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El mítico oído de Joseph Mitchell

El mejor cronista de la ciudad de Nueva York tenía un genio natural para conectar con las personas situadas en los márgenes de la sociedad

El mítico oído de Joseph Mitchell

El mítico oído de Joseph Mitchell

Las veces que estuve en McSorley's, la taberna con más solera de Nueva York, bebí cerveza a la salud de Joseph Mitchell. Las dos primeras aún vivía. El año pasado se cumplieron veinte años de su muerte. Mitchell (1908-1996) fue el periodista que mejor retrató los perfiles de las personas supuestamente insignificantes en la Gran Manzana. Para ellos tenía un oído especial. Cronista de la vida menuda, renunció a la paleta oficial, magnates artistas, intelectuales, políticos, para fijarse en los personajes ocultos que encarnan los otros relieves de la gran ciudad.

Pronto se convirtió en el primer biógrafo verdadero de Nueva York; combinaba la precisión de un reportero con el sentido de la narrativa de un escritor para dar vida a los protagonistas de sus historias en el New Yorker. Era una especie de excavadora de las almas perdidas y de los visionarios excéntricos, tenía un genio natural para conectar con las personas en los márgenes de la sociedad.

Trabajó como redactor de la revista durante casi treinta años y luego pasó una larga etapa sin publicar una sola palabra. El misterio detrás de este bloqueo casi llegó a eclipsar su asombroso legado literario.

En Street Life, donde extracta sus memorias, revela que en realidad jamás dejó de escribir durante el llamado 'período de silencio'.

La pieza, publicada por el New Yorker, trae también a la luz otros aspectos de la obra de Mitchell que no han sido explorados plenamente hasta ahora, como su fascinación por las catedrales y el hábito de caminar por las calles de la ciudad. Se sentía sumamente atraído por los edificios antiguos a punto de caerse. Para él eran tótems del pasado, de la misma manera que los criadores de ostras en el mercado de pescados de Fulton o los parroquianos de la taberna de McSorley, cuyo relato da título y abre las historias de Nueva York que ahora publica con acierto y elegancia Jus Ediciones ( La fabulosa taberna de McSorley ). Al igual que los edificios que veneraba, los inadaptados que pueblan las crónicas de Mitchell también habían perseverado frente a los profundos cambios en la ciudad.

Formó junto a Abbott J. Liebling la pareja de periodistas que revolucionó el New Yorker, adonde habían llegado los dos huyendo de los manejos del pérfido Roy Howard, el editor que había comprado el World para fusionarlo con el Evening Telegram. Juntos patearon Nueva York en busca de historias dignas de ser contadas. Se complementaban. Comían en el Red Devil y en el Villa Nova -Liebling conservaba de los tiempos de París el amor y el conocimiento por la gastronomía que le llevó a escribir Between Meals-, bebían en Bleeck's and Costello y los fines de semana se iban a las playas de Rockaway para zambullirse en el océano y escuchar a la gente. De ahí salían las historias de esos tipos corrientes, quizá no tanto, que hicieron famoso a Mitchell, como El secreto de Joe Gould, una obra maestra publicada en 1964 en las páginas de la revista donde trabajaba, poco después de la muerte de su inseparable colega y amigo.

Una vez le preguntaron por qué escribía sobre la gente pequeña y Mitchell respondió que los pequeños podían ser tan grandes como cualquier otro. No digamos sus historias. Como la del viejo Flood, que en agosto de 1937 había quedado en tercer lugar en un torneo de almejas después de comer 84 piezas, número que llegó a considerar uno de los pocos logros de su vida que merecieron la pena.

La de Mazie, una celebridad rubia de barrio, amiga de los vagabundos, propietaria del Venice, un cinematógrafo del Bowery que abría a las ocho y cerraba a medianoche después de haber ofrecido dos largometrajes, un noticiario, un dibujo animado, un corto y el episodio de un serial. O el caso de John S. Smith, un autoestopista sin dinero, que regalaba, a quienes le invitaban a comer, cheques por valor de miles de dólares de un banco que desde hacía un par de décadas había dejado de existir. O las de los parroquianos irlandeses que se amamantaron de sus jarras de cerveza en McSorley's, la somnolienta taberna del Soho, iluminada por lámparas de gas y donde los tres relojes de pared se mostraron durante años en perfecto desacuerdo.

Pese a los cambios experimentados por culpa del tiempo no cuesta un gran esfuerzo entrar allí aún hoy en día y pensar en Mitchell el periodista que mejor contó su vieja historia.

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