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REFLEXIÓN

La izquierda ahora imposible

Me gusta recordar la frase irrepetible que se contiene en la novela Las uvas de la ira cuando en un escenario de extrema pobreza y menesterosidad alguien pregunta que es un rojo y otro alguien contesta que es un hijo de puta que quiere cobrar unos céntimos más por la hora de su extenuante faena de recolección de fruta.

Esto es atingente a la célebre frase de Cámara, teólogo de la liberación que repetía, si doy de comer a los pobres me llaman santo si pregunto por qué son pobres me llaman comunista.

Mas allá de la caridad del cristianismo en claro desuso, hoy más vigente en la práctica del mundo musulmán, de la solidaridad anarquista o de la igualdad del socialismo canónico, el trato de las desigualdades ha recibido muchas respuestas a lo largo de la historia. Es patrimonio de la izquierda que no está precisamente en régimen de pleamar.

?Parte del mundo occidental de postguerra encaró la lucha contra las desigualdades con la redistribución de la renta con sello de la socialdemocracia. A esta manera de operar hoy se enfrenta un mundo globalizado que es el origen y la razón de todo conflicto. De todos los conflictos, incluso de las pandemias, toda vez que éstas en su causa profunda parece que resultan de los cambios de hábitats concomitantes con esa globalización que alteran la relación espacial y de contacto entre animales y personas.

Hablar de la izquierda es no acostumbrarse a acostumbrarse a su vaporosa realidad sin coloratura. Ya no sabemos si debemos encarar el asunto hablando de la riqueza o hablando de la pobreza, o si con las desigualdades debemos aspirar a erradicarlas o combatirlas.

En los tiempos que vivimos coexisten tres versiones del liberalismo. Uno primero y el original, es el que propugna que el mercado no es solo imperativo de eficacia sino santo y seña de la libertad individual. Aunque el precio del resultado sea el darwinismo social que colinda hoy con la desorganización social y acaso mañana con la pacífica convivencia.

El neoliberalismo, la segunda versión, confía en el mercado y desconfía del papel del Estado, propugna la privatización y la desregulación. Pero postula actuaciones de los poderes públicos. El neoliberalismo acepta que puedan producirse intervenciones del Estado. Ese activismo del gobierno puede llegar al extremo de que se multipliquen las intervenciones hasta el punto que puedan alcanzar en intensidad aunque con naturaleza distinta al de una economía planificada. La ecuación sin resolver es ajustar el ejercicio de la política a los principios de una economía de mercado. La economía social de mercado comporta intervenir sobre la sociedad con vistas a que de esta forma se reduzca al mercado como único regulador social principal.

El liberalismo, de raíces anglosajonas, tiene doscientos años. Dos siglos después se convierte en ordoliberalismo a la búsqueda de contrapesos a procesos económicos salvajes. Más redistribución con más crecimiento. Regula la forma como ajustar el gobierno liberal a los principios de economía de mercado.

El neoliberalismo de cuño alemán , simile non est ídem, es ese ordoliberalismo, que entiende que los mercados han de ser regulados porque se desconfía de las sobreexcitaciones y excesos de los mismos y porque comportan y toleran a unos mercados financieros que no regulan de forma razonable la deuda y el crédito. Ese ordoliberalismo no bebe en las fuentes de la igualdad, más bien en el principio no explícito de que las desigualdades son desigualdades iguales para todos.

Aparte esta Francia en terreno deslindado como propio, que postula políticas más intervencionistas y más cercana a la propuesta alemana que a la anglosajona

Un ejemplo de lo imposible que es tomar decisiones justas lo encontramos en el anuncio de derogación de la reforma laboral del Partido Popular, que Bildu y Podemos arrancaron a Pedro Sánchez a cambio de una prórroga en el estado de alarma. Calificación provisional de la cuestión: justicia. Calificación actual elevada a definitiva: un error.

Porque cuando la tormenta de paro se asoma en España, se le dice al empresario que no sabe cuánto le va a costar el trabajador en el futuro y se le apremia a que despida ya porque luego le va a ser más caro.

Vivimos en el mundo de la sacrosanta eficacia donde en la economía tiene mal encaje el principio superior de la justicia. Más allá de la carga impositiva o de cuáles son los impuestos, la máxima expresión de la política redistributiva se tropieza hoy con Europa, mañana con los mercados.

Es cosa antigua intercambiar el objetivo de redistribución por el de predistribución. Como botones de muestra, una acción exante que llamamos paliativa es la educación, una expost que llamaré curativa es la sanidad. Ambas en su concepto de universal y gratuita. La predistribución se puede instalar apoderando agentes e instituciones que controlen a ciertos comportamientos injustos que se permiten a ciertos agentes económicos porque no estaba el asunto bien regulado o porque el desatino no era ilegal.

Valga un ejemplo paradigmático de este apoderamiento: la negociación colectiva protagonizada siempre por los sindicatos. Pues incluso esta varias veces centenaria institución, hoy está en cuestión porque se entiende más ajustada y eficaz para la creación o el mantenimiento del empleo la negociación entre partes de la empresa por la virtud de una dudosa flexibilidad aplaudida por Bruselas.

Al parecer, la izquierda hoy solo tiene dos argumentos, la predistribución y la renta básica. Pasa como en el mundo antiguo, una casa desaparecía y no había causa para sustituirla, sino por la ausencia. La sociedad es con esto algo irreal, solo existen los individuos. Al final no hay nadie en la blanda y dulce almohada de Montaigne. Nadie pensando y proponiendo.

Solo será posible la batería de soluciones que los señores de Bruselas acepten para que sean compatibles con la existencia del euro, ¿saben a qué me recuerda el euro? A Mitrídates, el rey de la época antigua y de la ópera de Mozart que convivió toda la vida con el veneno. Al final no pudo poner fin a su vida ni tan siquiera con el veneno. Se había acostumbrado al mismo. Hoy en Europa ese veneno es el euro, artificio dentro del cual conviven el problema y la solución de Europa. Veneno como remedio y veneno para prevenir males mayores.

En la izquierda todos dudan de la realidad de todo. Solo no se duda de la realidad de la duda misma. Vayan adelante tres ideas emitidas desde la duda.

La renta básica será efímera pero podrá ser sustituida por un impuesto negativo: todos tendremos que hacer la declaración de la renta, unos para pagar a partir de un umbral de ingresos netos y otros para recibir hasta llegar a otro umbral de ingresos bien distinto.

La predistribución tiene dos agentes principales. Instalados los sindicatos en la sospecha de insuficientes o ineficaces, lo que nos queda es la aspiración a instituciones fuertes desde la certeza de que estas impedirán episodios de injusticia desgarradora.

Al final si de algo estoy insobornablemente convencido es del papel predistribuidor de la educación pública, al menos como la finlandesa. No, que digo, mejor, ni punto menos que inmejorable. Hemos convivido con la duda sobre si nuestra sanidad es la mejor del mundo. La izquierda debe centrarse en tener la mejor educación del mundo. Es el único expediente predistribuidor donde tiene poca acogida la duda y donde se instala de forma cómoda la certeza.

Una sociedad justa exige que los que se monten en el carrusel de la economía globalizada, todos los ciudadanos, estén igualmente preparados. Es la aproximación más cercana a la igualdad de oportunidades.

Claro que para ello, aparte de invertir muchos impuestos, hay que remover obstáculos. Si Montaigne se despierta, en el almacén de antigüedades de la izquierda encontrará una receta: instituciones grandes y educación universal y gratuita de la cual podamos decir que es insuperable. Lo demás son cáscaras de lapa que deben tener el visto bueno de los mercados y el placet de Bruselas. Escuchando al sabio doctor Johnson estas dos realidades no adornan su esgrima con filigranas, traspasan a lo todo que es justo o injusto en un visto y no visto.

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