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Escrito en el agua

Una casa desconocida para Oliver Sacks

Me gustaría creer que cada uno de nosotros es una llama que no se consume del todo. Una llama que, para traicionar un poco las palabras de Rolando Gabrielli, ignora cómo será con exactitud "el reflejo dorado, la pulpa desconocida" que un día se extenderá más allá de su carne.

En cierta ocasión, charlando con Javier Muguerza en la Residencia de Estudiantes, le apliqué la palabra "descreído", sin mucha carga de profundidad y como aliñando deprisa una ensalada de ideas. Él pasó sus guantes de algodón y filosofía sobre la palabra y descubrió que le resultaba áspera e inexacta, así que me advirtió que prefería que lo llamara "in-creyente" porque la palabra señalaba mejor el doloroso tránsito que implica perder la fe y, con ella, la esperanza de que esa llama que arde en cada uno de nosotros continúe brillando más allá de estos campos. El viento de marzo va podando las ramas de los castaños y me recuerda que yo también voy dejando muñones de esperanza por el suelo. Supongo que eso es vivir. Ir cerrando estancias sabiendo que hay un estancia final en la que dejaremos todo lo que hemos ido reuniendo, ignorantes de que, como me dice el fontanero que ha venido a reparar el grifo de la cocina, "de aquí nadie se va con una soga en la pata".

Hay muchas formas de decir adiós, pero ninguna tan emocionante como la que nos recuerda que hay en la palabra a-Dios una gramática oculta, el coletazo final de una energía que no podrá enviarnos a los brazos de un padre sino a una patria vacía y extranjera donde todos los días se izan las banderas para las que no hemos prestado juramento alguno. Sirvo estas cosas con el primer café de la mañana mientras voy leyendo a sorbos la carta de un viejo amigo que ha empezado a recoger los días uno por uno porque sabe bien que "este será mi último puñado de rosas". Es él quien me recuerda ese reciente artículo en el que el neurólogo Oliver Sacks dice adiós a la vida. "Hace un mes -escribe Sacks- me encontraba bien de salud. A mis 81 años, seguía nadando un kilómetro y medio cada día". Ahora sabe que las metástasis del melanoma ocular del que fue tratado hace nueve años han ocupado su hígado y que no habrá forma de detenerlas.

En su artículo de despedida, el autor de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero compara su actitud ante la muerte con la de David Hume, uno de sus filósofos más admirados. Mortalmente enfermo, en un día de abril de 1776, Hume escribió una breve autobiografía titulada De mi propia vida. Sacks ha terminado la suya, bastante más larga, salvo que es muy probable que no pueda verla en las vitrinas de las librerías. Hume era alegre y tranquilo. Sacks es inquieto y apasionado. Ambos coinciden, sin embargo, en la nueva luz que arroja sobre la totalidad de sus vidas la inminencia del final. "De pronto -escribe Sacks- me siento centrado y clarividente. No tengo tiempo para nada que sea superfluo. Debo dar prioridad a mi trabajo, a mis amigos y a mí mismo. Voy a dejar de ver el informativo de televisión todas las noches. Voy a dejar de prestar atención a la política y a los debates sobre el calentamiento global. No es indiferencia ni distanciamiento." Son cosas de un futuro que ya no será el suyo.

Es muy probable que Sacks haya tenido que enfrentarse, a lo largo de su vida, a ese camino de espinas que separa la fe de la increencia. Imposible, sin embargo, dejar atrás del todo el tiempo de la omnipotencia infantil, la ilusión de que es posible apagar un faro con el dedo y saltarse las leyes de la naturaleza. Por eso su declaración es doblemente hermosa: "No puedo fingir que no tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio? Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso pla-neta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura."

A un paso de la muerte, Oliver Sacks ve su vida "igual que si la observara desde una gran altura, como una especie de paisaje, y con una percepción cada vez más profunda de la relación entre todas sus partes." Ojalá la muerte de los otros nos enviara a cada uno de nosotros un ramalazo de conciencia que nos enseñara a distinguir lo importante de lo superfluo y a agradecer esta aventura impagable por las entrañas de un tiempo que es misterio y es danza y estallido y clausura.

Doy las gracias a mi amigo moribundo y a Oliver Sacks, ambos con el pie ya puesto en el estribo. Los dos han puesto en este primer café de la mañana la certeza de que es necesario hacer un alto en nuestra huida para pensar que la muerte nos concierne, también, a nosotros.

Y un alto, ¿por qué no? para seguir soñando que, como escribe el recién fallecido, el inmenso poeta Arnaldo Calveyra, "morir será encender una lámpara en la casa desconocida".

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