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Cada cosa en su sitio

Los triunviros ya son dos

La república Podemos da otro paso hacia el imperio. La dimisión, o lo que sea, de Juan Carlos Monedero, deja la gobernanza del movimiento en manos de Pablo Iglesias e Íñigo Errejón. El hasta ahora número tres se siente "traicionado" y no duda en manifestarlo públicamente. El número uno acepta la baja sin el menor debate interno, en clara demostración de que quien manda, manda. Los conglomerados horizontales, asamblearios y autogestionados están muy bien para las victorias testimoniales, pero a la hora de competir con otros por el poder institucional se impone la organización desde la unidad de mando y la unanimidad en torno a un programa más o menos formulado. Queda la nostalgia de quienes creyeron que un país integrado en las principales estructuras globales puede funcionar en la revolución permanente o el acratismo utópico.

El reto para Iglesias es convencer a los electores de que la utopía no se disuelve en distopía a efectos del pragmatismo electoral, ni que la necesidad de "volar" del intelectual Monedero cuestione el vuelo idealista de los aplicados al cambio necesario. En su mayor parte, el crecimiento exponencial de este grupo es resultado de un sueño realizable, que empezó a articularse formalmente con el proceso variopinto de aproximación a las elecciones del 24 de mayo, en el que todos los nominalismos se confunden en la promiscua conjugación de la primera persona del plural. Las variantes ya son demasiadas a escala territorial, y habrá votos que beneficien a los grupos que pretendían evitar, o viceversa. La llamada a las urnas ha sido demasiado precoz para las previsiones de Iglesias, Errejón y Monedero, quienes, tratando de no comprometerse con los aprovechados del río revuelto, han creado una babel que puede costarles serios disgustos.

Monedero ya no cuenta, mientras que Podemos ha emprendido el descenso después de doblar un ochomil. Ya se sabrá si hay relación entre ambas cosas. Después de Andalucía se hizo apremiante trabajar la imagen que destierra temores y desconfianzas entre los votantes no ideológicos, que son la inmensa mayoría. El espejo en que el dimisionario cree que se mira la dirigencia del grupo es el de la ambigüedad ideológica, la exclusión de todo radicalismo y la promesa de eficacia institucional de unos aspirantes que quieren cambiar el país en términos cada vez más aceptables por amplios sectores. Los vaticinios demoscópicos son puro ensueño, como se ha visto en Andalucía. El discurso ilusionante y las adhesiones de aluvión no tienen reflejo paralelo en el escrutinio de lo que se deposita en las urnas. Monedero quedó seriamente tocado con el escándalo de sus ingresos no declarados. Como no hay tiempo para el olvido, se le aparta y amén. A ver cuánto le dura Errejón al cesáreo Iglesias.

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