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Xavier Carmaniu Mainadé

entender + CON LA HISTORIA

Xavier Carmaniu Mainadé

Firme aquí, por favor

Una firma puede servir para protestar contra una decisión del Gobierno o para cerrar un contrato millonario con un club de fútbol. Es un garabato que nos identifica y nos compromete. Antes de que la digitalización las borre, hablamos de las firmas.

Del mismo modo que ya hizo contra el Estatuto d e Autonomía de Cataluña en 2006, el Partido Popular vuelve a recurrir a la recogida de firmas como acción política. En esta ocasión se trata de reclutar adhesiones de la ciudadanía que no esté conforme con los supuestos indultos que el Gobierno de Pedro Sánchez parece que concederá a los presos políticos de 2017.

Curioso mecanismo este de la firma. Todo el mundo tiene su propio garabato, personal e intransferible, que sirve para cerrar un acuerdo o para mostrar conformidad con un documento. De hecho, estos días también son frecuentes las imágenes de los nuevos fichajes de los clubs de fútbol firmando el contrato bajo la atenta mirada de felices presidentes.

Es posible que en breve, con la digitalización, esto de garabatear un trozo de papel pase a la historia. Una historia que tiene sus orígenes alrededor del siglo XIII, cuando leer y escribir era una habilidad solo reservada a unos pocos encargados de todo lo que requería la gestión de un territorio en la Edad Media. Secretarios y notarios reales fueron los primeros en firmar, porque los monarcas validaban los documentos sobre todo con sellos. Cada rey tenía el suyo y, en algún caso, cuando morían el sello era destruido para que nadie lo pudiera volver a utilizar. Otra manera de hacer constar su visto bueno era mediante un signo o un monograma, es decir, un dibujo donde solía haber una combinación de las letras de su nombre. Ahora bien, podía darse el caso de que su ejecución fuera a cargo de algún asistente y el rey solo se encargara de añadir un trazo específico para terminar de completarlo.

En el caso de la Corona de Aragón, la sigilografía, que es la disciplina que estudia los sellos, ha prestado mucha atención a estos elementos. Pero en cambio queda pendiente analizar la evolución de las firmas autógrafas de los monarcas. En Francia este trabajo ya lo tienen hecho y nos ofrece algunos datos curiosos. El historiador Claude Jeay explica que el primer rey que usó su nombre en una firma de la manera que se hace en la actualidad fue Juan II a principios del siglo XIV. Lo más interesante es que también fue el primer monarca en ser pintado en un cuadro de manera realista; la obra lo reproduce como era físicamente sin idealizarlo. Jeay lo interpreta como un primer paso hacia la toma de conciencia del individuo, tendencia que acabó cristalizando durante el Renacimiento pocas décadas más tarde.

Durante aquella época, el rey y la corte se empezaron a erigir como el principal poder del territorio. Por lo tanto, cualquier gesto del monarca se convertía en una muestra de exhibicionismo personal para hacer patente su poder. También el firmar. En el caso de Luis XI (1423-1483) se puede apreciar que, a medida que iba expandiendo el territorio del reino, su trazo se iba volviendo cada vez más exuberante, seguramente al tiempo que hinchaba su ego.

Entonces el uso de la firma ya se había extendido por otros grupos sociales, por ejemplo los dirigentes del brazo militar. Tradicionalmente se ha prestado poca atención a su relación con el mundo de las letras porque se da por supuesto que la mayoría de ellos eran analfabetos. Ahora bien, a finales de la Edad Media el trazo vacilante de sus firmas comenzó a aparecer en los documentos y progresivamente la caligrafía mejoró ostensiblemente.

Las firmas no escaparon de las modas y los subalternos tenían tendencia a copiar a sus superiores. En Tolosa se conserva un registro con las rúbricas de los notarios que ejercieron en el condado entre 1271 y 1536. Según ha podido constatar Jeay, al principio cada uno tiraba por donde le parecía, pero con el paso de las décadas se homogeneizaron y, además, fueron incorporando pequeños detalles decorativos como una flor de lis, por ejemplo, para mostrar su adhesión con la monarquía, que precisamente en 1271 había incorporado ese territorio a sus dominios.

Desde entonces, la generalización de la lectoescritura y el desarrollo de la administración pública hicieron que todo el mundo acabara desarrollando su propia firma. Y ahora cada uno es libre de estamparla (o no) donde crea conveniente.

Exposición

La firma de la reina

El trabajo que el archivero Rafael Conde dedicó a los sellos y firmas de las reinas de la Corona de Aragón demuestra que ellas tenían su propia administración económica y su propio sistema de registro independiente del de los maridos. En la web del Ministerio de Cultura hay una exposición virtual que las reúne todas, desde Petronila hasta Germana de Foix. 

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