Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

en forma

Del arte, salud y todo lo demás

Obra de Eugenio López.

Obra de Eugenio López. LP / DLP

La belleza quizá tenga un significado biológico. El pavo real despliega su cola multicolor para impresionar a la hembra, porque es ella, en casi todo el reino animal, la que elige. También las flores emplean esa estrategia para atraer a los insectos y que sean ellos los que transporten su polen asegurando así más descendencia. Hay belleza en la naturaleza y no puede ser una casualidad. Belleza que impresiona todos los sentidos. Oímos "el dulce silbo de la filomena": busca cautivar a las hembras mediante imaginativas combinaciones de notas. Nosotros disfrutamos de esa belleza y posiblemente cuanto más armónico sea más atrae a las hembras de su especie. Contemplamos con admiración las proporciones del macho alfa: el león, el toro, el caballo. Parece que han empleado buena parte de su energía en mostrar su naturaleza, la bondad de sus genes a través de las formas, formas que juzgamos de bellas. Pienso que la belleza es algo objetivo que ha de tener una función biológica: mostrar la salud. Salud que las hembras interpretan como portador de buenos genes.

Los bebés pronto muestran preferencias por los rostros equilibrados; por la simetría. Hay una predisposición a la belleza y quizás ésta tenga que ver con reglas matemáticas. Probablemente haya sido Pitágoras el primero que se dio cuenta de que la música obedecía a las matemáticas. Los griegos, así llamamos a nuestros padres culturales, trataron de explicar el arte a través de las matemáticas. Algunos llegaron al extremo de construir sus estatuas basadas en esas reglas. Creo que no quedan esculturas de Polícleto, sin embargo podemos contemplar su obra reconstruida mediante sus fórmulas. Hay matemáticas en la naturaleza y eso es uno de los mayores misterios. Y como dice Russell, poseen no sólo verdad, sino belleza suprema, una belleza fría y austera.

El ser humano pronto quiso conquistar la belleza para uso propio. Lo vemos en los adornos del Paleolítico, que son de una delicadeza y armonía emocionantes. O en la precisión y expresividad de las pinturas y grabados murales. Durante siglos el artista se sometió a los cánones de belleza tal como la percibe en la naturaleza. Encontrar la misma armonía en color y diseño que de forma inconsciente consigue el pavo real en su cola fue una aspiración. Pero el pavo real no sólo expresa su valor a través de su cola y largo cuello de azul irisado. Cuando la hembra está en celo lanza un graznido estentóreo: hay otras formas de atraer. Eso es lo que pensaron los artistas de las vanguardias de finales del siglo XIX. Decidieron liberarse del yugo de la belleza para expresarse. Pero ocurre que en cuanto el artista nos muestra con acierto unas formas o unos sonidos que antes no veíamos o considerábamos feos o incluso repugnantes, aprendemos a verlos o a oírlos y los convertimos en canon de belleza. De esta manera, ellos amplían nuestra percepción, nos regalan un mundo más rico.

Nadie sabe qué pretendían los pintores del Paleolítico cuando lo hacían en las profundidades de las cuevas, inaccesibles a la mayoría. No cabe duda, para mí, de que los adornos tenían ese fin: embellecer. Pero en las paredes no creo que sólo buscaran eso.

Hubo pronto una relación entre religión, o adoración de lo incompresible y poderoso, y representación artística. Nunca se abandonó. Quizás en el siglo XX haya sido Rothko el artista que con más ahínco buscó que su pintura fuera una invitación a la meditación, una fuerza que llevara al contemplador a reconciliarse consigo mismo, a encontrar la armonía y en definitiva la salud, si salud es equilibrio entre las fuerzas que compiten en el organismo. Visité la capilla en Houston donde quiso con su pintura producir un ambiente de recogimiento y meditación, un espacio a salvo de las turbulencias de la vida ajetreada. No me impresionó. Sin embargo tuve una sensación más próxima a su intención cuando pude ver su cuadro negro que conserva el Kunstmuseum de Basilea, ahora en el Reina Sofía. El ambiente no era el apropiado pero percibí en él la fuerza telúrica que podría producir un estado de recogimiento. Rothko trabajaba unas geometrías inexactas, lo mismo que los colores para expresar y sugerir. He visto la intervención de Eugenio López en el Museo de Bellas Artes donde todo es precisión. Nos conduce desde la inquietud que producen dos flechas que casi se tocan en la punta, blancas en un fondo ne-gro, trazadas con una exactitud turbadora, a una habitación donde nos rodea con una geometría en el que blanco y negro construyen una especie de yin y yang. Consigue un ambiente en el que el espíritu ahora reposado y alerta inevitablemente se concentra en un círculo rojo donde el reposo parece combinarse con la acción: la vida misma. No sé si López, como Rothko, pretende provocar estas reflexiones o sólo busca la emoción estética del equilibrio entre forma y color. Hay armonía y ritmo que están en la naturaleza, que están en la salud.

Compartir el artículo

stats