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GENTES Y ASUNTOS

Disidencias

Todo mi respeto por la disidencia en cuanto es la formal expresión de desacuerdo con opiniones colectivas y/o personales; respeto incluso cuando los disidentes se muestran como radicales honestos, ruidosos e irredentos; respeto cuando la falta de argumentos razonables se suple con el voluntarismo educado y pintoresco; respeto incluso, cuando, con todos sus riesgos y peligros evidentes, las ignorancias bienintencionadas se arrogan cometidos redentoristas.

Con todo el derecho a decir lo que les plazca y crecidos por el eco de su convocatoria en las redes sociales, negacionistas de distinto grado quisieron catequizarnos, salvarnos y afiliarnos, como propagandistas a golpes de consignas, a lemas iluminados y ridículas y patéticas críticas a la verdad probada, a la razón científica y a los criterios diferentes invocando frases completas o fragmentos interesados en unas ensaladas de torpe aliño y propaganda caliente. Y hasta ahí llegamos.

De una de esas bulliciosas concentraciones, con las que me crucé el pasado domingo, se escapó un antiguo conocido que, sin saludo previo siquiera, criticó mi mascarilla, mi saludo prescrito y mi legítimo temor, compartido por una mayoría planetaria, ante una pandemia con veintidós millones de contagios y ochocientas mil muertes -343.000 y 28.617 fallecidos en España- y mis humanas expectativas, dentro de la competencia de países y laboratorios, de una vacuna eficaz y segura más allá de la publicidad y los intereses espurios que, como siempre demostró la historia, acompañan las desgracias.

Cuando menos inoportunos, en casi todos sus encuentros los protestones/as invocaron con frecuencia y calor el derecho a la libertad de expresión para amparar sus soflamas y conspiranoicos delirios. Están apoyados personal o espiritualmente por famosos en caída libre como el maduro Bosé y aspirantes a un hueco en prensa amarilla y audiovisuales de casquería.

Detrás de la gran mentira del coronavirus están, según los profetas callejeros que andan a sus anchas y desprecian por activa y por pasiva el bien y el derecho a la salud, están los enemigos eternos -comunistas y masones- y algunos que otros grandes malvados -Bill Gates es un notable blanco- que quieren un mundo a su medida. Con menos muertos y menos recesión económica, con menos drama, los negacionistas serían una coña chusca y, ahora, tristemente, son y lo parecen una perturbación social.

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