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Entrevista | Jordi Canal

"Cataluña nunca fue una nación antes del siglo XX en el sentido que ahora damos al término"

"El independentismo es una religión, con creyentes, granes procesiones, apóstoles de la causa y presuntos mártires" afirmó el historiador

Entre el estallido editorial que ha generado el proceso independentista catalán destaca Con permiso de Kafka (Península), libro en el que el historiador Jordi Canal (Olot, 1964) relata con precisión todos los acontecimientos que desembocaron en el referéndum del 1-O y socava las falsificaciones del pasado sobre las que se sustenta buena parte del relato secesionista. Profesor de la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS) de París, Canal abunda en lo que ya abordara en su Historia mínima de Cataluña (Turner), que ahora contribuye a entender el acontecer reciente en Cataluña.

Visto con la perspectiva que aporta su libro, el proceso independentista se asemeja a una maquinaria social y política que avanza imparable hacia su objetivo. ¿Es un efecto óptico de la historia o todo estaba armado en una única dirección?

En mi libro intento reconstruir el proceso desde sus inicios, tomando en consideración todos los elementos y causas, y quizá puede llegar a dar la sensación de que todo estaba previsto de antemano. Pero no todo lo estaba, aunque sí el objetivo y las líneas generales. A estas deben añadirse, sin duda, los imprevistos, las correcciones sobre la marcha y los cambios de estrategia. Hay mucha improvisación. Destaca, sin embargo, la clara voluntad de algunos sectores en Cataluña, que controlan además el poder regional, de avanzar hacia la construcción de un Estado al margen de España. Ello resulta innegable desde 2010-2012, aunque el llamado 'proceso' había empezado mucho antes, en 2003, como mínimo. A partir de ahí se buscan las maneras, las fórmulas, los subterfugios y las estrategias para avanzar en este camino. El trabajo en el terreno del relato resulta fundamental. No todo estaba ni preparado ni previsto, sin embargo, tal como se demostró en octubre y noviembre de 2017. Lo han reconocido a posteriori los propios protagonistas.

Si era tan perceptible ese avance, ¿hubo dejadez para frenar el proceso o incredulidad ante la posibilidad de que pudieran llegara a lo que vimos en septiembre y octubre pasados?

Ambas cosas, me parece. Mientras los independentistas iban avanzando, destruían puentes con España y fracturaban la sociedad catalana, las reacciones del otro lado brillaban por su ausencia. En 2017, ante el abismo, las cosas cambian. Pero entre 2012 y 2016, la suma del silencio de una parte de la sociedad catalana -esa llamada espiral de silencio, provocada en buena medida por el miedo a hablar, a significarse, a hacerse notar frente al nacionalismo aparentemente dominante- y de la inacción o pasividad de la sociedad española en general, con el Gobierno de España en primer término, dieron alas a los independentistas. El silencio o falta de reacción son siempre interpretados por el nacionalismo como una invitación a ir más allá. La no respuesta del Gobierno, de la oposición, de los intelectuales, con pocas excepciones, de los empresarios o de la Unión Europea hasta el último momento permitió al independentismo avanzar en un camino a ninguna parte, costoso y fracturador. Nadie tuvo demasiado en cuenta a aquellos que decíamos, como mínimo desde 2012, que los independentistas irían hasta el final y que el desafío era serio e inquietante. De otra parte, una respuesta únicamente legal es insuficiente. Es cierto que la defensa de las leyes, del Estado de derecho y de la Constitución es uno de los grandes deberes de nuestros gobernantes, pero existe una batalla por el relato y la imagen que el constitucionalismo ha perdido, sobre todo por haberla despreciado. El caso del 1 de octubre resulta palpable. La política del siglo XXI ya no puede hacerse a la manera del siglo XX.

Si aceptamos esa capacidad del soberanismo para desplegar un plan bien trazado, ¿en qué fallan? ¿Carecen de capacidad ejecutoria o ignoran la realidad catalana?

Para responder a esta pregunta habría que tener en consideración elementos muy variados. Entre ellos, tres muy importantes. Primero: Aunque constatemos que no se ha hecho lo suficiente para contrarrestar el discurso y la acción independentista, ello no significa que el Estado sea débil. Los partidarios del proceso llegaron a creer que inacción significaba también debilidad. Pero no es así. Lo ocurrido en la segunda mitad de 2017 lo demuestra, en especial la aplicación certera del artículo 155 de la Constitución. La secesión no es una broma ni una anécdota. Segundo: La propia realidad, puesto que los partidarios de la independencia son menos de la mitad de la población catalana. No puede actuarse contra todas esas personas. Y si se intenta, el resultado es la fractura y la división de la sociedad. Es lo que en efecto ha ocurrido. Tercero: La mediocridad de la clase política catalana. No es un problema exclusivamente catalán, es cierto, pero un proyecto como el de separar un territorio de un Estado sólido y antiguo, además de plenamente democrático, no es tarea para personas de poca talla política e intelectual. Si uno se para a pensar en los nombres de las personas que se están proponiendo como futuros presidentes de la Generalitat o el de los políticos y agitadores en prisión o fugados, ni presos políticos ni exiliados, en ningún caso, el panorama es desolador.

Después de tantas intentonas fallidas, ¿podemos decir que la de la independencia catalana es la historia de un fracaso?

Podría decirse de esta manera. Aunque es cierto que lo ocurrido en 2017 poco tiene que ver con otros momentos de la historia de Cataluña. Eran otros momentos, otras épocas, otras circunstancias.

"Antes del siglo XX no existía ninguna nación llamada Cataluña". Sostener esa afirmación tiene que resultar incómodo y hasta arriesgado en el actual contexto catalán. ¿Es así?

No es una opinión muy popular en el actual contexto, es cierto. Pero los historiadores no deberíamos estar al servicio de ninguna causa política, sino al servicio de la historia crítica, bien hecha y lo más cercana posible a la realidad o a la verdad, en el caso de que esta última exista. Pero el relato nacional-nacionalista es el dominante hoy en Cataluña y muchos historiadores han contribuido decisivamente a apuntalarlo, desde Ferran Soldevila, en el siglo XX, hasta Jaume Sobrequés o Josep Fontana, con su particular propuesta identitaria de raíz romántica hecha desde posiciones nacional-comunistas. En este relato, Cataluña es una viejísima nación -de las más antiguas de Europa, dicen-, que fue muy pronto un Estado -el olvido de la Corona de Aragón es flagrante- y que avanzaba imparable hacia la democracia en el siglo XVII, a diferencia de Castilla-España, que iba en sentido contrario y que derrotó supuestamente a esta Cataluña en 1714. La nación catalana renacería, según esta construcción, en el siglo XIX y el Estado es el gran objetivo a recuperar hasta hoy mismo. No hay nada de cierto y comprobable en el relato, pero es un relato bonito y atractivo. Todo el problema radica en la atribución al pasado de términos y problemáticas del presente. Cataluña nunca ha sido una nación antes del siglo XX en el sentido que en la actualidad damos a nación. La construcción de la nación catalana, ya que de construcción se trata, empieza a hacerse en el siglo XX. Y tres momentos resultan fundamentales: el de la Mancomunidad, la Segunda República y el pujolismo, de 1980 a 2003.

La abundancia de historiadores en la cúpula del secesionismo, ¿es un signo de la naturaleza del problema catalán?

En buena medida. El nacionalismo catalán tiene en la historia uno de sus pilares fundamentales, junto con la lengua.

La nómina de presidentes de la Generalitat se acorta de los 130 que Puigdemont exhibe como antecesores a los nueve que usted reconoce como auténticos. ¿Podemos tomarlo como una medida numérica de la distorsión histórica en que está inmersa Cataluña?

Es otro abuso de la historia y de las continuidades de la historia, utilizadas como justificación de demandas presentes. La Generalidad del siglo XX nada tiene que ver, excepto el nombre, con la de la época medieval y moderna. Por lo tanto, el primer presidente de la Generalidad es Francesc Macià, en 1931.

En ese conjunto de presidentes usted identifica a dos únicos estadistas: Tarradellas y Pujol. ¿Los políticos mediocres han agravado los efectos del proceso independentista?

Sin duda. Pasqual Maragall emprende una innecesaria reforma del Estatuto, que permite el inicio del procés. José Montilla peca por inacción y por tolerancia hacia sus socios independentistas de ERC. Artur Mas empieza este viaje al abismo que no ha terminado todavía. Y Carles Puigdemont remató grotescamente la jugada. El proceso ha servido también, en muchos casos, para disimular la mediocridad de la clase política y en otros para ocultar la corrupción -no solamente la catalana, por cierto-, los recortes y el mal gobierno. El giro de Mas en 2012 no se entendería sin estos tres últimos elementos.

¿Usted identificó a Puigdemont "terco, temerario y con vocación martirial"?

Puigdemont ha sido el principal problema u obstáculo para salir del bloqueo actual. Incluso para muchos sectores del propio campo independentista.

¿Su estudio del carlismo le sirve para profundizar en el personaje? ¿Qué queda de esa veta ideológica en Puigdemont?

Me sirve relativamente poco. No hay continuidad directa entre carlismo y nacionalismo o independentismo. Más allá de llamarse Carles y haber nacido en Amer, poco hay de carlismo en Puigdemont. Pero sí es un buen representante de una Cataluña que, hoy como ayer, tiene miedo al cambio, es sociológicamente conservadora y profundamente religiosa: católica antes y de la religión nacionalista en la actualidad. El independentismo es una religión, con creyentes, grandes procesiones, apóstoles de la causa y presuntos mártires. Por encima de todo, creen. Por eso los argumentos que apelan a la razón o a la realidad no hacen mella en sus filas.

¿La sociedad catalana se ha ido empequeñeciendo en ese proceso?

Es uno de los efectos más claros del proceso: una Cataluña más pequeña y más ensimismada. Se nota en la economía, pero sobre todo en la cultura. Los catalanes independentistas están enamorados de ellos mismos, se creen superiores y desprecian al otro, en especial a lo español. Estamos ante una revuelta de una zona rica y de clases medias.

Usted apunta la paradoja de que mientras los líderes del independentismo se desenvuelven bien en otros idiomas mantienen la presión hacia el monolingüismo. ¿La lengua vuelve a ser una forma se segregación, aunque en otra dirección, como cuando el uso del catalán por la burguesía buscaba marcar las diferencias con los llegados de fuera?

Me parece que la situación es distinta. El proceso de normalización lingüística fue un éxito. Hoy casi todo el mundo entiende el catalán y muchos lo hablan sin problema. Pero eso se ha conseguido reduciendo el conocimiento de la lengua castellana, lo que es un inmenso error. La inmersión, tal como se ha planteado, condena a los alumnos a ser poco más que monolingües. El castellano no puede ser considerado una lengua extranjera, como hasta ahora. Para salir de estos problemas, mucha gente opta por la enseñanza privada. Entre ellos, buena parte de los dirigentes nacionalistas. El futuro pasa, sin duda, por una educación pública trilingüe y por la revisión de las políticas de inmersión tal como han sido aplicadas.

El descabezamiento judicial de la cúpula del proceso ha dado paso a nuevas caras. ¿Podemos esperar algo de ese aparente cambio generacional?

Me parece que no. Ir a peor es perfectamente posible.

Usted cuenta que en su círculo personal hay una dominancia de independentistas. ¿Percibe en esa esfera la fractura social que amenaza con convertirse en uno de los efectos más graves del proceso catalán?

La fractura social es ya un hecho. Existen dos Cataluñas. Hay que asumirlo y asumir también que revertir esta situación va a ser dificilísimo. Los independentistas son culpables de haber fracturado Cataluña.

La decisión de los jueces alemanes sobre Puigdemont ha puesto el foco sobre la violencia del independentismo. Usted sostiene que esa violencia existe. ¿Dónde queda la pregonada revolución de las sonrisas?

La revolución de las sonrisas esconde violencia. Ciertamente la violencia física ha sido escasa, aunque en las últimas semanas ha aumentado y no puede descartarse que aumente más todavía. Pero hay otras formas de violencia que han estado presentes desde el principio, desde la elaboración de listas de traidores hasta el acoso a personas que piensan diferente o grupos políticos, sin olvidar la mala costumbre de señalar con pintadas o lazos amarillas a los otros, para aislarlos socialmente o convertirlos en objetivo. Y los insultos y las amenazas no pueden tampoco olvidarse. Esto es también violencia, simbólica, moral o de baja intensidad, llamémosla como nos apetezca, pero violencia al fin y al cabo. Los piquetes no se anduvieron con remilgos en el "paro de país" de octubre de 2017. La CUP y ahora los CDR son expertos en estas cosas. Las sonrisas son solamente para los suyos. Para los otros, en cambio, queda el desprecio o el odio.

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