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Tropezones

Encrucijadas

Ya sé que no se pueden poner límites a la divina providencia, pero en más de una ocasión me he preguntado si el desenlace desigual de muchas de sus intervenciones no será debido a su exceso de trabajo.

Veamos algunos casos.

El ejemplo más clásico, que se nos suele desvelar con cierto deje admirativo es el del primer encuentro con la pareja que al final terminará por condicionar toda nuestra existencia. "Es curioso, pero conocí a mi marido en una fiesta a la que en realidad no había pensado ir". ¿Verdad que reconocen el planteamiento? Como también recordarán las ganas reprimidas de preguntarle a la interesada:"¿Preferirías haberte quedado en casa?"

Y en el mismo sentido recuerdo el interesante enfoque de una película que consideraba dos hojas de ruta distintas para la protagonista en función de que llegara a coger el metro por los pelos, o que por el contrario se le cerraran las puertas en las narices y tuviera que afrontar un destino totalmente distinto, por tan nimia diferencia. El desarrollo del film nos presenta en realidad dos películas totalmente contrarias, y eso sin necesidad de que el metro perdido se tuviera que estrellar, sino que bastaba tal vez con que la demora propiciara un encuentro inesperado, no recuerdo ahora si dichoso o nefasto.

Este fenómeno de las grandes consecuencias de pequeños sucedidos, incluso ubicados en alejadas partes del mundo, ha dado lugar al llamado "efecto mariposa", derivado del proverbio chino: "El aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo". (¿Se han percatado Uds. de que los chinos parecen tener proverbios para cubrir cualquier eventualidad?).

Repito que lejos de mis intenciones meterme con la divina providencia, pero no quisiera pasar por alto un doloroso suceso donde no sólo intervino una vez sino por lo menos tres para terminar con la vida de un buen amigo, César Manrique, que como todos recordamos murió en Lanzarote en un trágico accidente de tráfico. Para tal desenlace no sólo tuvo que montar una colisión improbable en una rotonda sin tráfico, de un jeep solitario embistiendo el Jaguar de César. Además hubo de encargarse de que el chófer que recogía al artista por las mañanas estuviera indispuesto. Y por si fuera poco se las amañó para que César se olvidara las gafas en casa a la hora de tener que empuñar él mismo el volante de su coche.

No me negarán que aunque pueda alegarse que a César "le había llegado su hora", yo casi me atrevería a barruntar cierta dosis de ensañamiento.

Pero bueno, mejor me callo, no sea que por un mero "efecto mariposa" puedan llegar a oídos de la providencia mis lamentaciones, con posibles represalias que no me atrevo ni a imaginar.

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