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Apuntes

Tiempo de zumbados

No hay reunión -o si las hay, son muy pocas- en la que no se hable de la inconsciencia de los jóvenes, aunque no son los únicos, claro, con respecto a la pandemia que nos asola. ¿No leen los periódicos, no escuchan las radios, no ven los informativos de las televisiones, no hablan con sus padres y abuelos? ¿Acaso no tienen ojos para ver y oídos para escuchar?, ¿quizás es que tienen el cerebro en modo avión?

Pues es un peligro. Según datos oficiales, los contagios en la franja de edad de los 15 a los 29 años se han triplicado en tres semanas. Fernando Simón, director del Centro Coordinador de Alertas y Emergencias Sanitarias (Ccaes) ha revelado una preocupante tendencia de la Covid en España: si en marzo y abril la edad media de los positivos era de más de 60 años, ahora es de 45 en las mujeres y 41 en los hombres.

Probablemente, esto sea debido a que los mayores, el tradicional grupo de riesgo afectado al principio, y sobre todo los ancianos en los geriátricos, sufrieron de tal manera los embates del coronavirus, que ya están suficientemente mentalizados y mantienen la guardia alta. Sin embargo los jóvenes han descuidado las precauciones por una peligrosa convicción supremacista -con perdón- de inmunidad.

Nada ha ayudado, por otra parte, el disparatado discurso negacionista tipo trumpista trumpitero de VOX. Aquellas manifestaciones libertarias, que ni los anarquistas que todavía quedan se han atrevido a convocar, tocando calderos y pitos y flautas en las calles de Madrid y de cientos de ciudades españolas han tenido cierta influencia en la despreocupación. No hay que olvidar el acompañamiento, como tontos útiles, cuando no como directores de orquestina, de muchos medios de comunicación que no solo apadrinaban, sino que incluso teledirigían aquellas protestas contra las mascarillas y las evidencias.

Por su parte, las redes sociales también han tenido un papel estelar en la desinformación y el atontamiento inducido de personas propensas a creer en las explicaciones mágicas, esotéricas, astrológicas, homeopáticas y conspiranoicas. Nadie se imaginaba que un solemne y desinformado tonto, tramposo, ruin y truhán, pero hábil para la mentira y el engaño como Donald Trump llegara a Presidente y Comandante en Jefe de EE UU. Una tela de araña de mentiras y desinformación por internet obró el prodigio.

A través, pues, de esa madeja circulan por distintas vías sofisticadas y repetitivas campañas que tratan de sembrar el caos en las sociedades democráticas. Naturalmente, con la ayuda de los esnobistas voluntarios a apuntarse a un bombardeo con sabor aventurero. Y ahí tienen a esa corte de los milagros, parecida a la que recorría los subterráneos de París, denunciando que el virus es un engaño, que la vacunación es un amaño de Bill Gates y otros millonarios para inocular un chip en vena para controlar a todo el mundo mundial, literalmente, y un disparatado etcétera.

Lo cierto es que los rebrotes que se han producido tras la desescalada, parecen tener su origen en el abandono de las precauciones. La prevención se ha tirado a la papelera del olvido y el desdén. Las fotos y los vídeos, en Canarias y en el resto del país, muestran un alto grado de incivismo, incultura y desprecio por la salud comunitaria? y personal. Los multitudinarios y apretados botellones, los despreocupados grupos y pandillas en las playas, el relajo en las terrazas, los llenos a reventar en las discotecas, sin la reducción de aforo, sin guardar ninguna medida preventiva; las desenfadadas fiestas, churrascadas y acampadas familiares, enorme fuente de contagios? tienen una influencia clara en los brotes que sarpullan España.

Y que a su vez han provocado un gravísimo apartheid turístico, que producirá otra hecatombe sobre la hecatombe que se iba a ir superando con la vuelta a la normalidad (relativa) de este sector económico clave. Los primeros en reflexionar sobre ello -con una biblia en la mano, para leer algunos sabios consejos- deben ser los empresarios del ocio nocturno y multitudinario. La avaricia y las prisas les han roto el saco.

¿Cómo convencer ya mismo a los jóvenes y a los adultos sin mentalizar de que, efectivamente, los contagios no son culpa de las instituciones sino de los ciudadanos, que son los que transmiten el virus, de que hay que disciplinarse y respetar las normas elementales que aconseja la epidemiología. ¿Y cómo? Sin duda, acudiendo a las redes, desmintiendo bulos, conspiraciones y bobadas, ofreciendo videos de jóvenes entubados en las UCI, testimonios de chicos en los hospitales, familias rotas?. A las universidades habría que pedirles también? Bueno, esto vamos a dejarlo.

La clave es que hay que reaccionar con inteligencia y determinación a las amenazas invisibles y a las muy visibles de este peligroso e incierto tiempo de zumbados. Y centrar el radar en la quinta columna.

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