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ZIGURAT

Ernesto Cardenal o la teología política

Me rehago despacio, de mañana, con la noticia de la muerte de Ernesto Cardenal, con el que tuve alguna conversación necesaria y compartí mesa y pan. Son pues líneas de urgencia atendiendo a mi forma de analizar y recordar su enorme humanidad.

Con boina negra calada, pelo y barba canas, camisa holgada de lino blanca, zapatillas ordinarias abiertas y una mirada penetrable, detrás de las lentes de sus ojos ya cansados, al tiempo que se posicionaba con vehemencia sobre lo que consideraba una traición de un sector sandinista a la revolución que los llevó a Managua con el triunfo en 1979.

El primer texto de Ernesto que cayó en mis manos es El estrecho dudoso, libro publicado en 1971 y que me causó honda impresión. Un libro donde la poesía se hace geografía e historia lírica, donde se oyen los ecos de la poesía conversacional y narrativa que tanta tradición tiene en América Latina. El sueño de tantos conquistadores aviesos por encontrar el paso al Pacífico desde las costas del caribe Atlántico y abrir rutas hacia el codiciado Cipango y Catay, pasaba por el estrecho que más posibilidades tenía Panamá o Nicaragua -obra que quieren retomar el gobierno dictatorial de Ortega junto al gobierno chino y a la que Ernesto se oponía con todas sus fuerzas-.

Precisamente esta absurda aventura que causaría tanto daño ecológico como los propios aventureros y soldados quinientos años atrás, tendría como principal canal el lago de Managua, la más extensa bolsa de agua dulce de Nicaragua y de Centroamérica, y allí están las islas de Solentiname, donde Cardenal sentó una comunidad de hombres y mujeres para vivir en paz y compartir artes y vivencias. Allí también tenia su retiro contemplativo y la escuela cristiana que dio una nueva lectura a los Evangelios, se profundizó en otros como Lucas o Marcos, y se siguió la senda de lo que habían significado teológicamente los sínodos de la Celam de Puebla o Medellín. Porque hay que recordar que Medellín fue el inicio para que la praxis ocupara el lugar que le correspondía desde la premisa: ver, analizar y actuar. Porque toda teología que así se nombre tiene que ser política, porque si se habla de justicia, verdad, perdón, en estructuras de maldad, la teología debe dejar de ser muleta del dogma y convertirse en materia de liberación del oprimido. No es sólo casualidad, que al término del Concilio Vaticano II se celebrará en el año 1968 la Conferencia de Medellín, donde el papa Pablo VI que tomó el relevo pastoral de Juan XXIII, llamó al análisis y la acción.

Ernesto se vinculó muy joven a la resistencia contra la dictadura de Somoza, desde su comunidad en el lago y en sus libros y conferencias, para pasar a una acción más concreta como ministro de cultura de la recién revolución que derrocó la tiránica dinastía de los Somoza. Su misión principal fue la educación: alfabetización y acceso a estudios superiores de los que nunca tendrían posibilidades.

No voy a entrar en los conocidos hechos acaecidos en la visita de Juan Pablo II a Nicaragua en 1984, donde el dedo inquisidor del Papa apuntó directamente a los ojos de aquel que arrodillado, como hombre de Iglesia que fue, para luego despojarle del contenido de su ministerio: la suspensión a divinis. El entonces Papa tenía un gran miedo a lo que se llamó "Teología de la Liberación" -praxis que tantos mártires dio con sus muertes-, entendiendo así que la teología era sola liberadora espiritualmente, cuando si es teología, es indefectiblemente liberadora comunitariamente.

Había llegado a Gran Canaria para leer y presentar su obra en un espectáculo con música, poesía y escenografía con el poeta Fernando Senante, y los músicos Rubén Díaz y Caco Senante. Tuvimos entonces la oportunidad de que fuera a Telde y allí fue recibido con respeto y entusiasmo en una multi-tudinaria lectura de poemas de su obra cósmica en el Casino de san Juan. Allí compartió vivencias, recuerdos, conversó y leyó con su voz queda algunos poemas.

A pesar de los pesares, él que se nombraba así mismo como contemplativo -su paso por los trapenses de la Abadía de Getsemaní en Kentucky, donde fue discípulo del monje activista social y escritor Thomas Merton, le dejó huella indeleble-, era también un hombre de Iglesia, la iglesia que se entiende como asamblea, la eclesiología que sitúa las iglesias particulares en su lugar y su tiempo. Por ello el papa Francisco levantó la restricción de oficiar y consagrar, gesto de honda alegría para Ernesto.

Su entrega incondicional por los indígenas marginados de siglos y por la justicia en una América Latina herida de muerte para millones de pobres, su obra sencilla, coherente y mística, sus Salmos y sus Lamentaciones, serán para siempre pan de caridad y verdad para muchos seres humanos que ansían la Libertad y la Justicia, en un mundo que ha olvidado el contenido ontológico de estas palabras.

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