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La epidemia de cólera

Los héroes de 1851

La isla de Gran Canaria vivió hace 170 años la epidemia más devastadora de su historia - Un grupo de valientes voluntarios puso en riesgo su vida para luchar contra los estragos del cólera morbo

Enterramientos del cólera en la ermita de la Concepción de la Atalaya. | PEDRO SOCORRO

El día 5 de junio se cumplen los 170 años de la más espantosa y devastadora epidemia que ha sufrido nuestra isla a lo largo de su historia. Se solía decir que el horror del cólera morbo asiático comenzó en la ciudad con motivo de haber llegado a mediados del mes anterior al puerto de La Luz un navío procedente de Cuba, en cuya isla ya estaba declarada la enfermedad. Entre los enseres que se descargaron se encontraba un colchón, unas ropas sucias y una manta que se habían llevado al barrio de San José para su limpieza. El día 24 de mayo falleció repentinamente la lavandera María de la Luz Guzmán, que había sido la encargada de lavarlas. Y el 3 de junio otra mujer del barrio llamada Francisca Sabina enfermó y murió al día siguiente. Marineros que también desembarcaron y residían en los riscos de San Nicolás y San Lázaro comenzaron a tener síntomas de la enfermedad de forma brusca con vómitos y diarreas que originaban una rápida deshidratación.

COL. PARTICULAR

Enterado el gobernador de la Provincia, Antonio Halleg, inmediatamente publicó en el Boletín Oficial la circular que decía: «En el barrio de San José de Las Palmas se han presentado algunos casos de cólera morbo y advierte que se impida todo roce con buques que procedan de aquella isla. Firmado en Tenerife a 7 de junio de 1851». Aparte del abandono de las autoridades competentes, se llegó a ordenar que se retiraran los timones de los barcos para evitar la posibilidad de traer de fuera los imprescindibles remedios.

Nuestro Ayuntamiento, sin medios ni esperanzas de salvar muchas vidas, también se pronunció ante la gravedad de la situación y al observar que los muertos se multiplicaban al ir la epidemia extendiéndose de barrio en barrio hasta contaminar la calle mayor de Triana. El consistorio procuraba encontrar ayudas para mitigar los horrorosos estragos, no solo con la colaboración de los médicos, sino con valientes paisanos y voluntarios que quisieran echar una mano. También se solicitó a las juntas parroquiales de las cuatro iglesias de Triana y Vegueta su cooperación con la finalidad de poder socorrer a los enfermos y moribundos. Y aún se pidió refuerzos a soldados, a una brigada de presidiarios puestos en libertad y, al parecer, a un grupo de refugiados chinos cuyo barco había encallado días antes en la costa de San Cristóbal. Pero ante el avance del contagio fueron tan solo unos pocos los que se atrevieron a luchar directamente contra el destructor microbio, pues murieron algunos médicos y muchos voluntarios que se habían prestado a ayudar a la enloquecida población.

Ya extendida la epidemia por todos los rincones de la ciudad, Las Palmas se convirtió en un auténtico desierto con un insoportable olor putrefacto por las descomposiciones, solo pobladas sus calles y plazas con cadáveres de todas las edades, o escuchándose los lamentos de los vecinos afectados por la enfermedad que se iban desplomando por los caminos. La principal causa del origen y la propagación del cólera fue en realidad la falta de higiene y la deshidratación por no haber nadie que ayudase a mitigar la intensa sed característica de aquella enfermedad, o porque muchos, en la desesperación de encontrar líquidos, tomaban aguas contaminadas por las heces.

La mayoría de los supervivientes, sobre todo los ciudadanos de cierto nivel social, abandonaron sus casas y marcharon despavoridos al interior de la Isla huyendo en todas las direcciones. Con este traslado se fueron infectando todos los demás pueblos de Gran Canaria. En los cementerios de todos los municipios se apilaban los cadáveres sin poder ser enterrados, pues el pánico hacía que todos los ciudadanos tuvieran miedo a contraer la enfermedad. Solo quedaron los médicos José Francisco Rodríguez, Antonio Roig, Salvador González de Torres, Pedro Avilés Matos y Domingo J. Navarro para atender aquel desolador panorama, aunque pronto habrá que registrar el fallecimiento de los galenos citados, José Rodríguez y Pedro Avilés, así como los sacerdotes Antonio Vicente González, párroco de Santo Domingo y Melquiades Espínola, que también habían sucumbido.

A mediados de junio por todos los caminos que salían de la ciudad se encontraban cadáveres y gente que huía sin tener claro a dónde dirigirse. En un mes y medio se contabilizaron 5.853 fallecidos. Las localidades más afectadas fueron Las Palmas y Telde.

Los héroes

Tras este breve repaso de la magnitud de aquellos horrorosos estragos que hoy conmemoramos, queremos recordar al grupo de ciudadanos que sí se quedaron en la ciudad desviviéndose por colaborar con las autoridades y, sobretodo, para ayudar a recoger en carros los cadáveres de las calles, de los muertos abandonados en sus propios domicilios, de los ocultados en cuevas o en algún rincón. Su propósito era llevar los restos a las fosas del cementerio o sepultarlos en solares, jardines, huertas, zanjas y hoyos que se abrían en las inmediaciones para evitar que el virus siguiera su destructora contaminación.

Salvo ciertos ciudadanos de relieve, otros han pasado desapercibidos por nuestra historia. Nadie se ocupó de resaltar el gran mérito de aquel impagable servicio que hizo un grupo de ciudadanos, entre autoridades, médicos, sacerdotes y anónimos paisanos.

La ciudad había quedado aislada hasta que el ministro de la Gobernación ordenó el fin del encierro el 3 de diciembre de aquel año. Nuestra ciudad quedó bastante reducida, pues el número de muertos alcanzó el cuarenta por ciento de sus vecinos.

Don Antonio López Botas, que fue testigo presencial de la catástrofe, se va a convertir en el primer cronista de aquella tragedia. El 15 de agosto se informó a la Reina de lo que había ocurrido en la Isla, y se pormenorizaron los nombres de aquel reducido grupo que sin temor a contagiarse se había quedado auxiliando a la ciudad.

Conmovida Isabel II por el espantoso relato recibido, ordenó siete días después que de manera inmediata fueran condecorados aquellos “héroes canarios” con las más altas distinciones del Reino. Así lo dice el Ministro de Estado en la gaceta oficial: “Su Majestad la Reina Nuestra Señora se ha dignado espedir con fecha de hoy el Decreto siguiente: —Vengo en nombrar Caballeros de la Real y Distinguida orden de Carlos III á D. José María Delgado, Alcalde Corregidor de la Ciudad de Las Palmas de Canaria y al presbítero D. Salvador Codina; y como Caballeros de la Real orden de Isabel La Católica a D. Ignacio Díaz, primer Teniente de Alcalde del Ayuntamiento de la Ciudad de Las Palmas de Canarias; á D. Antonio Abad Navarro, Regidor del mismo; á D. Laureano Hernández, Secretario de la Espresada Corporación; a D. Salvador Rivero, Ecónomo del Sagrario matriz de dicha ciudad; á los Curas párrocos de S. Francisco y S. Bernardo D. Matías Padrón y D. Cristobal Caballero; á los Profesores de medicina D. Domingo José Navarro, D. Salvador Torres y D. Antonio Roig; á D. Francisco Vidal; á D. Gregorio Gutiérrez; á D. Jose Medina; y á D. Fortunato Pereyra, vocal de la Junta parroquial de S. Bernardo; a todos en recompensa de los importantes y extraordinarios servicios que han prestado á la humanidad, asistiendo á los acometidos del Cólera morbo— De la de S.M. lo traslado para su conocimiento y satisfacción de los interesados”. Entre este grupo sobresalen cuatro anónimos vecinos de orígenes sencillos que por sus actividades profesionales cobran aún más importancia, ya que adquirieron el tratamiento de excelentísimos señores un carpintero, un curandero, un marinero y un hacendado.

Recordando brevemente la personalidad de los galardonados, diremos que José María Delgado y Salafranca fue alcalde de 1848 a 1852. Se le recuerda en la inauguración de la Alameda de Colón, con pretensiones de jardín botánico e iluminada con faroles de belmontina que el regidor inauguró para el nuevo paseo de los ciudadanos. Había llegado a las islas en 1842 como secretario del llamado Gobierno Superior Político de Canarias con sede en Santa Cruz de Tenerife. Rigiendo el cargo de alcalde se contagió del cólera, pero pudo reponerse y sobrevivir. No así su hija mayor, Josefina Delgado de diez años, que falleció en la tragedia. Había llegado casado con la malagueña Josefa Torreblanca y Gumicio, dama de casa aristocrática. Por su influencia en la Corte fue luego nombrado Gobernador Civil de Salamanca.

Don Salvador Codina y Augerolas, catalán, había llegado a la Isla dos años antes de aquel desastre, junto con su hermano el obispo don Buenaventura, de quien fue su secretario de cámara, y el Padre Claret. Su loable labor había consistido en recorrer diariamente a pie las calles para llevar alimentos y agua a los que se iba encontrando desnutridos tendidos en las aceras, al mismo tiempo que procuraba confortarlos, y a los que ya encontraba moribundos darles la gracia de la extremaunción «para su encuentro con Dios». Era un religioso capuchino y lector de sagrada teología que llegó a ser chantre de nuestra catedral. Con la condecoración de la reina, Isabel II también le concedió el título de capellán de honor honorario de S.M. Al recluirse en un convento de su orden en Roma, falleció a los dos días de llegar a la ciudad eterna el 7 de agosto de 1861.

Ignacio Díaz Suárez, licenciado en Jurisprudencia por la Universidad de San Fernando y Doctor en Leyes. Había nacido en Arucas en 1813 y siendo primer teniente alcalde de nuestra ciudad tuvo que sustituir al anterior edil por la enfermedad contraída. En su escaso equipo de concejales tuvo el desconsuelo de ver morir contagiados en el mismo día a tres compañeros: a los grancanarios Francisco Penichet y Esteban Cambreleng y al toledano Antero Hijosa. Su labor de alcalde en funciones y verse prácticamente solo dirigiendo aquella desgracia le agotaba buscando los inexistentes remedios. También estuvo contagiado. Entre su serie de anécdotas destaca que se le antojó cambiar el rótulo de la calle de los Reyes, relativa a la virgen de la cercana ermita, en donde por entonces residía, por el actual nombre de Reyes Católicos. Fue comandante graduado del Batallón de Milicias de Santa María de Guía, y padre de otro Ignacio Díaz Lorenzo, también Licenciado y Doctor en Derecho Civil y Canónico y progenitor de la conocida familia Díaz de Aguilar. Falleció a finales de julio de 1901.

Don Antonio Abad Navarro Suárez, procedente de Santa Brígida, era concejal de nuestro municipio, del que tuvo que tomar las riendas de la alcaldía por espacio de unos meses para que el anterior, también en funciones, se recuperara. Se encargó de recaudar los escasos fondos que llegaban a una población que había quedado totalmente herida en su economía, y se le reputaba como un eficaz administrador de fincas particulares. No conocemos más detalles de su labor, que sin duda debieron de ser meritosas para que López Botas lo incluyera en la docena de valientes y sacrificados ciudadanos. Falleció a los 61 años en 1856.

Laureano Hernández Pérez, nacido en Agüimes en 1817, fue junto con los anteriores los únicos que quedaron disponibles en el consistorio para resolver los gravísimos problemas de la pandemia. Desempeñaba la secretaría.

Establecido con su familia en la ciudad por motivos castrenses del progenitor, se licenció en Derecho y se incorporó al Colegio de Abogados en 1860. Varias veces fue juez municipal interino. Afiliado al partido demócrata-republicano-federal, era un gran aficionado a la guitarra, llegando a dar conciertos en mítines y en actos sociales para recaudar fondos que luego distribuía generosamente en obras benéficas.

Un suceso que conmocionó a la ciudad fue el ocurrido el sábado 20 de junio de 1872. Laureano era soltero y vivía desde hacía muchos años con una doméstica en su entonces domicilio de la calle de los Canónigos (hoy López Botas). Al regresar aquella noche a la casa encontró abierta la puerta, pero atribuyó esta circunstancia á un descuido de la criada. Al abrir el cuarto de aseo encontró a la sirvienta asesinada, maniatada con fuertes ligaduras y encima de una charco de sangre que emanaba de las heridas. Habían entrado para robar. Se llevaron una caja donde el letrado guardaba unos antiguos duros españoles y varios escudos de oro. Hubo testigos que vieron salir a dos hombres con las caras embadurnadas de negro, seguramente para evitar ser reconocidos. Don Laureano falleció de repente en enero de 1887.

Salvador Rivero de Bethencourt, fue el último párroco de la antigua iglesia del Sagrario y el primer rector del nuevo templo matriz de San Agustín erigido en 1852. Había nacido en los Llanos de San Gregorio de Telde en 1812. A los 25 años se ordenó de sacerdote y pasó a desempeñar la rectoría de la citada iglesia del Sagrario. Su mérito se atribuye al mismo cometido que desempeñaba Salvador Codina, de salir diariamente a pie por las calles de la amplia feligresía de Vegueta y socorrer a los hambrientos, sedientos y moribundos ciudadanos. Conmovido por tantas desgracias humanas, también fue loable su colaboración al contribuir económicamente “con su celo y una generosidad dignas de elogio” para ayudar a los damnificados por la fiebre amarilla que en 1863 se extendió en la isla de Tenerife. El sacerdote condecorado falleció a los 52 años de edad el 13 de septiembre de 1864.

Don Matías Padrón Fernández de Salazar, carismático sacerdote herreño nacido en Valverde en 1804. Fue nombrado párroco de San Francisco, y al declararse la epidemia a su gran responsabilidad le competía aparte de su amplia parroquia, atender a los feligreses del risco de San Nicolás. Las crónicas recogen su intensísimo trabajo para socorrer a tantos moribundos y “restañar las heridas de dolor y sufrimiento que trajo consigo”. Su destacada labor fue reconocida por el Ayuntamiento que rotuló una calle con su nombre. Murió en su domicilio de la calle Torres en agosto de 1874.

Don Cristóbal Caballero González, clérigo también nacido en la villa de Agüimes en 1801, había sido fraile exclaustrado del convento de San Agustín, y al crearse la parroquia de San Bernardo el obispo Codina le nombró primeramente cura regente.

Al declararse el cólera y estar dentro de su jurisdicción el barrio de San Lázaro, que fue uno de las zonas más afectadas, y estar las cuevas de Mata llenas de cadáveres descompuestos y amontonados, fue infatigable su labor al pie de las zanjas que con ayuda de otros vecinos se iban abriendo para sepultarlos. A su muerte, ocurrida en febrero de 1863, donó su casa y cochera para que el producto de su venta se invirtiera en obras parroquiales y asistenciales.

Don Domingo José Navarro Pastrana, reconocido médico de la ciudad y su primer cronista oficial, nace en 1803. Su currículum es extenso por la serie de cargos que ostentó y fundaciones que creó a lo largo de su vida. De todos los facultativos que lucharon durante el cólera fue el único que no contrajo la enfermedad. Aparte de ser un sabio médico fue un distinguido escritor, se sigue valorando su obra, siempre de actualidad, Recuerdos de un noventón. A su muerte, ocurrida a los 93 años en 1896, la prensa tinerfeña fue valiente al reconocer en sus páginas que «no podemos menos de hacer constar, aunque el finado haya combatido en muchas ocasiones con sobrada dureza a Tenerife, que Gran Canaria ha perdido un patriota decidido, que ha dedicado su vida a la defensa de los intereses de su localidad. Así quisiéramos ver muchos en Tenerife». Una calle en el barrio de Triana recuerda a este “benemérito anciano”.

Don Salvador González de Torres y del Real, nacido en el Puerto de la Cruz en 1801, prácticamente desde niño vivió en nuestra ciudad con su hermano Bernardo. Al quedar huérfanos fueron criados en Las Palmas por el tío Lucas del Real. Bernardo había sido alcalde de Las Palmas en 1842 y falleció del cólera. Su hermano se desposó con la viuda, Alejandra Jaques de Mesa, y adoptó a sus sobrinos. Por su licenciatura en Montpellier y estar familiarizado con las epidemias de fiebre amarilla de los años 1838, 1846 y 1847, su labor se recuerda como sacrificada, brillante y meritoria. Su salud quedó afectada desde entonces y falleció de repente en enero de 1857.

Don Antonio Roig Escardó, catalán, nacido en la villa de Constantí de Tarragona en 1788, llegó a Las Palmas en la década de 1830 por la gran necesidad que tenía la Isla de contar con un médico cirujano. En su tiempo se le reputó como el más importante doctor de Gran Canaria, asumiendo el cargo de inspector general y subdelegado de Medicina. Era el facultativo al que le competía examinar el fallecimiento de los ciudadanos y certificar el motivo de sus causas. Por sus conocimientos, se le llegaba a solicitar opiniones de todo tipo, incluso políticas. Su infatigable servicio salvando vidas humanas y el permanente contacto con los afectados le contagiaron del cólera, pero afortunadamente pudo combatir la enfermedad. Murió soltero en su domicilio de la calle Peregrina la noche del 18 de junio de 1863. La prensa, aún desinformada, publicó: «Parece que ha muerto en la ciudad de Las Palmas el doctor en medicina D. Antonio Roig, que había ejercido con general aceptación su facultad durante cuarenta años en la isla de Gran Canaria, prestando á la misma, en diversas épocas, importantes servicios, Esta pérdida ha sido generalmente sentida».

Don Francisco Vidal, es el único caballero, de toda la relación de «héroes canarios» condecorados por Isabel II, cuya procedencia desconocemos. Se cree que era natural de Tenerife. Su participación durante la epidemia fue muy eficaz por los preparativos que realizaba como curandero. Nos lo dice el doctor Chil y Naranjo, al comentar, “Paquito Vidal consiguió salvar a muchos infelices con los auxilios que prestaba en la Casa de Socorro, que fueron también muy eficaces para el resto del vecindario, siendo más digna de elogio su conducta, cuando no era hijo del país”.

Lo curioso de esta enfermedad es que podía combatirse fácilmente con la administración de sales de rehidratación oral para reponer los líquidos perdidos. Parece que Vidal la combatía con agua tibia, limonadas y hierbabuena, pero desgraciadamente tan sencillos condimentos escaseaban en aquel momento en la paralizada ciudad.

Después de la epidemia desapareció todo rastro del curandero condecorado. Por los padrones consultados no se acredita que residiera en Las Palmas. Hay quien supone que posteriormente marcharía a América en aquel largo éxodo de canarios que tomaron el mismo rumbo para buscar en las Antillas el anhelado progreso y bienestar.

Don Gregorio Gutiérrez Gil, ciudadano bastante desconocido, aunque al estar rotulada una calle con su filiación, sus méritos quedan recordados a perpetuidad. Se dice que era un hombre inquieto y comprometido con todos los asuntos del país. Y tanto defendía la independencia de la provincia, la jerarquía militar, de la que fue capitán de milicianos, o se inmiscuye participando en los problemas que padeciera su «querida ciudad por su acendrado patriotismo».

Al residir en el barrio de San Nicolás y estar declarado en aquella demarcación uno de los focos más virulentos de la epidemia, fue recorriendo las casas para recoger los cadáveres abandonados y organizar sus traslados al cementerio o a las zanjas que se iban abriendo para enterrarlos. Su ayuda, dicen las crónicas, «fue de gran mérito por su abnegación y arrojo». Mucho debió de ser, al no tratarse de un personaje político, académico o religioso se le diera el honor de figurar en el nomenclátor ciudadano. Orgulloso de ostentar el título de excelentísimo señor, no consentía que en los foros o en la prensa que le nombraran omitieran el tratamiento. Falleció sin descendencia en los aledaños del barrio un domingo 13 de julio de 1879. A su muerte la prensa publicó: «Hoy que ha bajado á la tumba echamos de menos al amigo consecuente, leal y desinteresado».

Don José Medina Suárez, carpintero y entendido ebanista, nacido en Vegueta en 1820, casado y con cuatro hijos pequeños, se esforzaba para que a su prole no le afectará la enfermedad. Junto con sus hermanos Estanislao y Florentino se ofreció a las autoridades como voluntario para intervenir en lo que hiciera falta.

Los facultativos habían opinado que en las piedras de cantería y sillares de los edificios de la vieja ciudad anidaba el microbio del cólera y convenía sellar con pintura la porosidad de aquellos elementos. Don José, con sus allegados fueron albeando estas piedras y sillares, sobre todo las grandes esquinas, una operación que como testimonio de aquella tragedia aún puede verse en algunos edificios de Vegueta. De este sencillo excelentísimo señor, premiado por la soberana española, descienden hoy muchas conocidas familias de nuestra sociedad. José Medina falleció en su domicilio del Pilar Nuevo, a los 53 años, en noviembre de 1873.

Don José Fortunato Pereyra Díaz, nacido en Las Palmas en 1820 de padre portugués, y último isleño recompensado por Isabel II. Figura como piloto de la marina mercante que hacía la ruta de América con su flota de bergantines, con destino especialmente a Puerto Rico y la ciudad de La Habana. Por su dedicación náutica era miembro de la Confraternidad de Mareantes de San Telmo, y aunque la parroquia de San Bernardo estaba aún instalada en las dependencias de la iglesia de San Francisco, aparece como vocal de su junta parroquial, cuya feligresía era la más extensa de la ciudad, ya que entonces su jurisdicción llegaba hasta el Puerto de La Luz. Al ofrecer su ayuda decididamente se le encomendó que auxiliara a las víctimas de los Arenales para que se continuarán abriendo en su alejada e inmensa superficie y poder proseguir con los enterramientos.

Es escalofriante conocer lo que nos dicen los cronistas, que José Fortunato, ayudado por soldados y presidiarios, aparentemente fuertes y sanos, pero que sin duda estarían ya algo afectados, controlaba y dirigía las aperturas de los hoyos. Muchos de aquellos impagables colaboradores terminaban extenuados y caían luego muertos en las sepulturas que ellos mismos acababan de excavar. El samaritano lobo de mar sobrevivió, y siguió realizando travesías hacia el Nuevo Mundo cargando pipas de aguardiente, cebollinos y varas de esterillas de paja.

Han pasado 170 años de aquella horrorosa pesadilla y aún se nos ponen los pelos de punta al recordarla. Prácticamente, hoy casi todos los ciudadanos tienen en sus genealogías algún que otro fallecido. El que esto narra tiene a dos, a su tatarabuela Teodora Ortega, y a una de sus tías que fue la última abadesa del convento de la Concepción Bernarda. Terrible.

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