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Manuel Ángel Santana Turégano

Razón y Constitución

Desde hace ya cierto tiempo uno de los discursos que más se repite en parte de la opinión publicada de nuestro país es que uno de nuestros principales problemas es la organización territorial del Estado. A nivel local se dice, por ejemplo, que, dado que comparten muchas calles, si Telde, Santa Brígida y Las Palmas de Gran Canaria, por un lado, o Santa Cruz de Tenerife, La Laguna y Tegueste, por otro, fueran sólo dos municipios, en lugar de 6, nos ahorraríamos el sueldo de 4 alcaldes, y de un montón de concejales. También se plantea que si en vez de tener 17 consejeros autonómicos de Sanidad las competencias las tuviera todas el Estado central nos bastaría con un ministro y los contribuyentes nos ahorraríamos el sueldo de 17 consejeros y un montón de asesores.

No es mi intención aquí debatir acerca de la conveniencia o no de dichas medidas, sino señalar, sencillamente, que se trata de medidas que no tienen sentido en el ordenamiento jurídico actual y que, por lo tanto, para llevarlas a cabo habría que cambiar la Constitución. Porque a partir de lo que se dio en llamar ‘el espíritu de la Transición’ España se configuró como un Estado altamente descentralizado a través de la fórmula que se dio en llamar el ‘Estado de las Autonomías’.

Tienen toda la razón esos medios cuando señalan que, al criticar la forma del Estado (Monarquía o República) hay partes del gobierno actual y, simplificando, de las ‘izquierdas’, que están cuestionando la Constitución de 1978. Pero lo curioso es que la mayoría de esos medios no caen en la cuenta de que el modelo de Estado centralizado que a menudo defienden difícilmente cabría en el marco de la Constitución, con lo que sería necesario su cambio. Con lo cual, dando la razón a la derecha cuando dice que la izquierda cuestiona la Constitución, es necesario señalar que la derecha también la cuestiona. La última vez que los españoles nos dotamos de un marco jurídico democrático, es decir, de una constitución, tuvimos que reconciliar posturas que parecían irreconciliables. Había quien pensaba que todo lo que no fuera un Estado centralista fuerte era traicionar aquello por lo que habían luchado en la Guerra Civil sus mayores. Otros, justo en el sentido contrario, pensaban que todo lo que fuera más allá de una “confederación de repúblicas ibéricas” era traicionar aquello por lo que habían luchado sus mayores.

Visto lo visto, y dado que izquierdas y derechas parecen coincidir en cuestionarla, habría que asumir que posiblemente habría que ir pensando en reformar la Constitución. Y lo que creo que sería bueno recuperar de aquel idolatrado ‘espíritu de la Transición’ es el ánimo de buscar consensos y no divisiones. Y para ello quizá nos vendría bien un poco de talante sociológico.

Max Weber, considerado uno de los padres fundadores de la disciplina, decía que el sociólogo tenía que actuar de acuerdo a la  verstehen (comprensión): entender que si se hubiera criado como la otra persona, y compartiera su sistema de valores, probablemente pensaría como ella. Quizá sea por deformación profesional, pero yo tiendo a pensar que tanto los que defienden que deberíamos suprimir las autonomías como quienes plantean que deberíamos profundizar en ellas, tanto quienes creen que deberíamos derrocar la monarquía o como quienes quieren conservarla, tienen muy buenas razones en las que fundamentar sus argumentos. Pero también pienso que pierden toda razón cuando faltan el respeto al adversario.

Por ello creo que siempre deberíamos recordar que nunca deberíamos de argumentar como si el adversario no tuviera razones razonables por las que defender sus argumentos. De lo contrario, por más que creamos tener la razón, nos estaremos comportando de manera muy poco razonable.

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