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reflexión

Vida o muerte

Me había jurado no volver sobre el tema, al que daba ya por agotado, pero la realidad siempre vuelve, y de la peor manera. Hace apenas unos días, un nuevo ataque del yihadismo puso en evidencia dos cosas: una, que es la que se desea ignorar, y la otra, la muestra del valor de la gente, contraria a la tibieza del discurso progre, en más de una ocasión, no sólo falsamente moralista, sino abiertamente decadente y nihilista. La evidencia inicial, la que se quiere postergar, la que se oscurece por el discurso oficial, es que estamos inmersos en un conflicto de dimensiones globales en el que una civilización, supuestamente sometida, arrastra a la violencia a otra, que, en vez de asumir lo que sucede, lo minimiza hasta unos niveles que hacen pensar que, más que respetar a los ciudadanos, los adormece con plegarias y minutos de silencio. Ni siquiera el que la gente se debata entre la vida y la muerte en las vías de las grandes ciudades de Europa les altera, al menos por ahora. En Francia, en Alemania, en Bélgica, en Suecia, en España, en Holanda y, por supuesto, en Londres. Parece que nadie quiere recibir el mensaje y menos todavía responder.

Afortunadamente, esto último está llegando a su fin. Como siempre, son los individuos concretos, como usted o como yo, padres de familia, gente normal en todos los sentidos, los que están plantando cara al problema, ese mismo que la dictadura progre, repartida por todo el mundo, quiere silenciar. Hay un conflicto que llama a la defensa de las libertades, pero de una forma nunca vista hasta este momento. Ya no vale con las palabras de consuelo por las víctimas acuchilladas o cruelmente mutiladas por los atentados, tampoco es suficiente con decretar una alerta terrorista y echarse la siesta a continuación. Y bien que lo han entendido algunos de esos personajes anónimos, los verdaderamente grandes en valor y espíritu, que han hecho frente al terror con arrojo. Y esta es la feliz evidencia de que algo está mudando entre nosotros y que, por fin, caemos en la cuenta de que una civilización, si de veras la amamos, necesita de todo aquello que la defienda del horror y la intolerancia, incluso de la fuerza legítima. Como diría Miguel Hernández: "Ser libre es una cosa que sólo un hombre sabe". Sigamos su ejemplo.

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