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Xavier Carmaniu Mainadé

Cien años de la masacre de Tulsa

En 1921 en Tulsa (Oklahoma) existía una especie de oasis para la comunidad afroamericana. Era el barrio de Greenwood y ocupaba unas 35 manzanas, donde sus habitantes podían encontrar de todo: escuelas, iglesias, restaurantes, tiendas, consultas médicas, despachos de abogados, hoteles, salas de fiestas... las calles de Greenwood rebosaban de vida, sobre todo los jueves, que era el festivo semanal de los que trabajaban al servicio de la población blanca. Era una zona tan próspera que era conocida como Black Wall Street.

En realidad, sin embargo, no tenía nada de idílico. Tulsa, como el resto del país, estaba segregada y los linchamientos contra los negros eran muy habituales. De nada había servido que los afroamericanos hubieran luchado durante la Primera Guerra Mundial en la primera línea de frente. La población blanca continuaba considerándose superior. Además, desde la prensa sensacionalista se hacían circular todo tipo de rumores, como que los negros querían exterminar a los blancos.

En todo el país se producían persecuciones y asesinatos de afroamericanos con total impunidad. Esto es lo que ocurrió en Tulsa el 30 de mayo de 1921. Ese día, cuando el limpiabotas de 19 años Dick Rowland acababa de entrar en el ascensor del edificio donde trabajaba lustrando los zapatos de los oficinistas, la ascensorista Sarah Page, una blanca de 17 años, salió gritando. Un testigo de la escena asumió que el chico la había asaltado y avisó a la policía, pero los agentes desplazados al lugar no encontraron indicios de delito. Además, la chica negó haber sido atacada y no quiso presentar cargos contra Rowland. El chico y sus compañeros de trabajo utilizaban el ascensor para subir al último piso del edificio, porque era donde estaba el único lavabo que podían utilizar las personas negras.

Al día siguiente en la portada del Tulsa Tribune, propiedad de un empresario blanco, se publicó que había habido un intento de violación y mencionaba la identidad del limpiabotas. Esto hizo que la policía detuviera Rowland. La noticia saltó de boca en boca y al cabo de poco rato delante de los juzgados se empezaron a concentrar grupos de blancos dispuestos a lincharlo.

Entonces, un grupo de vecinos de Greenwood, veteranos de guerra, se presentaron armados en el lugar para proteger al detenido mientras se lo ponía a disposición de la justicia. Parece que los blancos quisieron desarmarlos. Ya no hubo marcha atrás. Comenzó el intercambio de disparos. Además, la policía autorizó a la población blanca a perseguir a los afroamericanos, e incluso les proporcionó armas.

La turba se dirigió hacia Greenwood. A su paso saqueaban comercios y viviendas y luego quemaba sistemáticamente todos los edificios. Las crónicas cuentan que incluso llegó a intervenir un aeroplano para tirar dinamita desde el aire. Los disturbios duraron hasta el 2 de junio y dejaron un balance de 300 víctimas mortales, cientos de heridos, decenas de negocios arruinados y unas 10.000 personas sin hogar. Además de 6.000 detenidos. Pero lo peor fue el proceso de culpabilización de la población afroamericana, señalada por las autoridades y la prensa blanca como instigadora de los disturbios. Los líderes de la comunidad negra fueron procesados, las víctimas fueron despreciadas por los políticos y las compañías aseguradoras no se quisieron hacer cargo de los destrozos, dejando a mucha gente en la miseria.

Tuvieron que pasar 75 años para que se creara una comisión para investigar los hechos. Sin embargo, no sirvió de gran cosa porque no se planteó ningún tipo de reparación para las víctimas ni sus familiares. No ha sido hasta el siglo XXI cuando este episodio ha empezado a ser tratado con toda su complejidad. A pesar de ello, en 2004 el Tribunal Supremo de Estados Unidos no aceptó tratar el caso.

El centenario de la masacre de Tulsa llega pocos días después de conmemorarse el primer aniversario de la muerte de George Floyd, que pone en evidencia que la discriminación racial en EEUU tiene unas raíces muy profundas. Habrá que invertir muchos esfuerzos para que algún día todo esto pase definitivamente a la historia.

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