Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Crónica histórica

Agaete a Tomás Morales, cien años después

El dramaturgo y escritor ejerce de médico en Agaete donde comparte la fiesta de Las Nieves | Sus versos a Leonor Ramos, su mujer, le consagran como poeta

Boda de Tomás Morales y Leonor Ramos en su casa de Agaete en 1914.

Boda de Tomás Morales y Leonor Ramos en su casa de Agaete en 1914.

Cuando se aproxima la fecha del centenario del fallecimiento del médico y poeta grancanario Tomás Morales Castellano (Moya, 10 de octubre de 1884– Las Palmas de Gran Canaria, 15 de agosto de 1921), se hace necesario recordar lo fructífera que fue su vida en todos los órdenes y la huella perenne que dejó en Agaete, lugar en el que vivió entre los años 1910 y 1919, a donde quiso el destino que llegara en calidad de médico provisional, para sustituir a Don Sebastián Petit Ramón, el viejo galeno leridano que se encontraba enfermo y que, en el año 1893, procedente de Barcelona con intenciones de continuar el viaje hacia América, acabaría estableciéndose en la Villa Marinera, en la que además de ejercer la medicina, aparece incluido desde el año 1906 a 1909, en el censo local de los mayores contribuyentes con derecho a elegir compromisarios para las elecciones de senadores, según la Ley de 8 de febrero de 1877.

Según me cuenta Francisco Molina Petit -biznieto de D. Sebastián- también quiso el destino que la plaza de médico que Tomás Morales dejara vacante en Moya (su pueblo natal) para venir a ejercer la profesión en Agaete, la ocupara otro joven médico de nombre Sebastián Petit Vallbona, hijo de D. Sebastián el viejo, que habiendo estudiado medicina como su padre en Barcelona pasaba sus vacaciones en aquel Agaete decimonónico, del que no sólo guardó y transmitió a sus hijos sus vivencias infantiles y juveniles, sino que fallecido el 4 de marzo del año 1963, quiso que le enterraran en la Villa junto a su padre. De la misma manera procedió su hijo Sebastián Petit Suárez, boticario e inspector de farmacia cuya zona abarcaba hasta Sidi-Ifni, del que recuerdo su farmacia en la calle Primero de Mayo número 66, cuando aún se denominaba General Franco y que, tras su defunción en el año 1986, también recibió cristiana sepultura en Agaete junto a su padre y a su abuelo por deseo expreso y por razones de querencias y sentimientos, las mismas que han hecho llegar hasta el presente el recuerdo indeleble de Tomás Morales, de su vida y de su obra poética.

Una vez fallecido el médico Don Sebastián Petit Ramón, el 10 de marzo de 1911, Tomás Morales permaneció como médico titular del municipio tras su nombramiento el 12 de marzo de aquel mismo año por parte del Ayuntamiento de la Villa, hasta el 13 de marzo de 1919, fecha en la que cesa su actividad profesional en Agaete para trasladar su residencia a la calle Pérez Galdós de la capital.

Nuestro poeta había cursado estudios en el colegio San Agustín en Las Palmas y luego la carrera de Medicina, primero en Cádiz en el año 1900 y posteriormente en Madrid, donde vivió entre los años 1904 y 1908, doctorándose en la facultad de San Carlos y regresando definitivamente a Gran Canaria en el año 1909.

Pronto se corrió la voz entre la población agaetense que además de médico, aquel joven de veintiséis años venía precedido de cierta fama de poeta adquirida en los círculos literarios madrileños. Se supo que llegó a participar en las tertulias que convocaba el poeta y dramaturgo Francisco Villaespesa en el Café Universal, que inaugurado en el año 1891 en la Puerta del Sol, era al que acudía Don Benito Pérez Galdós en su tiempo, y también frecuentó el círculo literario de Colombine, que era el pseudónimo con el que firmaba la escritora, periodista y pedagoga Carmen de Burgos. Unas tertulias en las que, probablemente, conoció a Rubén Darío entre los años 1906 y 1908, una vez publicados sus poemas en las revistas Crítica, Castalia, en la Revista de revistas publicada en Méjico y en la Mundial Magazine, editada en París bajo la dirección del propio Rubén Darío. Además, un año antes de la partida hacia Gran Canaria se publicó su primer libro Poemas de la Gloria, del Amor y del Mar.

Poemas, sobre todo los del Mar, que no pasaron desapercibidos para Salvador Rueda, quien no dudaría en dirigirle una misiva al periodista Francisco González Díaz, interesándose y a su vez requiriendo del crítico el interés y la atención hacia el nuevo y joven talento literario grancanario que acababa de descubrir: «… ¿No hay alta ocasión para sacar el patio de la raza en honor de este joven isleño que canta con su propia lira y con su propio corazón? ¡Un gran original en estos tiempos en que tanto se roba del portugués, del italiano, del francés !.., Esas islas deben enorgullecerse de que al fin entre por la puerta grande del Parnaso español moderno, un personal de la lírica, hijo suyo. Y usted, que es grande, que es intenso, que es profundo y que no se deja seducir con espejuelos franceses de importación, debe querer, querer siempre a Tomás Morales, y ampararlo bajo su clámide critica».

Y si la colonia canaria en Madrid le obsequió, según la prensa, con un banquete con motivo de la publicación de aquel su primer libro de poemas en 1908, al llegar a Gran Canaria sus amigos y admiradores le agasajaron con otro emotivo ágape en el Hotel Continental, en el que recitó algunos de sus poemas como colofón de dicho acto.

Atrás quedaban los ecos literarios de sus probables primeras composiciones publicadas en el periódico El Teléfono, en el año 1903, en Las Palmas de Gran Canaria, una fecha y un matutino que menciona el profesor Henríquez Jiménez en su libro Poemas de la Gloria del Amor y del Mar de Tomás Morales. Materiales sobre recepción», cuya orientación hizo que me encontrara más de un siglo después con aquellos poemas iniciales tales como: ¡Entonces…!, Seguidillas, Nostalgias, y A Cádiz, fechados los dos últimos en el mes de mayo de mayo de 1903, con los que se despide de la ciudad en la que había estudiado Medicina.

Ahora, en Agaete, la nueva situación no le permitía al médico-poeta distraerse de sus obligaciones profesionales, a pesar de su vitalidad, teniendo que compaginar el ejercicio de la medicina con las relaciones sociales que su profesión requería y que le llevarían a asumir el cargo de presidente de la Sociedad La Luz ( El Casino), el 19 de diciembre de 1911, con la mayoría de los votos de los socios y al mismo tiempo buscar las ocasiones para cortejar a Leonor Ramos Armas, una joven de familia hacendada de la Villa Marinera en la que se había fijado y con la que, andando el tiempo, acabaría casándose y formando una familia, quedándole muy poco o nada de tiempo para dedicarse a la poesía.

Era una época en la que el tiempo transcurría tan lentamente que los desplazamientos a los pagos y caseríos del municipio para atender a sus pacientes, los hacía Tomás Morales a lomos de un caballo y acompañado por el boticario Don Narciso Burell de Magro, estampa que no pasó desapercibida entre la generación de mis abuelos que describían al médico como un hombre campechano, tanto si estaba de tertulia improvisada sentado en los escalones del atrio de la Iglesia de la Concepción en el casco urbano de Agaete, como cuando se tumbaba, de vez en cuando, en plena acera de la calle principal (La Concepción), a la hora de la siesta, delante de la vivienda de su amigo Antonio Abad Ramos Medina, para observar de reojo y con disimulo a Leonor, su pretendida, que vivía justo enfrente con sus padres Don Graciliano Ramos Medina y Doña Ana de Armas Merino, y que le esperaba parapetada «tras los cristales de alegres ventanales» como dice la canción.

Fue en la casa de D. Antonio Abad, hermano de D. Graciliano en la que Tomás Morales inició las tertulias familiares y literarias a las que además de D. Narciso el boticario, asistían los amigos que había hecho en Agaete entre los que se encontraba D. Cirilo Armas Galván, a quien la afición por el teatro le facilitó la gran amistad que entabló con el dramaturgo en potencia que era Tomás Morales quien, para entonces, ya había estrenado el 4 de abril de 1910, en el Teatro Pérez Galdós de Las Palmas, el poema bíblico La cena en casa de Simón, conocida también como La Cena de Bethania. La prensa local acogió con buenas críticas el poema al que calificaba como «…uno de los más bellos del Nuevo Testamento, sublimado por la brillante prosa del poeta, prosa poética, con rima, con cadencia y sonoridades… una obra esmaltada de pensamientos admirables… un pequeño ensayo, hecho sin pretensiones, con aceleramientos a que le obliga una promesa ineludible y a corto plazo nos muestra Tomás Morales chispazos de su ingenio, galas regias de su poderosa imaginación, de su lenguaje de gran poeta»,

Teatro

Agaete contaba con un grupo de teatro de aficionados cuyo origen se remontaba a los años en los que hubo que recaudar fondos para la construcción de la actual Iglesia de La Concepción, después de aquel voraz incendio que convirtiera el antiguo templo en pasto de las llamas el 28 de junio de 1874, y que una vez cumplido aquel objetivo continuó su actividad vinculándose en el año 1908 a la nueva Sociedad La Luz bajo la dirección entusiasta de D. Cirilo, a quien la amistad con Tomás Morales le valió para intercambiar opiniones durante los ensayos y para introducir y enriquecer las veladas teatrales con recitales de poesía y algún que otro número musical, al estilo de cuando se estrenó La Cena de Bethania en el Teatro Pérez Galdós de la capital. Con el paso de los años D. Cirilo Armas Galván acabaría de escribano municipal y ejerciendo de corresponsal de prensa de la Villa de Agaete, falleció en el año 1945.

Durante sus años de estancia en Agaete Tomás Morales vivió y compartió las Fiestas en honor a Nuestra Señora de las Nieves que en aquella época se celebraban entre los días 3 y 7 de agosto, con un programa de actos similar, en lo esencial, a los actuales pero adaptado a las costumbres de aquellos tiempos, de tal manera que en el año 1910 la Diana y la Retreta se bailaron el día 3 agosto y la Rama el día 4 pero a las nueve de la mañana, con la fresca, acompañada de la Banda de Música de Agaete, gigantones y cabezudos porque aún no se había reflejado en los programas de las fiestas el vocablo papagüevo, quedando para las doce del mediodía la subida de la bandera acompañada del típico sonido de los voladores, cohetes y salvas y para la tarde-noche las carreras de caballos y de bicicletas y los paseos amenizados por la Banda de Música, reservándose el día 7 para los juegos y deportes en el Puerto de las Nieves con invitación al Real Club Náutico de Las Palmas en alguna ocasión.

A partir del año 1911, aquel pueblo de artistas que era Agaete introdujo como gran novedad en los programas de fiestas los desfiles de carrozas alegóricas acompañadas de farolas y antorchas y la iluminación eléctrica de las plazas de la Constitución y Andama (actual Plaza de Tomás Morales), cuyo resplandor y colorido en medio de la noche no sólo impactaron al gentío por la prestancia y categoría, sino que, a su vez, vino a calmar los ánimos de quienes no tuvieron más remedio que bailar la Rama convocada a las ocho de la mañana. Entre tantos voladores y fuegos artificiales hubo que lamentar en el año 1912 el fallecimiento del pirotécnico Cristóbal Dávila como consecuencia de la explosión de un petardo.

Llegado el año 1913 la Sociedad La Luz (El Casino) se había fortalecido social y culturalmente, influenciada por el grupo de tertulianos locales que lideraba Tomás Morales, entre los que había miembros de la directiva de dicha Sociedad y por la consolidación de la relación del médico y poeta con la familia Armas, razones por las que además de los juegos recreativos, la lectura de la prensa, los bailes oficiales y las veladas teatrales y literarias a las que asistían los socios y sus familiares, vinieron a sumarse al programa de las Fiestas de las Nieves la Banda de música La Luz que participó tocando alegres dianas los días 4, 5 y 6, las sesiones de cine al aire libre y hasta la participación de la Estudiantina de la Sociedad Nuevo Fomento de Las Palmas, porque los premios escolares se habían establecido anteriormente por indicaciones del insigne pedagogo D. José Sánchez y Sánchez, quien también fuera presidente del Casino.

Fue en el fragor de las Fiestas de ese año cuando se descubrió en la calle denominada hasta entonces «Del Carmen», una lápida dedicada a D. Antonio de Armas Jiménez con la que el Ayuntamiento había acordado dar nombre a dicha calle, a quien además de haber ostentado el patronazgo de la Virgen de las Nieves, había sido el impulsor para que el café de Agaete estuviera presente, junto con otros productos canarios, en las Exposiciones Universales de Filadelfia y París de 1876 y 1878, respectivamente, y en la Feria de las Provincias en Cádiz en 1879. A pesar del cambio de denominación de la calle, la vecindad continuó llamándole a la vía «calle del Carmen», de la misma manera que actualmente seguimos llamando «Cuesta de los Chorros» a la calle «Lago», y «El Barranquillo» a la calle «Juan de Armas Merino» y, por encima de las casas a la calle «El Canario» o por debajo de las casas, a la calle «Huertas», «Callejón de los Pobres» a la calle Norte, «Las Peñas» a la calle «San Francisco» y en mi época de juventud «Calle Larga» a las de «La Concepción» y «Guayarmina», según donde vivieras, sólo por citar algunos ejemplos.

La década en la que Tomás Morales desarrolló su proyecto de vida en Agaete fue una etapa convulsa para la humanidad como consecuencia del estallido de la Primera Guerra Mundial, que empezó el 28 de julio de 1914 y acabó el 11 de noviembre de 1918; produciéndose en medio de dicha hecatombe la Revolución Rusa o Revolución Bolchevique el 25 de octubre de 1917, según el calendario juliano vigente en la Rusia de entonces, o el 7 de noviembre según el calendario gregoriano por el que se regía occidente; lo cierto es que ambos sucesos fueron posteriores al enlace matrimonial entre Tomás Morales y Leonor Ramos de Armas, acontecido el 19 de enero de 1914 en la intimidad de la casa solariega de la familia de la novia, en la calle de la Concepción, a la que se desplazó para casarles el cura párroco D. Virgilio Quesada Saavedra, actuando como padrino D. Graciliano Ramos Medina, padre de la novia y como madrina Dña. Tomasa Castellano y Villa, madre del novio, una boda que estabilizó afectivamente al poeta y que le devolvería a su universo lírico.

Pletórico de felicidad, nuestro trovador retomó con brío el quehacer poético que su nuevo estado emocional le inspiraba, compaginando las obligaciones de la profesión que le llevó a la Villa Marinera con la devoción poética que le caracterizaba, y si Agaete y su paisaje ya estaban incorporados al patrimonio literario canario primigenio, gracias al Canto a Nuestra Señora de las Nieves recogido en la obra El Templo Militante de Bartolomé Cairasco de Figueroa, a quien se considera el fundador de la literatura canaria, llegada la contemporaneidad, Agaete revalidó su posición gracias a Tomás Morales al que se le considera el iniciador de la poesía canaria moderna.

Nombramiento

Pasado el jolgorio de los días 3 y 4 de agosto en los que el evento más importante y central era La Rama, llegaban los días 5 y 6 centrados en los actos religiosos en honor a la Virgen de las Nieves, a los que si hasta el momento acudía Tomás Morales por razones de su cargo como médico, a partir de ahora lo haría también en función del nuevo nombramiento del que se hizo eco la prensa, especialmente el diario republicano El Progreso, que cuenta como «el notabilísimo poeta canario Tomás Morales, autor del celebrado libro Los poemas de la Gloria, del Amor y del Mar, acaba de ser nombrado médico habilitado de Sanidad exterior del puerto de Agaete», noticia que fue muy celebrada en vísperas de las fiestas de las Nieves de 1913.

A las autoridades locales se unieron, en ocasiones, las que acudían desde Las Palmas, como sucedió en el año 1914 con la presencia en la función solemne del día 5 de D. Manuel Luengo Prieto, delegado del Gobierno en Gran Canaria, y el señor obispo Ángel Marquina Corrales, que había sido nombrado en marzo de 1913 para sustituir al señor obispo Adolfo Pérez Muñoz, quedando los panegíricos y sermones en manos de las águilas blasonadas de la retórica diocesana como fueron unas veces los arcedianos de la catedral y en otra el prior de la orden franciscana, destacando entre ellos el canónigo lectoral y teólogo del cabildo catedralicio D. José Feo Ramos.

Ante tal despliegue de eminencias el programa de fiestas de los años 1914 y 1915 resalta, con intención de impresionar, los cañonazos que se disparaban para recibir a la Virgen de las Nieves desde el actual Mirador de la Cruz, en la zona de Las Peñas, conocida entonces como Fortaleza y Batería del Gurugú, y que hasta mi adolescencia mantuvo la zona de trincheras excavadas durante la Primera Guerra Mundial -según contaba la gente mayor de entonces-, quedando para la noche «la bonita cascada y un buen imitado volcán de efectos maravillosos en una de las montañas inmediatas».

Neutralidad

Mientras la prensa se hacía eco del desarrollo de la Primera Guerra Mundial con titulares del tipo «Alemania en territorio ruso», «Los serbios derrotan a los austriacos» o «Holanda y Bélgica se defienden» y las autoridades del momento se vanagloriaban de la neutralidad española ante el conflicto, los daños colaterales de la contienda se tradujeron en hambre y en paro, causas ante las cuales se exigían planes de obras públicas y de agricultura que generaran empleo y negociaciones con las navieras para rebajar el coste del transporte y de los fletes a Canarias.

Entretanto, las Fiestas en Honor a la Virgen de las Nieves de aquel año finalizaron con la bendición del Nuevo Cementerio el 7 de agosto de 1914, atendiendo previamente a una supuesta petición del obispo Marquina (que repetiría visita al año siguiente), para que el acto tradicional de reparto de pan a los pobres durante las fiestas, se hiciera de manera privada en sus domicilios y no públicamente como se solía hacer, por lo que de vejatorio pudiera suponer para quienes lo recibían.

De aquel proyecto de vida que iniciaran Tomás y Leonor en enero de 1914 surgieron los versos que consagraron al poeta y lo situaron entre los más destacados del modernismo literario, poesía apasionada, impregnada de ternura y amor como el que le profesaba a Leonor su «… Compañera ideal, amiga clara!/ Todo mi ser tornóse transparencia/desde el momento aquel en que se hallara/ mi edad de oro con tu adolescencia…».

Compartir el artículo

stats