como vehículo de comunicación y como cultura, lo que significan como metáforas de la realidad. El Quijote como metáfora de la España posimperial, Cien años de soledad, tal y como la define literalmente el narrador mexicano Jorge Volpi: «Sin esta novela, el mundo habría percibido una América Latina más real, pero infinitamente más triste y anodina».

Steve Pinker: «La inmersión en mundos imaginarios nos permite acariciar la posibilidad del milagro»

Tanto en el Quijote como en Cien años de soledad nos encontramos con una suma tan grande de respuestas para dar sentido a nuestras vidas que la lectura de ambas constituye todo un doctorado de saber, literario y humano. Están todas las respuestas de las preguntas que ni siquiera se nos podrían haber ocurrido y no casualmente una de las cualidades retóricas de ambas obras es la utilización constante de sentencias que marcan el destino y los desvaríos de los mortales en un mundo cambiante.

Así, el coronel Aureliano Buendía, al final de su vida, «apenas si comprendió que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad». Como también Amaranta acepta sin inmutarse la llegada de su muerte con su rencor a cuestas, porque «entonces era tan honda la conformidad con su destino que ni siquiera la inquietó la certidumbre de que estaban cerradas todas las posibilidades de rectificación».

De las sentencias del Quijote no podríamos hacer ni una breve aproximación porque se han implantado en nuestra vida y con las 381.104 palabras manejadas en la primera y en la segunda parte de esa novela, Cervantes ayudado de sus personajes, incluido el imaginario Cide Hamete Benengeli, historiador de la vida del caballero andante, enumera toda la gama de virtudes, vicios, artes, oficios, vidas, muertes, afanes y fracasos, que todo ser humano experimenta o podría experimentar a lo largo de su existencia. Casi no queda esquina del alma sin ser definida con validez universal.

Como dice Irene Vallejo, leer es «recreación y efervescencia mental», y esos ejercicios de la reflexión y el conocimiento han de ser compartidos por docentes y discentes si se quiere que los libros enriquezcan la educación transmitida y participada.

Leer, pensar, debatir, contrastar y escribir, esa fue la metodología de trabajo seguida hasta que culminamos nuestro libro Teoría de la lectura: Cien años de soledad, producto de cursos dictados en la Universidad de La Laguna a alumnos de Filología Española. Lo que se buscaba en esos cursos era que el alumno partiera de su propia experiencia lectora, de su patrimonio referencial, de su medio, de su historia, de su sentido estético e ideológico, de su sicología; es decir, se trataba de hacer pensar sobre lo leído, de disfrutarlo o rechazarlo, antes de recibir conclusiones por parte del profesor de lo que se habría de opinar sobre el texto.

Había que dar rienda suelta a nuestra mente y dejar que nuestras asociaciones especulativas nos dijeran qué pudo haber antes del libro (lo pretextual), qué había dentro del libro (lo intratextual), qué había dentro del libro que nos recordara a otros libros del autor o ajenos al autor (lo intertextual), y qué había dentro del libro que nos animara a ir fuera de lo exclusivamente literario (lo extratextual).

Casi sin proponérnoslo estábamos aplicando una vieja práctica educativa que hoy empieza a popularizarse y a expandirse con el precinto de «lectura lenta», una metodología ya empleada en los Seminarios de Grandes Libros en la Columbia University de Estados Unidos hace casi un siglo y luego extendida a las universidades de Harvard y Chicago y a centros superiores europeos, según nos resume Andrés Seoane, en un artículo sobre el particular aparecido en el número 30, del 2 de septiembre de 2022, de la revista La Lectura, editada por el periódico El Mundo.

Seoane cita en su trabajo contribuciones a esa metodología del catedrático de la Universidad de Navarra José María Torralba, y del filósofo y profesor Gregorio Luri, que insisten en denunciar una crisis de lectura en el modelo educativo español de nuestros días, tanto universitario como no universitario, donde se ha dejado de fomentar el pensamiento crítico y la ampliación de lo literario hacia campos como lo moral y lo político, donde se ha preterido la creación de una conciencia cívica que vaya más allá de lo meramente escolar.

La literatura como trampolín para entendernos y entender el mundo que nos rodea en su incesante cambio y transformación, pero sin perder de vista las grandes contribuciones de autores y obras que han conformado un canon del que nadie puede desentenderse si se trata de leer en profundidad y no solo desde la superficie, desde la superficialidad, mejor, de una obra en concreto.

Los alumnos de los grados de Filología Española disponen de dos catedrales solemnes e inmensas del verbo

Como sostenía el crítico Harold Bloom, la crítica literaria y la enseñanza de la literatura como ocasiones propicias para practicar una meditación sobre la vida, una terapia donde todos podemos participar, como lectores, como estudiantes y como profesores. Se trataría de hacer un esfuerzo cognitivo sin límites, enérgico, de los textos; de desarrollar nuestra capacidad de apreciación ambiciosa de lo leído y, particularmente, de compartir esa apreciación y contrastarla con otras experiencias de la misma índole.

Steven Pinker, catedrático de Psicología Experimental de la Universidad de Harvard afirmó en una entrevista publicada por el diario El País, el 10 de septiembre de 2012, que: «Las palabras nos permiten explorar los límites más alejados de la experiencia humana… Nuestras experiencias son limitadas y repetitivas. La inmersión en mundos imaginarios nos permite acariciar la posibilidad del milagro, la magia, la posibilidad de ampliar los límites del mundo violentando las leyes de la física, de la lógica y la psicología».

Por eso la literatura, al usar las palabras con total libertad, nos permite explorar esos límites alejados de nuestra experiencia rutinaria y hasta la misma experiencia de nuestros autores. Enriquece y fortalece el desciframiento de la complejidad de la peripecia humana cuyo infinito sentido nadie conoce.

En el Quijote y en Cien años de soledad, los alumnos de los grados de Filología Española pueden disponer de dos catedrales solemnes e inmensas del verbo para empezar a conocer parte del mundo que les tocará vivir sin salirse de la lengua española ni de dos novelas que les ayudarán a adentrarse en la respetable literatura universal a la que ambas narraciones pertenecen por derecho propio, tal y como ha quedado corroborado por el aludido Mapa de la Traducción Mundial del Instituto Cervantes.