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las cuentas de la vida

Tradiciones rotas

Un año más termina el curso académico sin que haya motivos para el optimismo. Se impulsan programas de innovación educativa, se intenta reducir la ratio de alumnos por clase, se invierte en tecnología, se abren -poco a poco- nuevos centros... Sin embargo, la educación continúa siendo el niño rebelde de la sociedad actual. No es un problema estrictamente español sino global, con la excepción casi única de algunos países asiáticos. Ningún tratamiento de shock parece funcionar, ningún proyecto a largo plazo ofrece resultados palpables. Si el sistema de la sanidad pública es el orgullo nacional y muchas de las políticas de cohesión social responden razonablemente bien, la educación española continúa en el furgón de cola de todas las pruebas internacionales. Por otro lado, los datos estadísticos sugieren que dentro del país conviven distintos modelos: unos con mayor éxito que otros.

Quizás pudiera decirse que, si para Tocqueville el buen funcionamiento de la democracia exige unas virtudes previas, la calidad educativa también necesita un contexto cultural del que buena parte de España adolece, en gran medida por cuestiones históricas. Hay un dato que he repetido muchas veces, pero que ilumina este punto: el porcentaje de libros prestados en las bibliotecas finlandesas es siete veces superior al nuestro. Lo cual quiere decir que un alumno de Finlandia habrá leído de media siete libros más que uno español. Por supuesto, el nivel de comprensión lectora, la capacidad de atención, de escucha y de análisis tienen que ser distintos entre ambos alumnos. Los países luteranos fueron masivamente alfabetizados hace cinco siglos; el nuestro ni siquiera llega a un siglo. La escuela republicana francesa buscaba acercar el ciudadano medio al lenguaje elevado de la aristocracia y de la alta burguesía -en este sentido, funcionaba como una especie de claustro monacal que protegía de la vulgaridad-; en España esa presencia de la alta burguesía fue mucho menor, de modo que no fue suficiente para crear una tradición intelectual digna de su nombre, más allá de algún que otro caso aislado. Todavía hoy somos víctimas de esta falta de músculo. Una escuela sin tradición es una escuela que discurre en el vacío. La podemos intentar llenar de proyectos, competencias e inteligencias múltiples; pero carece de un suelo nutricio apto para dar fruto. Un viejo adagio medieval sostiene que según cómo sean tus costumbres así serán tus creencias.

En la educación sucede algo parecido; existe un currículo oculto que rige como un hábito: el silencio y la pulcritud en el aula, el respeto al profesor, los libros que hay en casa, la ambición del grupo, las formas que persisten como un cuaderno de bitácora. Sin este marco difícilmente puede prosperar ninguna reforma y mucho menos cuando los valores han mutado. La fractura social se percibe en primer lugar en la escuela, entre una élite que se está formando rápidamente. Sus padres invierten masivamente en enseñanza de idiomas, en programación informática, en robótica, incluso en sesiones de coaching. La diferencia se percibe entre diferentes colegios, pero también dentro de una misma aula. En un mundo desestructurado resulta inevitable que la educación no salga incólume. Pretender que, acercándose más a los valores de la calle -y mimetizándose con sus preocupaciones-, la enseñanza recobrará su atractivo es como mínimo de una candidez pasmosa. Pensar que sin un gran Pacto de Estado que implique a la sociedad en su conjunto la educación recuperará su protagonismo real es también una ingenuidad. Una tradición rota no se restablece tan fácilmente. Y mucho menos cuando ha sido históricamente débil.

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