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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Comercios históricos de la capital

Los pollos asados más internacionales están en Schamann

El asadero El Puente, en la calle Zaragoza, atrajo en su momento a visitantes y extranjeros a su local, abierto desde 1962

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Asadero de pollos El Puente José Carlos Guerra

Desde 1962, el olor a pollo asado inunda la calle Zaragoza. El asadero El Puente se ha convertido en un referente en la restauración de la capital, siendo el primero en ofrecer esta alternativa para aquellas personas que, o no tenían tiempo de cocinar o querían disfrutar de un día fuera y su opción más viable era la de la comida preparada. Una forma de «democratizar» el consumo de este ave en épocas en las que era mucho más cara.

Los pollos asados del asadero El Puente, en el barrio de Schamann, dieron la vuelta al mundo. Así lo asegura su propietario, Antonio Hernández, hijo de uno de los cofundadores del establecimiento, que amplió su negocio a la venta de comida preparada en 1962, siendo ya un pequeño supermercado de barrio. Poco después, y ante el éxito que alcanzaron, decidieron dejar de lado esta actividad primigenia y centrarse en la de restauración, con la que se convirtieron en uno de los comercios más señeros de la capital. Porque es raro el habitante de Las Palmas de Gran Canaria, e incluso de la Isla, que no conozca los famosos pollos de El Puente.

El padre de Antonio y su tío salieron de las medianías de Telde, donde tenían una familia humilde que se dedicaba a la actividad agrícola como tantas otras en la Gran Canaria de mediados de siglo pasado. Al llegar a Schamann, su carácter inquieto y sus ansias por poder ganarse la vida y dar un futuro a sus descendientes, les hizo alquilar un pequeño local en el que fundaron una tienda de aceite y vinagre, para luego comprar el edificio en el que se encuentran en la actualidad y crear un supermercado, al albur del surgimiento de los primeros establecimientos de este tipo en la ciudad. En 1962, ampliaron su modelo de negocio y dieron un paso más: comenzaron la venta de pollos asados dentro del mismo supermercado. Para ello, tuvieron que mandar traer desde Barcelona una máquina eléctrica que los cocinara, la cual todavía conservan en el local, que solo era capaz de asar cuatro aves al mismo tiempo, y tardaba la friolera de tres horas. El primer día tuvieron 15 encargos. Solo pudieron entregar ocho. Pero esa experiencia les sirvió para mejorar.

Poco tardaron en comprar una máquina de gas más grande y con mayor capacidad de cocción. El flamante artilugio ya podía asar hasta 12 pollos a la vez, aunque el éxito que comenzaron a granjearse les hizo ver, pronto, que también se quedaba insuficiente. Por ello, dejaron de lado la idea del supermercado y se embarcaron en la restauración. Fue un antes y un después. El de Schamann fue el primero y ya cuentan con una decena de establecimientos en distintos puntos de la capital, e incluso en Gáldar y Vecindario. La voz se fue corriendo y enseguida se vieron desbordados.

"Hubo momentos en los que llegábamos a vender 500 pollos a la hora, una auténtica locura. Las colas de la gente daban la vuelta a toda la manzana", relata Antonio. Y es que, en aquella época, no existía la variada oferta de comida rápida y gastronómica que tiene Las Palmas de Gran Canaria en la actualidad, por lo que muchas familias que pasaban sus domingos de excursión se llevaban el pollo asado y las raciones de papas para comerlas en el monte, en la playa o donde les pillara de camino. Una tradición muy autóctona que en pleno siglo XXI, pese a las múltiples opciones disponibles, sigue teniendo su peso, sobre todo los fines de semana. Aunque también hay mucha gente que trabaja entre semana y no le apetece cocinar, por lo que termina llevándose un plato preparado y no meterse en la cocina.

«Cuando un negocio como este pasa de los 50 años de vida, ya está estabilizado», asegura Hernández

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Durante mucho tiempo, fueron, según asegura su propietario, el primer y único asadero de pollos abierto en la capital. En esos 15 años hasta que abrió otro establecimiento similar, el boca a boca se extendió por toda Gran Canaria, pero también fuera de la isla. Mucha gente que visitaba la ciudad, u otros municipios, se acercaba hasta la calle Zaragoza, 39, para comprar uno de los famosos pollos asados de los que le habían hablado. Incluso extranjeros se dejaron llevar hasta Schamann. "Mi familia estaba encantada con el éxito que tuvimos", remarca el hombre.

Otro de los aspectos que destaca el propietario es que, gracias al negocio que abrieran su padre y su tío en aquella ya lejana década de los 60, consiguieron "democratizar el consumo de pollo". Y es que, en su opinión, había mucha gente humilde que no podía permitirse comer pollo muchas veces porque resultaba muy caro, y ellos consiguieron acercarlo a precios más asequibles. Recuerda que, en los primeros momentos, el pollo entero costaba unas 60 pesetas, y cada ración de papas, 10 pesetas. "Fíjese la diferencia", señala respecto a la actualidad.

Al final, es toda una vida la que lleva dedicada a este negocio familiar, acompañado por algún empleado que lleva prácticamente el mismo tiempo que él, como Ana María, que ha cumplido más de 50 años en el establecimiento recientemente. Ambos afirman que, en aquellos grandes momentos del asadero, "la gente venía con sus propios calderos de casa para recoger las raciones", ya que los típicos recipientes de aluminio propios de estos establecimientos, todavía eran un sueño lejano.

Todavía conservan la primera máquina que compraron para asar las aves, cuando eran un supermercado

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Junto con su socia, Estrella Hernández, Antonio lleva toda su vida "mamando de esto" y a sus 70 años todavía no se jubila, ni quiere hacerlo. Además, una de sus hijas trabaja también en este establecimiento, por lo que la tercera generación parece asegurada, como ya lo hacen otros sobrinos en otros de los asaderos que tienen por la isla. "Cuando un negocio pasa de los 10 años, en esta época, se puede decir que está medio encaminado. Cuando supera los 25 años, parece muy complicado que cierre. Cuando un negocio pasa de 50 años, como el nuestro, ya está estabilizado", señala Antonio con inmenso orgullo. Y es que El Puente sigue teniendo una larga vida por delante.

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