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Agüimes

Huertos que dan la vida

Josefa Macías y Vicente Rodríguez, con las verduras aseguradas en un terreno cedido por el Ayuntamiento para familias sin recursos, se lanzan a por otra zafra

Huertos que dan la vida en Agüimes J. C. Castro

La tierra en Agüimes es para quien la trabaja. Josefa Macías y Vicente Rodríguez lo tienen claro. Con los garbanzos asegurados, se aferran a los surcos del terreno que el Ayuntamiento de este municipio ha puesto a su disposición, y de otras familias con escasos recursos. Papas, calabazas, tomates, cebollas, calabazas, judías, acelgas, y hasta fresas y sandías, se dan bien en ese suelo donde hasta el riego tienen cubierto. Josefa Macías, conocida por sus girasoles, y Vicente Rodríguez, por su calabaza de 50 kilos, llevan tres años en este proyecto, y esperan continuar porque, además de verduras, la labranza les da la vida.

El trozo de tierra que cultiva Josefa Macías en el huerto comunitario de Agüimes sobresale por sus llamativos girasoles. De las 27 parcelas en las que está dividida la finca de 5.000 metros cuadrados que el Ayuntamiento de este municipio cede a las familias con escasos recursos para que las cultiven, y dispongan de todas las verduras para su propio consumo, la de esta vecina se distingue desde lejos. “Lo primero que hago en cada zafra es reservar un surco para mis girasoles porque me encantan”, señala. Pero esa misma pasión la traslada, a la estampa que muestran los matos, a los cultivos de tomates, papas, lechugas, acelgas, chías, judías y garbanzos.

Con una prestación de 400 euros, en concepto de prejubilación, Josefa, a sus 63 años, -que no aparenta para nada-, es una de las nuevas aspirantes a seguir participando en este proyecto social. Lleva, entre surcos y azadas, las tres últimas zafras, y espera continuar, aunque todo va a depender del perfil, y del número de los demandantes que acudan a esta convocatoria que acaba de sacar el Ayuntamiento. El plazo de solicitudes se inició el pasado lunes, y estará abierto hasta el 14 de febrero. Han pasado diez años desde que se puso en marcha esta iniciativa en Agüimes, y siempre ha habido más demanda que huertos, por lo que se genera una lista de espera con la que se resuelven aquellas vacantes que producen cuando alguien logra mejorar su nivel de ingresos. Pero, ya advierte la edil responsable, Jéssica Santana, que sospechan que este año debido al aumento del desempleo a causa de la pandemia sean muchos más los vecinos que se animen en dedicarse a la agricultura para tener resuelta una parte de la cesta de la compra.

Tras una vida entre tomateras y fincas, Josefa había perdido su empleo como jardinera municipal cuando se enteró que un vecino había dejado el terreno asignado -son unos 150 metros cuadrados- porque encontró trabajo, cuando apenas quedaban tres meses para recoger la cosecha de papas y cebollas, por lo que decidió hacerse cargo de todo el huerto. Lo que empezó así por salvar esos cultivos se ha alargado ya tres años porque a esta mujer, que ha trabajado también en el sector de construcción, “la tierra le tira”.

“El cultivo da sólo para la casa, pero si puedo, reparto calabacines a los vecinos”

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Tanto es lo que disfruta con la agricultura, que se empeña en hacer que parezca que es muy sencillo recoger unos buenos tomates o unos puerros. “Es cuestión de pensar que la tierra te da lo que recibe, la gente no sabe que puede coger unos garbanzos o lentejas, ponerlos en agua, y plantarlos, y ya tienen sus legumbres”, señala. Todo lo que produce es para el consumo propio, pero dado que a veces se le hacen mucho tres kilos de tomates los reparte entre su familia, o incluso, va casa por casa a llevar a sus vecinos las acelgas para que hagan un potaje.

“La tierra pide mimos, y si se los das recibes mucho” declara, mientras muestra un mango que había en su parcela, y que apenas echaba unos frutos pequeños, y que desde que le echó abono, y comenzó a cuidar, el tamaño del fruto aumentó.

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Huertos que dan la vida en Agüimes J. C. Castro

A Vicente Rodríguez también la opción de cultivar el huerto comunitario le llegó sin pensar. Jubilado de Correos, y con 67 años no tenía grandes problemas económicos. Fue su hija Nereida, que estaba en paro, la que solicitó la tierra, pero al ponerse enferma él se hizo cargo de la labranza, y de eso han pasado ya tres años. Igual que Josefa, ya ha presentado la petición al Ayuntamiento para seguir con las labores agrícolas porque más que valorar la producción que recoge se ha dado cuenta que “la tierra me da la vida”.

Perfectamente alienados ha puesto, en primera línea, la hierba huerto, el tomillo y el orégano. Le siguen en segunda posición las berenjenas, y continuando con el trazo que hacen las mangueras aparecen los pimientos, los ajos, los puerros, las zanahorias, las cebollas, los calabacines y las papas. Es todo un cuadro de colores su parcela. Si bien los árboles frutales están prohibidos, también triunfa con las sandías y melones, que planta en marzo, y hasta con las fresa se apunta tantos.

“Lo primero que hago en cada zafra es reservar un surco para mis girasoles”

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Ahora, además de compartir todo con su hija también le lleva al otro hijo, Rubén, que ha perdido el empleo, tanto él como su mujer, debido a la crisis económica que ha causado esta pandemia. Con todo, aclara que “el cultivo da sólo para la casa” pero si puede, de vez en cuando, le da algún calabacino o algo de calabaza a algún vecino. Precisamente una calabaza, de 50 kilos, le hizo ganar cierta popularidad entre los labradores.

Vicente, que acude cada lunes, miércoles y viernes a atender los cultivos, toda la mañana, dice que no imaginaba que el huerto iba a convertir más que una forma de tener todos los productos que da el campo en casa, en otra forma de vivir porque a sus 70 años se desvive por toda la siembra.

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