Santa Brígida

Las historias que esconden las bodegas de Santa Brígida

Tres de los dueños de las bodegas del municipio explican la historia que les ha hecho dedicarse a esta profesión

El municipio satauteño recaudó 57.060 kilos en la vendimia de 2023

Cristina Millán junto a sus viñedos, pertenecientes a la bodega San Juan

Cristina Millán junto a sus viñedos, pertenecientes a la bodega San Juan / Andrés Cruz

Una pasión, un trabajo que ha ido de generación en generación o una casualidad de la vida. Las opciones son varias para descubrir qué es lo que se esconde detrás de las bodegas del municipio de Santa Brígida, y aunque la imaginación juegue a veces su propio papel, tres de los dueños de estos negocios explican el motivo por el cual su vida depende de las vendimias de cada año, y de los vinos que se vendan en la Isla.

Son muchos los vecinos de Santa Brígida los que aseguran que los vinos del municipio son los mejores. En concreto, los vinos de la isla de Gran Canaria siempre han tenido buena recepción, y uno de los aspectos claves es el cuidado que le dan a sus cosechas. Mucho amor, cariño y pasión para que a la hora de la vendimia todo salga a la perfección y Santa Brígida siga produciendo los vinos que produce. Las historias que hay detrás de cada una de ellas también cuentan, y es que cada una de ellas enseña una lección de vida. 

Cristina Millán lleva en la sangre la pasión de las bodegas y los viñedos desde que era muy pequeña. Un amor generacional que ha ido pasando de padres a hijos. Se trata de la bodega San Juan, fundada en el año 1912  por el tatarabuelo de Cristina. “Desde pequeña he estado en los lagares pisando uvas, cuando crecí estudié ingeniería agrónoma y desde siempre lo he vivido”, confiesa orgullosa. Ella, sin lugar a duda, describe la vendimia como una fecha clave y uno de los días más importantes del año “porque llevas mucho tiempo trabajando para el cultivo, pendiente a que todo salga bien, y ese día ves los frutos de todo ese esfuerzo”, explica. 

Un sinfín de horas y mucha dedicación para mantener intacto un patrimonio familiar e isleño, porque tal y como comenta Cristina, parece que ahora hay un boom en los vinos de Gran Canaria, siendo reconocidos a nivel europeo. A pesar de ello, las crisis y las guerras han hecho que el turismo baje en el archipiélago, y con ello, las ventas de los vinos. Un futuro esperanzador que hace a los especialistas en el sector mantenerse con ilusión. “Los vinos de Gran Canaria tienen una tipicidad muy marcada. Son vinos afrutados, con carácter propio y definido con olor a mineral. Es algo que pocas bodegas se atreven a hacer”, remarca. 

Por su parte, los hermanos Martín Monzón, de bodegas y vinos Lava, llevan desde el año 2013 al mando de este oficio. Nacidos en una familia agrícola, fue Guillermo el que tuvo la iniciativa de comenzar a estudiar en la escuela de capotaje agrícola de Arucas, para acto seguido poner rumbo a Tenerife para seguir con sus estudios, esta vez en viticultura. Más adelante, ya atraído por este trabajo, fijó sus metas en Valencia, donde hizo el ciclo de agricultura. Él, fue el responsable de impulsar a Juan Manuel, su hermano para estudiar lo mismo. "Poco a poco ellos dos empezaron a hacer vinos como hobby y comenzaron a trabajar. Fuimos reuniendo y compraron maquinaria", desvela Mari Carmen, la tercera de los hermanos.

La bodega San Juan se fundó en el año 1912 y a día de hoy sigue funcionando, pasando de padres a hijos

Ella, sin ninguna relación con la vida agrícola y con su carrera en magisterio, se fue enganchando a lo que le contaban sus hermanos hasta que con el paso del tiempo se quedó con la gestión de la bodega. "Empecé a hacer cursos y a formarme con la ayuda de mis dos hermanos, y ahora hago de todo", explica. Ahora, es ella la única de los hermanos que vive del vino, mientras que sus dos hermanos ayudan. "Para vivir de esto muchas personas hay que producir mucho y nosotros no podemos producir más porque sería otra forma de elaboración y no de forma manual y artesana, como la hacemos en nuestra bodega". Una producción que oscila entre los 5.000 y los 8.000 kilos, con una entrada de 8.000 botellas de vino.

De veterinaria a llevar una bodega, más exactamente las bodegas Volcán. Esa es la historia de Elías Santos, que asegura que a pesar de comenzar con su carrera universitaria dedicada a los animales, nunca llegó a engancharse a ella. "Mi hermano mayor que vivía en Tenerife me invitó a una vendimia, porque su familia tenía tierras y una bodega que estaban creando", explica. "Yo encantado voy y rápidamente me engancho a este mundo del vino, me marché a Valencia a estudiar y desde el año 2000 me dedico a esto", asegura orgulloso. Su actual bodega es un antiguo garaje de su casa habilitado, y aunque no poseen de fincas por el momento, tienen viticultores que les proveen de uvas.

Elías Santos pasó del amor por los animales, al amor por los vinos gracias a una vendimia junto a su hermano

"Nuestra bodega es pequeñita, con dos terrazas para cuando hacemos los tenderetes", explica Elías. "Por el momento, hacemos poco vino porque con el tema de la pandemia le cogimos miedo, pero con el tiempo volveremos a retomar el volumen" asegura. Además, una de las cuestiones por las que bodegas Volcán hace vinos en pequeñas cantidades es porque la formación de Elías le permite seguir investigando con variedades, pues una de sus pasiones es innovar con vinificaciones raras, como espumosos o fortificados. Su hermano, que fue el responsable de hacer que se enamorara de los vinos, no se dedica a esta profesión.

Historias enlatadas que hacen que las bodegas de Santa Brígida tengan un pedacito de alma, haciendo entender que el esfuerzo que hay detrás de cada una de ellas es superior al que en algún momento podríamos imaginar. Momentos que han hecho que sus dueños, hoy en día, se dediquen a una profesión que cada vez parece más olvidada y que con el paso del tiempo parece ser un poco más reconocida, sobre todo en la Península y en Europa en general. Historias que se esconden en la inmensidad de las fincas y entre estanterías llenas de vinos que marcan un punto de partida en un camino que para el que todo el que se sumerge, es extraordinario.