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Juan Francisco Martín del Castillo

La ESO y el agua de alquitrán

En 1991, justo un año después de la implantación de la reforma educativa, a la que dio lugar la desastrosa Logse, Javier Muguerza aparece en las páginas de Paideia, la revista de la Sociedad de Profesores de Filosofía, mostrando su frontal rechazo por una ley que amparaba la rebaja cultural y el igualitarismo rampante, auténticas lacras de la educación actual. Han pasado más de tres décadas de sus palabras, pero siguen siendo tan desgarradoras como en aquella oportunidad: “No sé si lo que se pretende conseguir es que los estudiantes salgan de la Enseñanza Media, o como quiera que se llame, convertidos en especialistas de sabe Dios qué, pero lo que es seguro es que llegarán a la Universidad, o donde sea, todavía más incultos de lo que venía siendo habitual hasta la fecha”. Con la nueva orden de criterios de promoción de la Consejería del ramo del Gobierno de Canarias, que abre la mano hasta límites increíbles, haciendo posible la titulación en Secundaria incluso con tres materias con suspenso, las afirmaciones del malogrado filósofo se tornan en un claro augurio completado en cada uno de sus extremos. Hoy, la ESO, que es lo que no lograba recordar el viejo profesor de Ética, es la puerta giratoria hacia la más descarada mediocridad y la ignorancia consentida de la juventud.

La pretensión, que a nadie se le oculta, es bajar la alta tasa de repetición en los niveles de la secundaria obligatoria, pero de la peor manera posible, la más antiacadémica cabe decir, si bien es la más práctica para la administración educativa. Maquillar las estadísticas que abochornan a las autoridades mediante el fracaso de la exigencia y la responsabilidad individual. Con ello, se produce lo mismo que con el agua de alquitrán de los siglos XVII y XVIII, que se conceptuaba como la panacea universal para sanar de cualquier mal al enfermo, ya fuera una complicada tuberculosis, ya fuera un simple furúnculo. En este caso, la enfermedad es social y, por consiguiente, debe ser el Estado el que prescriba la receta milagrosa, pese a que no hay evidencia científica ni menos aún moral de que los estudiantes mejoren sus capacidades con tal regalo. Detrás de la medida, los de siempre, los iluminados de la enseñanza, un grupo variopinto compuesto de pseudoexpertos y pedagogos de salón, que se han constituido en los susurradores del poder, en los hechiceros de la mediocridad.

Canarias se juega el ser o no ser en la Educación, así con mayúsculas. Ni en el turismo, ni en las energías renovables, ni en cualquier otra cosa que se le venga a la cabeza. La Educación es la única salida de los habitantes de un territorio escaso en recursos y que sólo cuenta con el potencial humano de sus gentes. Y parece que, de continuo, se olvida esta circunstancia capital, y curiosamente por los que más atentos deberían estar, los políticos que nos representan.

Escribía Berkeley, filósofo y obispo irlandés, en una de sus obras finales, el famoso Siris de 1744, que el agua de alquitrán (o la resina de pino) era la que lo curaba todo, hasta las afecciones del alma. Evidentemente, se equivocaba, como ahora se equivoca la Consejería de Educación al hacer caso a los defensores del facilismo y la sopa boba del rancio pedagogismo. Todavía se está a tiempo, todavía es posible acabar con los falsos ídolos de la enseñanza. Los canarios nos lo merecemos y las nuevas generaciones lo exigen. Por favor, no caigamos en el cortoplacismo, seamos capaces de mirar al futuro con rigor y seriedad. La Educación no debe ser el pozo de ignorancia y mediocridad que algunos pretenden.

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