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Alfonso González Jerez

Tenerife: el descontrol de la pandemia

En mi calle –en pleno centro de Santa Cruz – lleva abierto treinta años un pequeño local, entre bar y cafetería, ni demasiado atractivo ni demasiado infecto. En los felices tiempos precovid servía por la mañana cafés y desayunos; por las tardes cerveza, whisky y algún licor que otro. El propietario también había instalado, previa licencia municipal, una diminuta terraza donde apenas cabían tres meses apretadas unas contra otras. Debería decirles que las cosas han cambiado, pero no. Cada tarde se reúnen los contertulios habituales. En las tres mesas de madera se llegan a apelotonar una decena de personas. Ninguna lleva mascarilla. Desde la reapertura del local se ha encajado una mesa entre la barra y la salida del establecimiento. Ahí, como perejil en maceta, cuatro jubiletas juegan a las cartas. Tampoco llevan puestas las mascarillas, por supuesto. Se toman un juguito o una ginebra cada hora, no van a estar poniéndosela y quitándosela. Solo la utiliza el camarero, salvo cuando se aleja unos metros del bar y le pega unas caladas rápidas al cigarrillo. Ningún vecino denuncia porque les pena perjudicar al empresario, que estuvo a punto de chapar después del confinamiento, y que paga a dos camareros a media jornada.

Hace dos o tres semanas saqué al chucho en un paseo tardío y terminamos cruzando el Parque García Sanabria. Alrededor de la fuente principal, custodiada por la Tetuda, un centenar largo de adolescentes pasaban las primeras horas de la noche. Entre 120 y 130 pibes y pibas que, en su mayoría, no llevaban mascarilla o la llevaban colgando, como si fuera el souvenir de una película de catástrofes. Lo más sorprendente es que delante de sus narices estaba aparcado un furgón de la Policía Nacional, y en su interior dos agentes charlaban tranquilamente de sus cosas. Nulo interés por el espectáculo que se desarrollaba ante sus ojos. Algún chico llevaba una bolsa de deportes, entraba por uno de los senderos próximos del parque y acto seguido seguían su pista cuatro o cinco amigotes. De la bolsa de deportes salía una botella de litro y medio de cubata y se pegaban discretamente el lingotazo antes de volver con la muchedumbre. Se hacía constantemente.

A poca distancia, en el Parque La Granja, ocurría algo parecido. El problema que tiene La Granja, francamente, es su escasa masa arbórea. Se esconde uno peor. Pero eso no es obstáculo para que durante el largo fin de semana jóvenes estudiantes o parados se congreguen por muchas docenas, rían, se abracen, fumen y beban, y también se crucen de hostias, porque el Parque La Granja es ahora punto de encuentros de grupos camorristas que se enfrentan sin desdeñar las piedras, los palos y alguna ocasional arma blanca. Toda la vigilancia policial es una patrulla que pasa cada hora; a partir de las diez de la noche, cada dos. Todo el mundo conoce los horarios. Los pibes también.

Si Tenerife padece la mayor tasa de contagios es por nuestra culpa, por esta indignante irresponsabilidad de una amplia minoría de tarados que pueden matarnos. No por los cuatro turistas que se aburren en el sur ni por los desdichados inmigrantes que llegan en pateras, sino por nuestra muy acomodada estupidez. Y por la patética insuficiencia de rasteadores. Y por unos cuerpos policiales que en Santa Cruz y La Laguna no están haciendo su trabajo. También en las fuerzas de Seguridad, desde luego, se siente la presión asistencial. A la vigilancia y persecución del crimen se suma una pandemia. Pero eso no es excusa para los poderes públicos. O se actúa de una vez – más vigilancia, más persecución, más acciones punitivas -- o en pocas semanas la pandemia se descontrolará en Tenerife.

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