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Tropezones

Emprendedores precoces

No quisiera emular al abuelete Cebolleta, en mis relatos de batallitas y vivencias, pero lo cierto es que los infantes y adolescentes de hoy día son realmente como para echarles de comer aparte.

Observen simplemente a un grupo de jóvenes con sus móviles en ristre, todos ellos ausentes de su entorno, conectados con otros ausentes, presentes en el éter. ¿Quién dijo que el teletransporte era cosa del futuro? Y cuando no están con el móvil son las maquinitas o la play station sus acompañantes predilectos.

Admito que cuando yo tenía 13 años, nuestras actividades eran más primitivas y desde luego menos pacíficas, aunque no por ello menos creativas. Recuerdo que ya a tan temprana edad habíamos descubierto la pólvora. ¿Qué joven de hoy día sabe combinar en las dosis necesarias el carbón, el azufre y el clorato de potasa? Cierto es que los dos primeros ingredientes se conseguían fácilmente en las hoy extintas "droguerías". Pero no es menos cierto que hacerse con el tercer componente requería cierto espíritu emprendedor e innovador. Nosotros comprábamos en la farmacia unas pastillas para la tos cuyo principio activo era precisamente lo que una vez machacado en un mortero nos proporcionaba el elemento clave de la pólvora artesana, cuyo uso el lector ya puede imaginarse. Como también éramos capaces de elaborar perfumes caseros macerando las hierbas y escasas flores de los solares de los aledaños, donde hoy día se levantan edificios de viviendas. Aunque he de confesar que siempre nos veíamos abocados a mejorar el producto final añadiendo algo de Chanel nº 5 de nuestras madres.

Es verdad que, como precoces emprendedores que éramos, tan poco vigilados por nuestros progenitores como lo son hoy los jóvenes que bucean en internet, estábamos expuestos a ciertos peligros. Recuerdo cuando desde la azotea de mi casa lanzábamos flechas de papel tras haberles pegado fuego a la popa. Era otra actividad innovadora que desgraciadamente hubimos de interrumpir en su inicio, tras haberse introducido una de esas flechas en el piso de abajo, con evidente riesgo de incendio de todo el edificio. Como tampoco dejo de reconocer que el lanzar bolsas de plástico de medio litro de agua a los viandantes cinco plantas más abajo suponía un riesgo que no éramos todavía capaces de calibrar. Vamos que de haber acertado en alguna cabeza con uno de esos proyectiles, equivalentes a una piedra de medio kilo a una velocidad de sesenta y dos kms por hora, podíamos haber tenido algún problemilla.

Pero convendrán conmigo que en nuestro ocio juvenil anidaba una gran dosis de I+D que en la juventud de hoy día parece brillar por su ausencia.

Para no ser tan derrotista, quizá deba evocar a uno de mis nietos, que pese a su corta edad apunta ya maneras. El otro día no tuve demasiadas dificultades en convencerle, que con el calor agobiante que sufríamos ese día, los Dóberman del jardín de nuestro vecino agradecerían sin duda un manguerazo de agua. Aunque el resultado no fue exactamente el esperado, pues los muy ingratos se pusieron a aullar desesperadamente, sigo manteniendo que mi nieto sí tiene madera de emprendedor, y confío que pueda recoger algún día el testigo de mi añorada juventud.

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