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Lo más profundo es la piel

Las preferencias de los médicos que han aprobado el MIR indican el atractivo de la especialidad, también el hospital y quizás influya la ciudad. Las elecciones de los MIR milennials no son las mismas que las de los baby boom. Ahora figura entre las primeras la dermatología, al parecer por dos razones: que no tienen guardias y que es una especialidad con mucha demanda en el sector privado.

La piel es el órgano mayor del cuerpo, un tejido bastante complicado al que la ciencia dedica relativamente poca atención. Su enfermedad más peligrosa es el melanoma, un cáncer muy agresivo que se puede originar en cualquier sitio, sorprende su localización en lugares ocultos, y que aún siendo mínimo puede metastatizar produciendo una verdadera catástrofe biológica. Es precisamente contra este cáncer donde se han ensayado con éxito los medicamentos biotecnológicos que devuelven y ensalzan la inmunidad celular para combatirlo. Son cánceres relativamente raros en comparación con los otros de la piel, éstos siempre o casi siempre en zonas expuestas y muy dependientes del poder mutágeno de los rayos ultravioleta que penetran profundamente cuando la piel cuando no está protegida, bien por ropa o por la melanina. La relación entre melanoma y exposición solar es menos clara, si bien por precaución, es recomendable que no se tome el sol mucho tiempo, incluso si embadurnado con cremas protectoras, lo ideal factor 30.

Pero no son los cánceres lo que, afortunadamente, llena la consulta de dermatología. En general recibe patología menor, pero muy incómoda, que puede deteriorar la calidad de vida aunque no la amenace. Un trastorno frecuente es la piel seca, descamativa que produce picor. Se puede llamar eczema, aunque no todos tengan una base alérgica. Se piensa que muchas veces no es más que una reacción excesiva a los irritantes como polvo, jabones y detergentes o incluso el aire frío y seco. La piel se vuelve seca y deshidratada, de manera que lo que conviene es hidratarla. Las medidas higiénicas son simples y lógicas. El baño debe ser breve, el agua no demasiado caliente, no emplear demasiado jabón para evitar, por un lado, la excesiva descamación y por otro, modificar el manto ácido y el microbioma cutáneo, los beneficiosos microbios que ahí habitan colaborando con las células de la piel en el metabolismo dermatológico. Tras el secado, cuando la piel está aun algo húmeda, aplicar una crema hidratante que no contenga conservantes u odorantes y cuanto más espesa mejor porque de esa manera se produce una barrera que conserva la humedad. A veces es necesario utilizar ungüentos con esteroides, eso es mejor que lo recomiende el médico, aunque se pueden comprar sin receta.

Sobre la piel hay muchos mitos y mucho comercio. Me sorprende el precio de las cremas que se venden para rejuvenecer o conservar la piel, como antiarrugas u otras virtudes. Los componentes son cada vez más exóticos e imaginativos. Pero hay poca ciencia que los soporte. Si uno quiere mantener la piel joven lo mejor es que no se exponga mucho al sol y que no fume. En cuanto a cremas, las que contienen ácido retinoico, vitamina A, son las que pueden ayudar. Otra preocupación que mueve la industria cosmética es evitar el acné, trastorno de la piel que se hace más notable en la adolescencia. Independientemente de los tratamientos que pueda indicar el médico, no está claro que haya medidas de higiene que lo prevengan, desde luego, no está probado que alimentos como el chocolate lo produzcan o lo desencadenen aunque es una experiencia popular muy creída.

La piel es el primer órgano, y el único, que se puede crear en el laboratorio. Eso hizo pensar que a partir de las células madre de la piel, un tejido en continua renovación por tanto con una reserva de células pluripotenciales enorme, se podrían crear otros órganos. Hasta ahora se ha fracasado. Quizás el más sonoro fue el del Dr. Anversa, un cardiólogo que hace ya casi 20 años anunció que inyectando células madre de médula ósea había regenerado la pared cardiaca en la que había tejido muerto por el infarto. Durante años publicó numerosos estudios que le hicieron famoso y receptor de cuantiosas ayudas. Pero nadie lograba reproducir sus resultados. Hasta que por fin su institución, Harvard, realizó una investigación y descubrió que maquillaba los resultados. Mientras celebramos que se haya descubierto el fraude, nos entristece que lo sea porque nos hubiera gustado que por fin la promesa de medicina regenerativa viera la luz en un órgano tan importante como es el corazón.

Las enfermedades de la piel eran las más frecuentes antes de la Revolución Industrial. Los médicos describen con una lengua hoy olvidada la compleja semiología que veían. Abundaban los lazaretos que acogían a lo que se denominaba lepra, quizás un conjunto de enfermedades cutáneas. La convivencia con los animales y sus excrementos, la absoluta falta de higiene eran las causas. Hoy nuestra piel se enfrenta a otros retos.

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