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ANÁLISIS

Coronavirus y montaña rusa emocional

Diagnóstico, angusta, crecimiento, olfato que va y viene, gente fuera de lo común: mis semanas con el covid-19 vividas como aprendizaje total

-Es positivo, Elena. Tienes coronavirus.

Algún rumor de palabras que no recuerdo. Recomendaciones. Algo del 112 si ves que empeoras. No era capaz de escuchar con atención.

- ¿Vives con alguien?

-No.

-Mejor. A partir de que se te pasen los síntomas, 15 días más de aislamiento. Te llamarán de tu centro de salud. Un abrazo, mucha suerte.

Aquel trato tan humano al final, me recordó que no estábamos en tiempos normales. Me devolvió a la realidad. Me quedé un poco desconcertada: ¿A mí? ¿En serio? ¿Por qué a mí?... Pero, entonces, ¿todo esto era verdad? ¿Dónde lo habré cogido? Dios mío, ¿habré contagiado a alguien?

Entonces sí noté que el corazón me salía por la boca. Mis padres. Abrí el calendario del móvil y comencé a contar. Sentí que volaba cuando vi que habían pasado mucho más de 15 días desde la última vez que había estado con ellos.

Esa alegría me sacó del miedo rápidamente. A ver, racionaliza. Ya lo sabías. Estás en el día ocho de los síntomas y ya es poco probable que te vayas a poner peor (esto no sé si médicamente es correcto, pero vamos, yo era lo que me decía)

Respiro hondo. Me duele. Bueno, no, no es dolor. Es resquemor. Un picazón grande.

¿Tengo falta de aire? Madre mía, basta que te digan que, si sientes que te falta el aire, tienes que llamar al 112, para que te falte. Haz la prueba.

¿Tendré una neumonía? ¡Qué miedo si tengo que ir al hospital! Ahora tengo mucho calor, ¿me estará subiendo la fiebre? Pongo el termómetro. Nada, 37,2. Una vez más. ¿Estará estropeado? Lleva días marcando lo mismo.

Menos aquel día por la mañana que señaló 37,7. Ese día me asusté. Se me hacía largo ya y en vez de ir a mejor... iba a peor. Más fiebre, más cansancio y más tos.

En seguida entra la razón. Y te justificas. Vamos a ver, Elena, si ya sabías lo que era. Lo supe el día que salí de la ducha y busqué mi tarro de crema hidratante con olor a miel y a limpio que... de repente, había perdido su olor. Como es un tarro grande y llevo tiempo con él, se habrá pasado, pensé yo. Es curioso que al desodorante le haya pasado lo mismo. Así que fui al otro baño y cogí la botella de lejía. Pues no, no me huele a nada. Fui a San Google, y ¡bingo!: anosmia. Era coronavirus. Y ahora, simplemente, tenía la confirmación.

Decidí no contárselo a mis padres. Si hay algo devastador de este virus es que nos ha obligado a todos a pasar por situaciones complejas. Caer no era una opción, así que tocaba cuidarme, tocaba cuidarlos. Y tocaba centrarme. ¿Hoy estoy bien? Sí. ¿Ahora respiro? Sí. Pues estamos de enhorabuena. Vamos poco a poco. Aquí y ahora. Esta es la fórmula infalible para cuando el monstruo se te hace muy grande.

Es importante elegir las personas con las que compartir todo esto. Energía, optimismo y buen humor. Agoreros y tristes, ahora, a un lado. Pura supervivencia.

Necesitamos sentir que formamos parte de algo colectivo, global e histórico. Todos a una remando juntos. La euforía, la alegría, la fuerza, pueden y deben convivir con la pena, el respeto máximo a los fallecidos y a sus familias y con los monstruos internos con los que todas y cada una de las personas han tenidos que lidiar en sus casas y también en sus cabezas.

Entraba en la fase de ira. Se me desató el día que vi aparecer a la enfermera por la puerta para hacerme la prueba. Yo me la imaginaba enfundada en un mono y con una escafandra (como un astronauta, por lo menos). Joder, se iba a meter en las casas de todos los sanitarios con síntomas y de todos los que habíamos estado fuera en los días anteriores al inicio de los síntomas. Que íbamos a dar positivo casi todos y ella venía con una sonrisa. Con una sonrisa enorme, gigante, y una mascarilla de mierda.

La vi tan joven, tan pequeñita y tan guapa. Pensé en su madre. A ella no la podía salvar de la preocupación como yo estaba haciendo con la mía. Ella venía casi a pelo. A la guerra contra el virus. No era justo, no es justo. Ella ni siquiera podía mentir por amor.

-¿Estás muy mal?

-No, sólo fiebre, tos y cansancio. Cuídate por Dios, cuidense mucho. Y gracias.

Fue lo único que acerté a decirle.

Lloré de impotencia. Sal de ahí. Sal de la rabia. Que no te lleva a ningún sitio. Esto aún estoy intentándolo. A ratos y viendo según qué cosas, se me hace imposible.

-Me dolió mucho la cabeza ayer, virgencita. Mucho. Pero es que yo tomo ibuprofeno para la migraña... Y como sólo puedo tomar paracetamol...

-No, eso es del virus también. Hay muchos con ese mismo síntoma. Duerme todo lo que puedas y ponte un paño frío en la cabeza.

No tengo palabras para agradecer el trabajo de la enfermera de mi centro de salud. Se habla mucho de los hospitales, pero es justo alabar también el trabajazo que se están marcando en atención primaria.

Hubo un día en que no hubo fiebre por la mañana. Y al día siguiente tampoco por la noche. Sería el día 16 del inicio de los síntomas. Ya ni me acuerdo.

Huevo frito. Con papas. Y lástima que no había chorizo. Pero me voy a abrir una cerveza. Sí, con alcohol, "que es bueno para el bicho", me diría mi padre. No imaginan lo mal que sabe una cerveza cuando no eres capaz de oler. Aún así, gloria bendita.

He bajado cuatro kilos. Y sin moverme. La lucha ahí dentro ha debido ser titánica, porque yo la Nocilla no la perdoné ni un día.

Un día olí el café. Sería ya entonces el día 21 de síntomas. Todo vuelve. Todo pasa, pensé. Me senté, cerré los ojos y disfruté.

Qué capacidad tiene el ser humano de salir adelante. Qué invencible me sentí de nuevo. Lo peor ya había pasado. Y yo había crecido. Otro poco. Todo esto es una gran faena. Eso es así. Yo no necesitaba ningún bicho que viniera a recordarme la importancia de vivir intenso, sin miedo y disfrutando de cada segundo de mi vida. No me hacía falta. Pero ahí estaba. Yo no lo había elegido, pero ya que estaba... a ver qué saco de todo esto. Mucho, otra vez mucho.

Negativo. Ha salido negativo. Test (de los buenos) de entrada y de salida ¡La madre que me parió! Dentro de lo que cabe, lo están haciendo muy bien y qué narices le están echando. Orgullo máximo. Y, al otro lado de las puertas de mi casa, el mundo.

El día 13 de marzo entró una persona y a finales de mayo ya empieza a salir otra.

El día que salimos ahí fuera, fue como un volver a empezar. Aún no sabemos del todo los retos económicos y sociales que nos vienen, aún no conocemos cómo de devastado se nos ha quedado el panorama. Ya vamos intuyendo que muy negro. Y todo acompañado de una gran nebulosa de incertidumbre. Yo sólo tengo una certeza, me tengo a mí y a mi propósito grandes y muy fuertes. Tengo la fuerza, la compañía y las ganas. Sé que las voy a pasar canutas. El reto más grande es desaprender todo. Y empezar de nuevo.

A mí sólo me quedan dar las gracias por salir de ésta. Y pensar en los miles de personas en el mundo que no han tenido ni tendrán la misma suerte que yo. En los millones de personas a los que leer mi historia les parecerá un paseo al lado de lo que ellos han peleado para salir de una UCI. Cada noche están en mis pensamientos. Ustedes y sus familias. Y las personas que los cuidan. Y sobre todo los que tuvieron que irse sin sus familias al lado. No hay distancia para el corazón, pero qué duro, a ver ahora cómo nos curamos de esto. Y hasta que todo esto pase, esto es lo único que me quita el sueño.

A cuidarse mucho. Mucho, mucho. Este artículo es sólo para eso. Para que se cueiden. Para que guarden la distancia, para que se pongan mascarilla. Para que vivamos sin miedo pero con toda la precaución y la prevención.

Este artículo es para recordarles lo único que importa. Para que vivan y disfruten hoy. Aun en situaciones adversas, aun con mucho sufrimiento. Para que entendamos que el sufrimiento forma parte de la vida. Y que debemos disfrutar y dar gracias cada día. Con lo poco que haya. Con lo mucho que nos sobra.

Este artículo quiere rendir tributo a todas las personas que fallecieron a consecuencia del covid-19 y en eterno agradecimiento a los profesionales de la salud que con tanta valentía se han jugado su vida por nosotros. Para que nunca se nos olvide.

Síntomas leves, cambios muy grandes. Mucho ánimo.

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