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La Provincia - Diario de Las Palmas

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A LA INTEMPERIE

Vidas inútiles

Las ciudades tienen con las palomas una relación ambivalente. Les gustan y las odian a la vez. Hay quien las llama "ratas del aire" y hay quien las erige en símbolo de la paz. En los hangares de los aeropuertos las temen porque sus excrementos resultan extraordinariamente corrosivos incluso para los metales más duros.

Antes las combatían con halcones, creo, no sé ahora de qué manera las evitan.

En todas las plazas de todas las ciudad del mundo hay palomas revoleteando alrededor de la estatua del prócer.

Cuando llegan los niños con los abuelos, abandonan los hombros y la cabeza del héroe nacional, sobre los que han defecado minuciosamente, y bajan a comer palomitas o miguitas de pan.

Los niños, atentos al movimiento de sus alas, no se fijan en sus patas, que por lo general no son patas, sino muñones. A las que no le faltan un dedo o dos, le faltan todos. ¿Por qué? Al principio, creíamos que se los comían unas a otras en una especie de ceremonia caníbal, pero lo que ocurre es que estos animales se llevan a los nidos todo lo que encuentran por ahí, e hilos, muchos hilos, sean de lana o cobre. Luego se enredan las patas en ellos y al intentar liberarse se amputan los dedos.

De esto, los niños no se enteran y es mejor que no se lo cuenten. Ya la vida les irá enseñando lo cruel que es todo. Lo que queríamos señalar, en fin, es que las palomas de ciudad son parias.

A menudo, además de cojas, están sucias por culpa de los tubos de escape de los coches. Y por la polución, claro, que nos afecta a todos, aunque nosotros nos duchamos y, por fuera al menos, no se nos nota. Pruebe usted a cruzar una ciudad como Madrid en bicicleta y verá que al llegar a casa tiene en el rostro y en la frente una capa de hollín, cuando no de aceite.

Esas micropartículas de aceite se cuelan entre las plumas de las pobres palomas urbanas, generando pegotes de petróleo sólido que merman poco a poco su capacidad de volar. Por eso se las ve tanto por debajo de los coches.

Un desastre, sí, qué lástima. En Barcelona han decidido reducir la población de estos animales añadiendo al pienso de sus comederos una sustancia que inhibe el deseo sexual. Parias y asexuadas.

Vidas inútiles.

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