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OBSERVATORIO

Nada es verdad, tampoco mentira

Entonces, ¿qué es? Pues depende. Partiendo de que existen dificultades para su identificación podríamos afirmar que estamos ante una abstracción, un híbrido, una ilusión o quizás una alucinación. ¡Está bien!, pero hay que intentar definir de qué estamos tratando, porque si no las ramas nos impedirán ver el bosque. Normalmente, cuando aludimos a estos términos solemos hacerlo en el ámbito de lo moralmente correcto o dicho de otro modo, en relación con la coherencia entre lo que pensamos o sabemos y lo que decimos o hacemos; también atribuimos la verdad a ese juicio o proposición que no podemos contradecir racionalmente, y decimos que es mentira lo contrario, es decir, lo que podemos refutar con más o menos facilidad. Quedan pues alejadas de esta breve descripción lo que para algunos son verdades absolutas tanto desde un punto de vista filosófico, como místico o religioso; del mismo modo no encajan aquí lo que podríamos denominar verdades a medias o mentiras piadosas.

El interés que inspira los comentarios que siguen tiene más que ver con nuestra capacidad de valorar lo que nos rodea, tanto desde un punto de vista físico como virtual o en incluso en nuestra imaginación.

Limitando así el alcance de este pretendido repaso, todo depende de nuestras percepciones y aquí intervienen no sólo nuestros sentidos (nuestros primeros sensores), también lo hace la forma de interpretar lo que sea, pues dependerá de nuestros conocimientos, de nuestras experiencias, de nuestras preferencias, de nuestros deseos o incluso de nuestra intuición y, en definitiva, de nuestra capacidad intelectual. Pero ni una cosa ni otra nos garantiza que aquello que estamos contemplando o analizando sea cierto, sin ningún género de duda, en la mayoría de las situaciones.

Ya lo decía Aristóteles y con razón, "nada llega al intelecto que no haya pasado antes por los sentidos" y siendo de esta manera, a través de ese filtro, ya resulta más fácil colegir que la sensibilidad de esos sensores será decisiva. Un ejemplo sencillo pone de manifiesto lo dicho: introduzcamos las mano en agua fría y después de unos minutos en un recipiente con agua templada, nos parecerá que está muy caliente; también funciona al revés.

Si a lo anterior añadimos que todos somos diferentes, que no hay dos personas iguales, ni siquiera los gemelos monocigóticos, la probabilidad de "ver" exactamente lo mismo que los demás se aproxima a cero, aún coincidiendo en la aceptación de principios fundamentales; por eso son normales las diferencias que nos alejan de la mayoría de la gente, como también normales y causales las coincidencias que nos acercan.

Bajo estos parámetros los consensos no dejan de ser convenciones sociales y en la medida que seamos libres -en todos los órdenes- siempre habrá margen para la discrepancia. Pero tendremos algún problema si no somos capaces de asumir que no estamos en posesión de la verdad. Aquí radica el origen de muchos conflictos sociales, ya sea en el entorno familiar, del trabajo o de la convivencia en general.

Pero también existen otros escenarios donde nuestras percepciones revisten un carácter práctico inmediato. No es sólo una frase hecha con más o menos fortuna, pero resume bien lo que pretendo acreditar desde una posición próxima a la psicología positiva: "si cambiamos la forma de ver las cosas, las cosas cambiarán de forma". No en vano se afirma que la mayor parte de lo que vemos no está delante de nosotros, sino detrás, atribuyendo esa visión (la extracampina o especulativa) a nuestras complejas funciones cerebrales y por tanto la responsabilidad de completar con mayor acierto esa capacidad, que también podría ser auditiva, olfativa, gustativa o relacionada con el tacto.

Ciertamente, la posibilidad de contemplar el mundo como si fuese de "color de rosa" o lo contrario va a depender mucho de nuestro estado de ánimo y en función de éste el color puede cambiar. Por ejemplo, apelar a un espíritu optimista o pesimista, en su caso, como elemento que puede definir mejor una posición frente a la incertidumbre es una simplificación excesiva; es preferible centrarnos en la actitud de cada cual, definida como esa predisposición que nos permite actuar de una manera consistente ante las personas, los objetos, las situaciones y las ideas, todo ello integrado bajo tres dimensiones: cognitiva, emocional y conductual.

Y cuando no es el estado de ánimo el influyente sino un análisis racional de lo que se trate, también es frecuente encontrar las discrepancias. Un caso paradigmático, que puede no ser el más afortunado, lo estamos observando en estos momentos, cuando reconocidos científicos discrepan abiertamente respecto de si nos estamos enfrentando a un cambio climático global, si se deben o no tomar medidas, etc.. ¿Quién está en lo cierto?.

Alejándonos de cualquier planteamiento utópico, como podría ser que todos llegásemos a sentir e interpretar de la misma manera cualquier cosa que sea, incluso aunque no sea cosa, lo sensato pasa por ser conscientes de nuestras diferencias, para enriquecernos con ellas y a partir de ahí generar un clima de aceptación generalizada, mejor de empatía, donde tampoco han de faltar dosis de humildad y generosidad. Así se pueden construir los ansiados consensos que nos beneficien a todos; desde otras posiciones y no digamos si son intransigentes, como analogía, sólo cabe el derribo y en opinión de los que saben de construcciones, es más caro lo segundo que lo primero.

Para aquellos que sean un poco escépticos sobre este particular me parece oportuno recordar, aunque sea como consuelo, una estrofa del poema "Las dos linternas", de Ramón de Campoamor, que decía así:"Y es que en el mundo traidor, / nada hay verdad ni mentira; / todo es según el color / del cristal con que se mira". Por fortuna, la elección siempre será nuestra.

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