Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

El animal más mortal

No hay enemigo pequeño, se dice. Quizá porque se estuviera pensando en los mosquitos. Estos insignificantes animales son los que más muertes humanas producen. Ellos llevan en su intestino los virus y bacterias mortíferos que devastan poblaciones. Nombrar todas las enfermedades trasmitidas por mosquitos sería muy largo. Baste recordar la malaria, la fiebre amarilla, el dengue o el reciente Zika. El conjunto de enfermedades trasmisibles por mosquito producen 700 millones de casos al año y un millón de muertes, nada menos.

Los mosquitos se alimentan principalmente del néctar de las flores. Pero las hembras necesitan proteínas de alta calidad cuando están produciendo huevos. Por eso chupan sangre. Y cuando lo hacen depositan saliva que contiene enzimas que son extrañas al cuerpo humano y producen esa reacción alérgica que tanto molesta. A la vez, si allí, en la boca o el intestino, albergan virus, bacterias, protozoos o incluso huevos de larvas de mosca que llevan colgados del abdomen, las pueden depositar en esa mínima herida. Como hay una pequeña reacción contra esas substancias, llega sangre que porta los sistemas de defensa, sangre que difundirá los microorganismos si no logra detener el proceso.

La experiencia es que los mosquitos son caprichosos. Prefieren a unas personas sobre otras. La substancia que mejor alerta a los mosquito de que hay un animal es el CO2. Porque vivimos gracias a la combustión de las las grasas, los hidratos de carbono, las proteínas y también el alcohol. Una combustión que necesita el oxígeno que aspiramos del aire y traportan los eritrocitos prendido en el hierro a los músculos y otros lugares donde como comburente facilita la quema. El residuo es el CO2 porque son compuestos de carbono y oxígeno. Excepto las proteínas que también tienen nitrógeno. El hígado lo trasforma en urea que excreta el riñón. El Co2 es una substancia volátil que trasportada por los eritrocitos llega al pulmón y ellos se encargan de expulsarlo a la atmósfera. Aunque se difunde en el ambiente, tarda en mezclarse y ellos pueden percibir la fuente que además despide el calor que no puede aprovechar resultado de la combustión. En teoría, cuanto más CO2 se produzca más atractivo para los mosquitos, o mejor nos detecta. En reposo la cantidad de CO2 que se produce depende del tamaño del cuerpo. Es el gasto calórico necesario para mantener las funciones vitales. Desde ese punto de vista, será raro que picaran a un niño y los obesos y grandes serían los más dañados. No es así del todo. Porque hay más, aunque es muy especulativo. Es el olor corporal. Cómo olemos depende de la mezcla de bacterias que habitan en nuestra piel. Consecuencia de su actividad desprenden gases que son una marca de su especie. Pues se ha visto que cuando en una pareja que convive, uno de ellos es víctima de los mosquitos y la otra no, la primera tiene una menor variedad de bacterias en su piel. Como si la mezcla de olores despistara a el predador.

Hay miles de especies de mosquitos, quizá hasta 10000. De ellas, solo unas pocas se sienten atraídas por los primates y menos aún por los humanos. Todas necesitan, cuando están produciendo huevos, un sorbo de sangre. Antes de la llegada de los humanos a Norte América las mosquitos se alimentaban de la sangre de otros mamíferos. Si algunos picaron a los humanos quizá fuera porque su olor corporal se parecía al de alguno de esos mamíferos. Hay pruebas, de laboratorio, que confirman que anopheles gambiae, el mosquito de la malaria, se siente atraído por los compuestos orgánicos volátiles que desprenden las bacterias de la piel de los humanos cuando se cultivan en placas de agar sangre mientras que placas sin esas bacterias no los atraen. Parece ser que es estafilococo spp el que más atrae, o uno de los que han identificado como productor de substancias volátiles que gustan a los mosquitos. En un experimento tomaron muestras de los talones de 48 voluntarios y cultivaron las bacterias. Las expusieron a anopheles gambiae. Descubrieron que hay una correlación entre la densidad de bacterias por centímetro cuadrado y la atracción. Además la cantidad de estafilococos se correlaciona con la cantidad de bacterias, por tanto, esta segunda puede ser un marcador de la primera. Por otra parte, otras especies como Corynebacteria spp., Micrococcus spp. y Propionibacteria spp. no mostró una correlación con el atractivo relativo de los individuos. Y algunas como pseudomona aeroginosa no solo no atraen, parece que sus desechos anulan la acción de estafilococo.

La posibilidad de una estrategia de ecología bacteriana de la piel en la lucha contra los mosquitos es interesante. Por ahora sabemos algo de anopheles gambiae. Menos de otros como aedes que trasmite el dengue, la fiebre amarilla, el zika y el chicunguya. Si alguna vez resulta, estamos lejos. De momento hay que protegerse con olores repelentes no nocivos como el DEET, picardina, IR3535, aceite de limón y ecualipto, PMD o udecanona. Y métodos de barrera.

Compartir el artículo

stats