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José Luis Villacañas

Observatorio

José Luis Villacañas

El equivalente moral de la guerra

Ahora tenemos las cosas donde nos gustan. En la bronca personal, en la persecución del culpable, en la denuncia airada, en la observación de la casuística, en esa furia inquisitorial de investigar quién se salta la cola, se sale de la parva, quién hace trampas. Ahí se activan los sentimientos indignados, se intensifica el victimismo, se nutren los agravios y cada uno atesora lo más delicioso, la autorización a beber hasta las heces el cáliz de la desolación respecto a nuestro país, o a despotricar de forma generalizada sobre la condición humana, de la que nuestra virtud nos permite separarnos con candor. Es el más estéril de los terrenos y resulta triste ver las noticias oficiales del Telediario cultivarlo de forma generalizada, recontando quién en cada autonomía se ha vacunado sin seguir el turno, a qué partido pertenece, cómo va el griterío que impone la dimisión. En medio de la situación más grave de toda la pandemia, ésa es la noticia.

Todos tienen el protocolo de vacunción en la boca, pero nadie lo ha visto. Y si alguien lo ha visto, no sabemos qué versión, ni si será la actualizada, la que está en vigor. Que aquí tengamos también diecisiete sistemas de salud apenas tiene sentido, y que el Gobierno central no tenga nada que decir al respecto es bastante extraño. Quizá lo haga ahora, cuando dedique energías al asunto, tras perder por lo menos dos semanas en un sordo forcejeo entre sus socios, que al final no han logrado pactar un recambio de gobierno de más calado, con los tiras y aflojas entre Iglesias y Colau (que quizá enmarcan el posicionamiento del primero sobre Puigdemont). Y así seguimos, con ciertos ministros zombis, como el de Universidades y el de Investigación, que no es precisamente un asunto menor, cuando se nos dice que debemos aprovechar esta crisis para transformar el modelo productivo.

Claro que sabemos qué es la naturaleza humana, y desde el Lazarillo sabemos cuál es la variación que por las tierras hispanas, siempre humildes, se conoce como picaresca. En otros sitios se conoce como mafia, y en otros se le da el pomposo nombre de mercado. Para los que creen en la superioridad moral del mercado libre, aquí tenemos un curso acelerado de ética. Empresas que han sido financiadas por poderes públicos, que han adquirido compromisos de producción, desvían existencias de vacuna hacia países afortunados, donde se refugian los reyes dudosos, sencillamente porque pagan más. Y ahí tenemos, esa escandalosa publicidad de unas breves vacaciones en Dubái, pinchazos inmunizadores incluidos y hoteles de lujo, todo por unos cincuenta mil euros.

La pandemia ha rebajado la escala de los deseos. Antes, cuando la burbuja de crecimiento acelerado de la economía financiera creía que la tierra y sus metas se quedaba pequeña, los ricos deseaban abandonar la condición terrestre de la vida y marcharse de turismo espacial, o preparar viajes de supervivencia para cuando el planeta estuviera convertido en una letrina. Ahora la cosa es más humilde. Se trata meramente de una vacuna para garantizar que se mantenga vivo el ser más improbable de la evolución, el que utiliza su inteligencia para engañarse acerca de su condición y que, ¡oh maravilla!, es puesto en peligro por la irrupción de un grumo de proteínas que ni siquiera merece el nombre de ser vivo.

Aquí por supuesto, cuando se disparan las pulsiones más elementales, se descubre hasta qué punto se le ha perdido el respeto a Europa, toda vez que ha cundido la voz de que ha repudiado todo lo que pueda tener relación con aquello que en otro tiempo se llamó Machtpolitik. Y así, vemos que el viejo continente, el más expuesto por la edad al efecto letal de la pandemia, vacuna al ritmo de los países pobres, muy lejos de lo que puedan hacer estados como Israel o una Gran Bretaña que desea demostrar a su público el acierto del brexit, que le libera de una toma de decisiones no solamente burocrática y lejana, sino carente de todo dispositivo ejecutivo de hacer cumplir cualquier planificación.

Ningún escándalo. Ya sea a nivel local, regional, estatal, continental o mundial, no sabemos nada nuevo. La pandemia solo nos hace evidente lo que antes queríamos ocultarnos, pero que en los momentos de sinceridad ya sabíamos: que la desigualdad en último extremo se traduce en vida, en oportunidades de vida, en duración de vida. Que ahora se haga visible de forma inocultable mejora la percepción, pero no la verdad. Que esa cruda verdad no produce un movimiento de solidaridad propia de la especie, tampoco resulta una novedad. Podemos suponer que la solidaridad es intensa en proporción al peligro de la desaparición de un grupo, y por ahora tenemos la sensación malthusiana de que somos demasiados.

Lo decisivo de todo esto, lo peligroso, lo que puede producir efectos a medio y largo plazo es que, con todas esas evidencias, no sabemos lo que vamos a decirnos para extraer algo que se parezca a un orden capaz de orientar nuestras vidas más allá del objetivo de conservarla. Las viejas evidencias morales partían del supuesto de que la forma de luchar por conservar la vida afecta de forma esencial a la dignidad de la vida misma. Eso dictaba el daimon a Sócrates, cuando le ordenaba que permaneciera en el lugar que se le había confiado en la batalla. Ahora no podemos ocultarnos el asco que nos produce una sociedad que permite que eso se decida por unos miles de euros, sin otra consideración. Ahí no debemos llegar.

William James pronunció una célebre conferencia en 1906 que tituló El equivalente moral de la guerra. En ella exigió que las virtudes que las guerras del pasado habían forjado en la humanidad ni se perdieran ni estuvieran asociadas a ellas. Por eso reclamó un equivalente moral de la guerra, para conservar esas virtudes derivadas de compartir el peligro y utilizarlas justo contra la guerra. Eso nos sigue faltando y quizá no exista. Pero lo que sí sabemos es que esta guerra de sálvese quien pueda, basada en el desprecio por la suerte de cualquier otro, alcanza el grado de una indignidad sin contrapartida. Y lo peor es que nos deja sin saber qué decirnos cuando nos llegue el momento de la reconstrucción.

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