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A la intemperie

Tiene dueño

En algún sitio hay alguien que sabe más de mí que yo. Cada vez que saco la tarjeta de crédito para pagar un taxi o una botella de vino (aunque también un sobre de espaguetis), facilito uno de mis rasgos. Con todos ellos, en alguna parte del mundo, va construyéndose un retrato robot que delata el tipo de consumidor que soy. Averiguado eso, resulta sencillo adivinar todo lo demás: si tengo un temperamento religioso, si me gusta la novela policiaca, si como sin sal (y si soy hipertenso, por tanto), si llego a fin de mes con dificultades, si mis hijos son mayores, si estoy jubilado, si soy un comprador reflexivo o de impulso, si me acabo de divorciar, si he tenido un nieto o una nieta, si me he muerto?

Deberíamos tener acceso a esos bancos de datos en los que se encuentra una radiografía de nuestra personalidad. No por nada, sino por saber quiénes somos. Personalmente, deduzco la clase de ciudadano en que me he ido convirtiendo de la publicidad que recibo en mis herramientas informáticas (ordenador, tableta, teléfono móvil?) Tal propaganda no es gratuita: responde a movimientos económicos (y anímicos en consecuencia) que he realizado de manera inconsciente a lo largo del último mes. Significa que si una agencia de viajes me propone viajar a Cuenca (verbi gratia), es porque me lo he ganado a pulso.

Tenemos, en fin, un doble virtual atrapado en las entrañas de un robot. Ese doble es más parecido a nosotros de lo que podríamos imaginar. Es más tú que tú porque está hecho de tus descuidos, de tus acciones mecánicas, de los movimientos involuntarios de tu cuerpo y de tu alma, de las acciones en las que no reparas. Si nos lo colocaran delante, como la imagen del espejo, ¿nos gustaríamos? No es probable. Pero no lo han creado para que nos gustemos o nos dejemos de gustar, sino para saber qué se nos puede vender a cada uno y qué no. A este, dice el robot, ofrézcanle experiencias gastronómicas; a este otro, vinos de la Ribera del Duero; al de más allá, bicicletas estáticas?

A veces pienso en ese doble mío, en manos de las grandes corporaciones, y me pregunto si habría forma de rescatarlo para casarme con él. O para divorciarme de él. Pero tiene dueño.

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