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Reflexión

En la cuenta atrás

La pandemia de coronavirus impedirá un inicio de curso plácido sin barracones. Podemos imaginar que por fin esta vez lo habríamos conseguido, pero en realidad no habrá manera de saberlo. Lejos de que la historia nos haga progresar, las presiones de otras vueltas al cole anteriores parecen una riña de críos en comparación con la que se nos viene encima; el nuevo confinamiento tendrá lugar en las escuelas, donde todavía está por ver la eficiencia de los grupos burbuja y los imperativos de distancia social. Nunca había reinado tanta incertidumbre como este año, en que hasta al más previsor le ha dado pereza dejar pagados los libros de texto antes de irse de vacaciones. Los agoreros llevan desde julio pronosticando que los colegios abrirán en septiembre para cerrar a los pocos días y que los famosos planes de contingencia no serán más que papel mojado. El colectivo docente pide más recursos y desconocemos si se ha resuelto por completo la necesidad de más espacios para reducir el número de alumnos por grupo. Visto así, parece una chapuza, aunque hay que intentarlo antes que volver al despropósito de las clases online.

Este es quizás el más complicado de los inicios de curso de la historia, pero a quienes sabemos infinitamente menos sobre cómo gestionar sistemas educativos nos da la sensación de que la clave del problema ha sido la descoordinación, que suele desembocar en medidas que a ojos del público acaban pareciendo improvisadas. En poco más de un mes la ministra Isabel Celáa ha pasado de dejar la toma de decisiones en manos de cada comunidad a recobrar -por la vía de la convocatoria de la Conferencia Sectorial este jueves- el mando de instrucción sobre la crisis. En el intermedio, los centros educativos han hecho lo que han podido para diseñar hasta tres hojas de ruta, un trabajo que el rápido incremento de los contagios en todo el país amenaza con echar por tierra. A esto se suma que un porcentaje sensible de los docentes sin plaza fija se incorporarán la semana que viene por primera vez a sus destinos y que por lo tanto desconocen la situación particular con la que se encontrarán en sus puestos de trabajo. La intervención in extremis de Celáa sugiere cierta incapacidad de los ejecutivos autonómicos para resolver sus propios asuntos, por mucho que en las últimas horas se haya despejado que en Baleares el operativo será escalonado y semipresencial para algunos cursos.

Si es así, lo primero que hay que preguntarse es por qué se ha retrasado tanto este punto de encuentro entre el Gobierno y las comunidades autónomas; por qué se ha aplazado la búsqueda conjunta de un escenario definitivo, cuando ya se sabía con la suficiente antelación -porque así lo han repetido autoridades sanitarias y científicas- que este curso seguiría condicionado por el riesgo de una segunda ola del virus. Tan absortos estábamos en la huida de los touroperadores turísticos en pleno agosto que no se nos ocurrió pensar que era un signo de que la anormalidad se estaba expandiendo a todos los demás ámbitos como una mancha de aceite en el mar.

Todos queremos que nuestros hijos vuelvan al cole, pero no logramos ponernos de acuerdo en cuándo y cómo es más conveniente que lo hagan; no lo han hecho en meses la comunidad educativa, los sindicatos y los responsables políticos, que retomarán sus tareas enfrentados cuando lo que se espera es unidad de acción. Algunos padres desconfían y temen una cascada de contagios; en otros prevalece, a pesar del miedo, la necesidad de recuperar sus rutinas laborales. Es un encaje de bolillos sumamente complicado. La conveniencia, que rige la mayoría de la toma de decisiones, no siempre es la opción más honesta, ni la más eficaz, y aunque tanto los maestros como los alumnos tienen derecho a que se les garanticen las condiciones de máxima seguridad y protección de su salud y la de sus familias, debemos asumir que no va a ser posible un retorno a las aulas cien por cien libre de contagios, al igual que tampoco lo fue el levantamiento de las restricciones sobre el resto de las situaciones de contacto social, incluida la apertura de hoteles y la llegada de turistas. O nos quedamos en casa o aceptamos el riesgo de normalizar la actividad educativa, con todas las prevenciones posibles, claro está. Lo que sí debemos exigir en este momento de incertidumbre sobre el futuro de la crisis sanitaria es que estemos preparados para reaccionar adecuadamente, con rapidez y con recursos si la situación amenaza con desbordarse -¿dónde está el dinero del fondo autonómico de reconstrucción?-. Esperemos que la alternativa que se ofrezca sea más sólida y estructurada de lo que ha sido desde marzo. No se trata tanto de saber si somos capaces de empezar, sino de asegurarnos de que a los niños este curso les va a servir para otra cosa que no sea acabar otra vez recluidos y desconcertados.

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