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Crónicas galantes

La izquierda, la derecha y la yenka

Celebra la dirección del PSOE que Mariano Rajoy haya acordado por fin negociar el gobierno con "las derechas" y no con un partido tan decente y progresista como el suyo. Los chicos con los chicos y las chicas con las chicas, viene a decir la jefatura socialdemócrata encabezada -todavía- por Pedro Sánchez.

Lo notable del asunto es que Rajoy y el líder de Ciudadanos Albert Rivera tan solo han pactado la apertura de un canal de comunicación o algo así. Nada que ver con el acuerdo para un gobierno reformista y de progreso firmado solemnemente el pasado febrero por el izquierdista Sánchez y el mismo Rivera al que ahora etiqueta el PSOE como representante de "las derechas".

En esto se conoce que el de la política es un mundo de geometría variable. Un mismo partido puede ser progresista y reformista si hace peña con la presunta izquierda para hacer presidente a Sánchez; pero también reaccionario y de derechas si consiente en hablar con el líder del PP.

Aunque Rivera insista en que no votará a favor de la investidura de Rajoy y mucho menos va a negociar-o eso dice- un pacto de gobierno como el que sí firmó con Pedro Sánchez.

Quizá ocurra que hablar de izquierda o derecha resulte algo arcaico a estas alturas del tercer milenio: y Sánchez todavía no se haya enterado. Esos conceptos tienen su origen en tiempos tan lejanos como los de la Revolución Francesa, por la razón un tanto casual de que el clero reaccionario y los aristócratas se sentaran a la diestra en la asamblea, a la vez que los revolucionarios burgueses lo hacían en la parte izquierda.

Más de dos siglos después, ese sistema de posicionamiento político ha perdido casi todo su sentido original hasta el punto de hacer inútil el manejo de un GPS para distinguir entre izquierdas y derechas.

En el caso particular de España, por no ir más lejos, fue un gobierno de derecha dura como el de José María Aznar el que suprimió la anacrónica institución de la mili. Y otro de izquierdas, presidido por Felipe González, el que remetió al país en la OTAN: una organización que el propio PSOE había tachado de militarista y derechista cuando concurrió a las elecciones bajo la promesa de sacarlo de ella.

Tampoco es de pasmar -aunque no parezca normal- que le tocase a un gobierno de Rajoy la tarea de nacionalizar una parte de la banca, como venían exigiendo los indignados del 15-M y pide aún la Izquierda Unida en alianza con Podemos.

Paradojas como estas se entienden mejor al ampliar la perspectiva y echarle el ojo a la República Popular de China, que formalmente sigue siendo un régimen de extrema izquierda aunque en realidad se haya constituido en el más importante puntal del capitalismo en el mundo.

Nada de esto parece haber influido en el pensamiento del socialdemócrata Sánchez, que aún sigue hablando de izquierdas y derechas como si fuese posible encontrar diferencias esenciales entre su programa y el de los partidos que encabezan Rajoy o Rivera.

Igual se ha quedado en los remotos tiempos de la yenka. Aquel baile que estuvo de moda en los años sesenta gracias a su pegadizo estribillo: "Izquierda, izquierda; derecha, derecha; adelante y atrás". Con lo joven que es, cuesta creer que se acuerde de tales bobadas.

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