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Los medios escasamente entusiastas con el Gobierno de Pedro Sánchez publican encuestas electorales en el que el PP es el ganador, un ganador muy lejano de la mayoría absoluta, pero que gracias al medio centenar de escaños de Vox podría gobernar sin apuros. Qué bien. Después de tender las encuestas como se tienen las sábanas recién lavadas – de madrugada – los hermeneutas se dedican a explicar por qué vencerá el PP y Sánchez y su patulea se hundirán en los infiernos de la insignificancia. No veo, en cambio, que en estos ejercicios fantasiosos se considere, por ejemplo, que un pacto de gobierno entre el PP y Vox exigiría, muy probablemente, el nombramiento de varios ministros ultraderechistas. Porque Vox está plenamente dispuesto a investir como presidente a Pablo Casado, pero no a repetir los apoyos parlamentarios al mínimo precio de cuatro cuchufletas programáticas. Vox quiere poder. Vox necesita – en una nueva etapa poselectoral – ocupar despachos, mangonear presupuestos, colocar militantes, atraer a más votantes y simpatizantes como una fuerza ganadora. Nada de esto, por supuesto, aparece en las atentas prospecciones que han podido leerse en las últimas semanas. Lo importante es echar a Sánchez del Gobierno y, a ser posible, que la izquierda no toque poder en diez o doce años.

El PP carece ahora mismo de proyecto alternativo de Gobierno: ni en lo económico, ni en lo financiero, ni en lo tributario, ni en lo territorial. Pedro Sánchez improvisa sobre leves simetrías narrativas y Casado improvisa bobadas a partir de las tonterías de su contrincante. La acción más portentosa que se le ocurre ante los oportunistas y desdichados indultos que el Ejecutivo concederá a los políticos y activistas condenados por la intentona secesionista por el Tribunal Supremo, es ponerse a recoger firmas, como si se tratara de apoyar a una canción para Eurovisión. Siguen enredados en la crónica interminable de su propia y crapulosa corrupción política, negándose testarudamente a abrir ningún proceso interno de debate y autocrítica al respecto, y la pasada semana la anterior secretaria general, María Dolores de Cospedal, ha sido imputada judicialmente en el caso Kitchen. Según la cobarde y estúpida tradición del partido, Casado ha argumentado que nada de lo relacionado con ese proceso judicial tiene nada que ver con su etapa como líder del PP. Es pura pachorra empapada de cinismo: Casado fue vicesecretario y portavoz del partido cuando Cospedal era secretaria general del Partido Popular. No es una figura de un pasado remoto. Ambos reconocieron en julio de 2018 una negociación que colocó a eminentes cospedalianos (Dolors Montserrat, Vicente Tirado, Juan Ignacio Zoilo o Rafael Catalá) en la nueva dirección del PP.

Sánchez evitará, como es obvio, convocar elecciones anticipadas. Tal vez se abra una ventana de oportunidad si la pandemia es controlada y la economía se reactiva sustancialmente en la primavera del próximo año. Por el momento le queda aguantar y mientras espera empleará exactamente el mismo manual de su adversario político: la división planificada, la polarización energuménica de la sociedad española. Esto es lo terrible de la coyuntura política española en medio de una excepcional crisis económica y social: la decidida y hasta orgullosa incapacidad de las dos grandes fuerzas políticas del país en alcanzar los consensos imprescindibles para sobrevivir como sociedad democrática y acordar una estrategia básica común sobre un programa de reformas. Por el poder regalarán indultos y seguirán lamiendo apoyos a fuerzas secesionistas e izquierdistas que quieren acabar con el orden constitucional; por el poder gobernarán con la ultraderecha y se negarán a sancionar cualquier acuerdo, incluida la renovación de órganos judiciales y parlamentarios. La ciudadanía es rehén de la irresponsabilidad encanallada de una élite política indigna y oligofrénica.

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