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La eterna felicidad de 'Mr. Cub'

Ernie Banks, fallecido el jueves, siempre se negó a salir de Chicago y hasta el último día soñó con el jonrón ganador de las Series Mundiales

Ernie Banks, poco después de llegar a los Cubs.

Ernie Banks, poco después de llegar a los Cubs. LP / DLP

El Wrigley Field de Chicago es un lugar triste estos días, que invita inevitablemente a la melancolía. El viejo estadio de Addison Street, el de las enredaderas tapando los muros que marcan el límite del campo, acaba de perder al hombre que más felicidad le proporcionó. Ernie Banks, 'Mr. Cub', murió esta semana a los 83 años de edad y dejó un profundo vacío en los aficionados de los Chicago Cubs, cuya camiseta defendió durante dieciocho temporadas.

Para Banks, el primer jugador de raza negra que vistió la camiseta de los Cubs, Wrigley Field era mucho más que su casa. Optimista por naturaleza, famoso por su carácter afable y su sonrisa, durante toda su carrera alimentó a diario su viejo sueño:_"Una tarde soleada en Wrigley Field, el último partido de las Series Mundiales, anotar un par de jonrones y escuchar la felicidad de la gente". Se retiró sin cumplirlo y se murió sin que nadie le diese la oportunidad de disfrutar de ese instante de máxima felicidad.

El carácter perdedor de los Chicago Cubs, una de esas franquicias lastradas históricamente, hace si cabe más grande la aventura de este jugador criado en Dallas pero que se enamoró de la ciudad y del club al que llegó en 1953. Nunca le importó que los Cubs no estuviesen a su nivel ni que le martilleasen con propuestas desde otros lugares del país. Mantuvo en pie su ilusión de jugar algún día el últtimo partido de las Series Mundiales en su patio de recreo y ganarlo.

Su padre se empeñó en que Ernie Banks fuese jugador de béisbol. Dedicó mucho tiempo a la evolución de un muchacho que no tardó en demostrar sus condiciones para el deporte. Era alto, fibroso, rápido. No aparentaba la fortaleza y potencia que tenía. En sus años en el instituto alternó el béisbol con el fútbol americano, el baloncesto o el atletismo. Valía para casi todo. Pero su carrera profesional y la fama le llegaría con un bate en la mano. Tenía solo diecisiete años cuando se incorporó a cambio de siete dólares semanales a las Ligas Negras, las competiciones que durante la primera mitad del siglo XX integraron a los jugadores de raza negra y de las que fueron saliendo sus mejores talentos hacia las Grandes Ligas después de que Jackie Robinson rompiese en 1947 era barrera que parecía insuperable, la de ver a negros jugando en las grandes franquicias de una Liga que hasta hacía poco estaba dirigida por un racista confeso como el juez Landis. Papa Bell, un "cazatalentos" de buen olfato, le fichó en 1950 para que jugara con los Monarchs de Kansas City. Ernie Banks sólo pudo participar una temporada antes de incorporarse al servicio militar. Cuando se licenció regresó a Kansas para jugar un año antes de que los Chicago Cubs en 1953 llamasen a su puerta. A cambio de 13.000 dólares, Ernie Banks llegó a Wrigley Field, a un equipo que llevaba demasiado tiempo sin ganar, una buena estación de paso a priori. Pero ya nada fue capaz de moverle de allí. La relación que estableció con el equipo y con sus aficionados fue mucho más que idílica. El 17 de septiembre de 1953 asomó por primera vez en el viejo estadio de Chicago. Tres días después anotaría el primero de los jonrones de una carrera impresionante. Mucho más cuando a partir de 1955 cambió a bate algo más liviano. No era un bateador de los que se consideran "poderosos", de esos que transmiten su fuerza bruta solo con verles. Banks tenía mucha fuerza en las muñecas y sobre todo velocidad en el "swing". Aunque los resultados de su equipo no salían de la mediocridad su estadística personal año a año era extraordinaria. No terminó en convertirse en una de las estrellas de las Grandes Ligas y con frecuencia su nombre vinculaba a otras franquicias más poderosas que le ofrecían la oportunidad de aspirar a las Series Mundiales. Siempre recibieron una sonrisa y un portazo. Banks era feliz en Chicago y se sentía un privilegiado jugando al béisbol. Una frase resume su filosofía de vida y le hizo si cabe más célebre en Chicago. Un día llegó al estadio y tras reunirse con sus compañeros de equipo dijo: "Hace un magnífico día para jugar un partido de béisbol así que....juguemos dos". El "juguemos dos" se convirtió en un slogan que se repetía en todas las esquinas de la ciudad. Esa frase es la que figura junto a la estatua de Ernie Banks que los Cubs levantaron a las puertas de su estadio y en la que estos días los viejos aficionados dejan gorras, flores o pelotas.

En 1958 logró un hito histórico. Ser el primer jugador elegido MVP en un equipo que no llega al cincuenta por ciento de victorias y que no se clasifica para las postemporada. Eso da una idea de su dimensión como jugador. Repitió un año después. Conectó su jonrón 500 el 12 de mayo de 1970, convirtiéndose en el octavo en la historia en alcanzar esa cifra. Banks se retiró tras la temporada de 1971. Fijó casi todos los records de bateo y partidos con los Cubs, algunos de los cuales aún siguen vigentes y su camiseta, con el catorce en la espalda, fue la primera en toda la historia que retiraron los de Chicago. Como alguien dijo esta semana "sin Ernie Banks, los Cubs habrían acabado en Alburquerque".

Después de su carrera como jugador Banks fue entrenador durante un corto periodo de tiempo y a partir de ahí ejerció de leyenda mientras acudía al Wrigley Field con la esperanza de que alguien recogiese su testigo. Su implicación y colaboración con la comunidad negra más desfavorecida le valió que hace tres años Obama le entregase la Medalla de la Libertad, una de los más grandes reconocimientos que puede recibir un civil en Estados Unidos. Fue su última gran aparición en público. Esta semana su corazón se detuvo y una sombra de insoportable tristeza cubrió a la familia de los Chicago Cubs y su viejo estadio de Addison Street.

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